Homilía 10.04.2020. Pasión del Señor

Acabamos de proclamar el Evangelio
de la Pasión del Señor según nos la ofrece S. Jn. El Domingo leímos la versión
de S. Mateo. Creo que sería importante meditar un poco sobre 2 cuestiones que
se nos presentan: ¿Por qué murió Jesús
en la Cruz?, y ¿para qué murió?
Lo primero, ¿por qué murió?. Fácilmente pensamos que por salvarnos, pero, ¿por
salvarnos de qué?, ¿del castigo que nos merecemos por nuestros pecados? Pensamos que fué porque Judas lo traicionó,
porque los sacerdotes judíos lo odiaban, porque los fariseos y saduceos
rechazaban sus enseñanzas, porque a Pilatos no le interesaba la verdad, porque
el pueblo se sintió engañado, etc., etc.
Por la codicia de unos, la irresponsabilidad de otros, la maldad de todos. Todo ello es verdad, pero no llega al fondo
de la verdad que está en la raíz.
S. Jn. nos dice que “tanto amó Dios
al mundo que le entregó a su Hijo único”. Jesús es entregado y se entrega por
amor. Dios es puro amor por nosotros y por toda la humanidad. Y el amor es
entregarse por el bien del amado. Dios
quiere llevarnos a la realización plena del mayor bien de nosotros y por eso se
entrega Jesús. “No hay amor más grande que dar la vida por el amado”. La Cruz es la manifestación más grande del amor
de Dios por nosotros. Porque nos amó cuando todavía éramos pecadores, enemigos
y descarriados. Y precisamente por eso más necesitados de su vida, de su
amor. Feliz culpa, que fue motivo de la
mayor manifestación del amor de Dios, de su mayor revelación. De que Él es todo Amor y sólo Amor por
nosotros.
Que
nuestros pecados y rebeldías no disminuyen su amor por nosotros, sino al
contrario, hacen que se manifieste más en su plenitud.
Y la segunda cuestión: ¿para qué murió Jesús en la Cruz?. ¿Fue la cruz una “desgracia”, una “maldición
de Dios”, como pensaban los judíos, pues está en la Biblia, en el Lev.?. S.Jn.
nos recuerda que “si el grano de semilla no cae en tierra y muere, no da fruto,
pero si muere, es fuente de vida abundante”. Es necesario pasar por la pasión y
la muerte para que la vida crezca y se desarrolle en nosotros. Es necesario
pasar por el sacrificio de la propia vida para que se manifieste la vida
verdadera que Dios quiere desarrollar en cada uno de nosotros. La vida
verdadera es misericordia, amor, servicio, ternura,…. Y todo ello sólo crece a
través del sacrificio y la entrega.
El
mal espíritu nos empuja a cerrarnos en nuestro capricho, nuestro egoísmo,
nuestro yo. Jesús nos invita a lo
contrario, para que tengamos vida y vida en abundancia. Todos llevamos dentro
la semilla del amor, del bien, del deseo de ser felices. Pero muchos no lo
descubren. La vida cómoda, fácil adormece ese deseo, nos invita a conformarnos
con ir pasando. A vivir “sólo de pan y diversiones”. Pero enfrentar el mal y el
dolor, sobre todo cuando es injusto, avivan ese deseo. Nos pone frente a la
verdad de la vida, nos despierta el deseo del bien. Y nos preguntamos ¿por
qué?.
Es
entonces cuando el Señor viene en nuestra ayuda. Y nos muestra su vida, de entrega,
de servicio, de amor. Y nos muestra el camino de la vida verdadera. Ese camino
que a Él le llevó a la Gloria, a la Vida divina, pero pasando por la Cruz. Quisiéramos llegar a la vida feliz, pero sin
pasar por la cruz. La vida moderna, el consumismo, la riqueza nos lo ofrecen.
Pero esa es la gran mentira. La vida verdadera, la vida en fraternidad, en paz
y alegría, sólo se alcanza por el camino de Jesús. La buena gran noticia es que
ese camino se nos ofrece a todos, a todo el que quiera seguirlo, esté donde
esté y no importa la vida que haya llevado antes, aunque haya sido una vida
extraviada, perdida. Jesús nos invita a todos al banquete de la Vida. Y esa
vida ya ha comenzado, no será sólo al final, para “los buenos”. Es para todo
aquel que crea en Él y empiece a seguirlo. Jesús murió en la Cruz para
aliviarnos ayudándonos a cargar las cruces de la vida. Para iluminarnos la
oscuridad del dolor y el sufrimiento, para que ayudándonos unos a otros a
cargar las cruces de la vida, experimentemos que esa vida ya ha comenzado.
Siguiéndolo como hermanos empezamos a sentir que el Reinado de Dios, de la Paz,
de la Vida, la fraternidad, la alegría, ya ha comenzado.
Estamos viviendo la cuarentena del
coronavirus. Tenemos que limitar mucho nuestros deseos y caprichos. Limitar
nuestro consumo y nuestras comodidades. Pero se nos ofrecen tantas
posibilidades de ocuparnos unos por otros, de compartir lo que somos y tenemos
y de cambiar a una vida más fraternal, más humana, más plena. Hagámoslo con fe y alegría, que el Señor nos
acompaña y nos enseña el camino para una vida más digna de hijos de Dios y más
feliz. Que este acontecimiento no es una desgracia, un castigo, una maldición,
sino lo contrario, un tiempo de gracia y de bendición.
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