sábado, 11 de abril de 2020

Homilía 10.04.2020. Pasión del Señor

Evangelio del día - Lecturas del viernes, 19 de abril de 2019

            Acabamos de proclamar el Evangelio de la Pasión del Señor según nos la ofrece S. Jn. El Domingo leímos la versión de S. Mateo. Creo que sería importante meditar un poco sobre 2 cuestiones que se nos presentan: ¿Por qué murió Jesús en la Cruz?, y ¿para qué murió?

            Lo primero, ¿por qué murió?. Fácilmente pensamos que por salvarnos, pero, ¿por salvarnos de qué?, ¿del castigo que nos merecemos por nuestros pecados?  Pensamos que fué porque Judas lo traicionó, porque los sacerdotes judíos lo odiaban, porque los fariseos y saduceos rechazaban sus enseñanzas, porque a Pilatos no le interesaba la verdad, porque el pueblo se sintió engañado, etc., etc.  Por la codicia de unos, la irresponsabilidad de otros, la maldad de todos.   Todo ello es verdad, pero no llega al fondo de la verdad que está en la raíz.

            S. Jn. nos dice que “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único”. Jesús es entregado y se entrega por amor. Dios es puro amor por nosotros y por toda la humanidad. Y el amor es entregarse por el bien del amado.  Dios quiere llevarnos a la realización plena del mayor bien de nosotros y por eso se entrega Jesús. “No hay amor más grande que dar la vida por el amado”.  La Cruz es la manifestación más grande del amor de Dios por nosotros. Porque nos amó cuando todavía éramos pecadores, enemigos y descarriados. Y precisamente por eso más necesitados de su vida, de su amor.  Feliz culpa, que fue motivo de la mayor manifestación del amor de Dios, de su mayor revelación.  De que Él es todo Amor y sólo Amor por nosotros.
Que nuestros pecados y rebeldías no disminuyen su amor por nosotros, sino al contrario, hacen que se manifieste más en su plenitud.  

            Y la segunda cuestión: ¿para qué murió Jesús en la Cruz?.  ¿Fue la cruz una “desgracia”, una “maldición de Dios”, como pensaban los judíos, pues está en la Biblia, en el Lev.?. S.Jn. nos recuerda que “si el grano de semilla no cae en tierra y muere, no da fruto, pero si muere, es fuente de vida abundante”. Es necesario pasar por la pasión y la muerte para que la vida crezca y se desarrolle en nosotros. Es necesario pasar por el sacrificio de la propia vida para que se manifieste la vida verdadera que Dios quiere desarrollar en cada uno de nosotros. La vida verdadera es misericordia, amor, servicio, ternura,…. Y todo ello sólo crece a través del sacrificio y la entrega.

El mal espíritu nos empuja a cerrarnos en nuestro capricho, nuestro egoísmo, nuestro yo.  Jesús nos invita a lo contrario, para que tengamos vida y vida en abundancia. Todos llevamos dentro la semilla del amor, del bien, del deseo de ser felices. Pero muchos no lo descubren. La vida cómoda, fácil adormece ese deseo, nos invita a conformarnos con ir pasando. A vivir “sólo de pan y diversiones”. Pero enfrentar el mal y el dolor, sobre todo cuando es injusto, avivan ese deseo. Nos pone frente a la verdad de la vida, nos despierta el deseo del bien. Y nos preguntamos ¿por qué?.

            Es entonces cuando el Señor viene en nuestra ayuda. Y nos muestra su vida, de entrega, de servicio, de amor. Y nos muestra el camino de la vida verdadera. Ese camino que a Él le llevó a la Gloria, a la Vida divina, pero pasando por la Cruz.  Quisiéramos llegar a la vida feliz, pero sin pasar por la cruz. La vida moderna, el consumismo, la riqueza nos lo ofrecen. Pero esa es la gran mentira. La vida verdadera, la vida en fraternidad, en paz y alegría, sólo se alcanza por el camino de Jesús. La buena gran noticia es que ese camino se nos ofrece a todos, a todo el que quiera seguirlo, esté donde esté y no importa la vida que haya llevado antes, aunque haya sido una vida extraviada, perdida. Jesús nos invita a todos al banquete de la Vida. Y esa vida ya ha comenzado, no será sólo al final, para “los buenos”. Es para todo aquel que crea en Él y empiece a seguirlo. Jesús murió en la Cruz para aliviarnos ayudándonos a cargar las cruces de la vida. Para iluminarnos la oscuridad del dolor y el sufrimiento, para que ayudándonos unos a otros a cargar las cruces de la vida, experimentemos que esa vida ya ha comenzado. Siguiéndolo como hermanos empezamos a sentir que el Reinado de Dios, de la Paz, de la Vida, la fraternidad, la alegría, ya ha comenzado.

            Estamos viviendo la cuarentena del coronavirus. Tenemos que limitar mucho nuestros deseos y caprichos. Limitar nuestro consumo y nuestras comodidades. Pero se nos ofrecen tantas posibilidades de ocuparnos unos por otros, de compartir lo que somos y tenemos y de cambiar a una vida más fraternal, más humana, más plena.  Hagámoslo con fe y alegría, que el Señor nos acompaña y nos enseña el camino para una vida más digna de hijos de Dios y más feliz. Que este acontecimiento no es una desgracia, un castigo, una maldición, sino lo contrario, un tiempo de gracia y de bendición.

            Que la Virgen María que acompaño a Jesús hasta la sepultura, nos siga acompañando en nuestro caminar y nos haga sentir su amor y su protección y así avancemos hacia el triunfo y la gloria final.

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