Homilía 19.04.2020: 2º domingo de
Pascua

La primera
lectura hace un esbozo de los principales rasgos de las nuevas comunidades
cristianas: formación, comunión fraterna, oración y eucaristía. Los
sentimientos predominantes eran la gratitud y la alegría. Iban creciendo.
La primera
carta de Pedro nos habla de renacer a la esperanza de una vida nueva. Anima a
alegrarse en las dificultades y a creer sin ver.
En el
evangelio de Juan se nos relata cómo Jesús resucitado se hace presente en la
comunidad. Nos relata el miedo que experimentaban los discípulos; la paz que
les desea Jesús; la prueba del amor leal del resucitado que lleva las marcas de
la pasión; la alegría de los discípulos al encontrarse con él; la misión de
perdonar y la donación del Espíritu para poderla realizar; la profesión de la
fe en comunidad. Termina con una bienaventuranza a quienes han creído sin haber
visto.
¿Qué nos
dicen estas lecturas de cara a la crisis sanitaria y económica en la que nos
estamos adentrando? En primer lugar, nos dicen que es normal sentir miedo en
medio de una crisis de gran envergadura como la que nos está tocando vivir y a
la que apenas estamos adentrándonos.
En segundo
lugar, nos animan a acoger la paz que Jesús nos desea y regala. Se trata de una
paz que no es barata, del tipo: “tranquilos que no va a pasar nada”. Es una paz
que no promete librarnos de la muerte, sino en caso fuera necesario, a
ayudarnos a atravesarla confiadas y confiados en su compañía. La confianza en
su compañía nos va a permitir enfrentar el miedo que amenaza con paralizarnos.
En tercer
lugar, nos recuerda la calidad de su amor, un amor leal hasta el final. Por
eso, la tarjeta de presentación del Resucitado son las marcas de la pasión del
Crucificado. Jesús se revela como compañero amante traspasado. Y nos invita a
convertirnos en compañeras y compañeros amantes traspasados con y como él en
medio de esta crisis.
En cuarto
lugar, tematiza los sentimientos de quienes se han encontrado con él: la
gratitud y la alegría. La gratitud por el don de la resurrección de Jesús lleva
a una alegría que nadie nos podrá arrebatar. La gratitud y la alegría son
fundamentales para hacer frente a la crisis que se nos avecina.
En quinto
lugar, nos envía, nos da misión entregándonos al Espíritu, donándonoslo. Nos
manda a perdonar y reconciliar, como alternativa a la victimización. Esta
crisis nos invita a dejar el victimismo y aprovechar la oportunidad para
perdonarnos y reconciliarnos. Dicho perdón y reconciliación son esenciales para
conformar la comunidad de vida y de misión de Jesús. Solo perdonándonos y
reconciliándonos vamos a poder formar la comunidad de amigas y compañeros a la
que Jesús nos invita.
En sexto
lugar, nos recuerda que el lugar de la profesión de la fe en Jesús muerto y
resucitado es la comunidad, y más concretamente la celebración de la
eucaristía. La eucaristía juega el papel de anticipar y realizar la comunidad y
sociedad con las que soñamos: una comunidad de compartir agradecido. Es una
comunidad en la que nos formamos, vivimos la hermandad entre nosotras y
nosotros y la filiación de Dios, oramos y compartimos lo que somos y tenemos
entrando en comunión con Jesús, haciendo eucaristía. La eucaristía se convierte
en el punto de inicio y de llegada de la vida de la comunidad cristiana. La
comunidad eucarística es el lugar en que nacemos a la esperanza de una nueva
vida.
En
síntesis, las lecturas de este segundo domingo de Pascua nos animan: a
enfrentar esta crisis reconociendo el miedo que nos embarga; a vivir desde la
paz que ofrece la compañía de Jesús en medio y a través de la muerte; a
comportarnos en esta crisis como compañeras y compañeros amantes traspasados
capaces de un amor leal hasta el final; a experimentar la gratitud y la alegría
no a pesar de la crisis, sino en medio de ella al reconocer tanto bien recibido;
a participar en la misión de perdón y reconciliación para ir construyendo desde
abajo, desde ahora y desde nosotras y nosotros mismos la sociedad con la que
soñamos; y, a tener como origen y destino de nuestra entrega la eucaristía, la
comunidad de compartir agradecido. Viviendo así es que vamos a renacer a la
esperanza de una vida nueva en una sociedad nueva, en la que creemos, porque
todavía no la vemos, pero a la que nos entregamos como compañeras y compañeros
amantes traspasados de, con y como Jesús. Así, vamos a ser capaces de realizar
las tres tareas que van a hacer posible que superemos esta crisis: cuidarnos a
nosotras y nosotros mismos, cuidar a las y los demás y cuidar de nuestra casa
común; trabajar arduamente, entregarnos apasionadamente; y formar comunidades
de compartir agradecido.
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