Homilía
28.04.2020: Jn 6, 30-35
Yoro
En el
evangelio de Juan que hemos escuchado se nos relata cómo a Jesús le piden
señales. Jesús indica que es el Padre quien da la verdadera señal – el pan que
baja del cielo y da vida al mundo –, para luego afirmar que él es el pan de
vida.
En medio
de la crisis sanitaria y económica que estamos viviendo con su consiguiente
cuarentena desde hace 44 día podemos caer en la tentación de pedirle a Jesús
señales de su presencia, de su poder, por no decir, de su amor. “Si nos amas de
verdad”, podemos estar tentadas y tentados de decirle, “líbranos del COVID19”.
Con todo, si le hiciéramos esta petición a Dios caeríamos en varias trampas. La
primera: creer que el gran mal del mundo es el COVID19, olvidándonos de la
corrupción generalizada pública y privada y de la impunidad que la acompaña, del
recurso a la violencia como medio para enfrentar problemas, del narcotráfico
que todo lo permea, de un egoísmo descarado que nos impide ver más allá de la
punta de nuestros intereses muchas veces mezquinos, de la destrucción paulatina
de la familia, de la quema y tala despiadadas de los bosques, del
envenenamiento de la tierra y de las fuentes de agua con el uso indiscriminado
de agro tóxicos, del recalentamiento global, de un consumismo desaforado, del
tratamiento de inmensos grupos de seres humanos como poblaciones descartables y
prescindibles, entre otros. Una segunda trampa sería delegar en Dios la
responsabilidad de nuestra sanación, lo que nos desempoderaría y nos
desmovilizaría, impidiéndonos asumir nuestra responsabilidad por esta crisis y
por su cura.
En este
sentido nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, nuestra entrega cotidianos y
constantes van a ser imprescindibles para salir delante de esta crisis. Si no
nos cuidamos a nosotras y a nosotros mismos, a las y los demás y a nuestra casa
común, si no trabajamos productivamente y si no compartimos los frutos de
nuestro trabajo no hay salvación divina que valga, porque nosotras y nosotros
somos las manos, los pies, los ojos, el corazón y las entrañas de Dios, y esto,
porque somos sus hijas e hijos, con todos los derechos, pero también con todas
las responsabilidades.
El pan que
baja del cielo y da vida al mundo es el amor encarnado de Dios, la creación
entera como manifestación de su provisión y amor. Este pan ha estado ahí desde
la creación del mundo, pero si no se reconoce ni agradece no es fecundo ni es
aprovechado. Mientras no pasemos de la ingratitud a la gratitud no vamos a
contar con los recursos internos, ni externos para hacer frente a esta crisis.
Y, además,
sin gratitud jamás vamos a poder servir desinteresadamente, ni vamos a poder
compartir lo que somos y tenemos, ya no digamos entregarnos libre y
generosamente. Sin gratitud no habrá el depósito de gratuidad imprescindible
para poder enfrentar esta crisis.
Y, es que
Jesús nos muestra el camino a seguir: ser pan de vida, hacernos pan que
alimente a otras y otros. La gratitud nos va a permitir experimentar lo
bendecidas y bendecidos que somos para entonces podernos servir, para entonces
podernos compartir, para entonces podernos entregar.
Y,
entonces, habremos pasado de la muerte a la vida en la vida, a una vida que
nada ni nadie nos podrá quitar, porque nada ni nadie nos podrá quitar lo que
hayamos entregado gratuitamente.
Y, entonces
sí, esta será la señal que Dios nos hará posible dar en medio de esta crisis
sanitaria y económica: la experiencia de un amor que responda al suyo, esto es,
comenzando por la pareja, por la familia, y siguiendo por las y los vecinos, acercarnos
unas a otros, escucharnos, dejarnos conmover y tendernos las manos para formar
así, desde ahora, desde abajo, desde nosotras y nosotros mismos esa sociedad incluyente,
acogedora y anudada por la solidaridad que nos ha sido prometida y con la que todas
y todos soñamos.
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