sábado, 11 de abril de 2020


Siete Palabras, Viernes Santo 10 de abril de 2020

Primera Palabra: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc.23,34)


Meditación de las 7 palabras de Jesús en la Cruz - ACI Prensa

Jesús ha venido a comunicarnos la Vida Verdadera, la Vida de Dios.  La Vida verdadera es vivir en el Amor, como Dios vive, llegar a la plenitud.  Y Dios es Misericordia y Amor.

El amor es entregarse, buscar el bien del amado.
               
El que hace el mal, no sabe lo que hace, se esta cerrando a su propio bien. Se hace mal a sí mismo. Jesús viene a abrirnos los ojos, para que no andemos ciegos.  No viene a”castigar a los malos”, como pensaban muchos que vendría el Mesías, sino a enseñarnos el camino de la Vida verdadera. Camino que es necesario seguir, no hay otro. El que no lo sigue se pierde.

Muchos piensan que para ser “alguien” es necesario superar a los que tienen alrededor. Superarlos consiguiendo más poder, más dinero, más prestigio. Y para conseguirlo no importa cuál sea el camino. Aunque sea ninguneando a otros, robando o aprovechándose de la debilidad de los demás. No le importa si eso les hace sufrir, con tal de conseguir sus objetivos.  Pero Jesús nos enseña que esos caminos no llevan a la vida verdadera, sino a su propia perdición. “No saben lo que hacen”. 

No se trata de evitar esos caminos, porque si no lo hacemos nos puede caer encima el castigo. Sino porque son malos para el que los sigue. Y como Dios quiere el mayor bien para cada uno de nosotros, por eso nos invita a no dejarnos engañar. Por nuestro propio bien.     El mal a quien más daña es al mismo que lo hace. El mal no es malo porque Dios lo prohíbe, sino porque hace daño al que lo realiza. Y además hace sufrir a otros.

Segunda Palabra: Te lo aseguro: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43).
La respuesta de Jesús al ladrón que le pide que se acuerde de él cuando venga como rey sobrepasa toda su esperanza – y tal vez la nuestra también. No solo se acordará de él, sino que participará de su reino, y esto no un día indeterminado sino hoy. Este hoy se repite varias veces en el Evangelio de Lucas: en el nacimiento de Jesús: “hoy, en la ciudad de David, le ha nacido un salvador, que es el Mesías, Señor” (2,11); en la presentación de Jesús en la sinagoga de Nazaret: “Hoy ha quedado cumplido este pasaje ante ustedes que lo han escuchado” (4,21); en la curación del paralítico: “Hoy hemos visto cosas increíbles” (5,26); en el encuentro con Zaqueo:  “Zaqueo, baja en seguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa” (19,5) y “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán” (19,9). El reino, el paraíso, la vida eterna no están relegados al final de la historia – o para el caso, al final de esta pandemia de Covid 19 –, se inauguran con la muerte de Jesús: es algo a lo que tenemos acceso hoy, ya, ahora, en medio de esta pandemia de Covid 19, es una vida por la que vale la pena vivir, una vida por la que vale la pena morir, una vida por la que vale la pena entregar la vida. Jesús se la ofrece al buen ladrón. ¿Y al malo? … Pues, seguro que, también, porque también él es hijo de Dios, del Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos (Mt 5,44-45).
Tercera palabra: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» «Aquí tienes a tu madre». (Jn 19, 25-27)
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa. Palabra del Señor.

La tradición de Juan nos regala esta palabra de Jesús en la cruz. El discípulo amado del Señor no quiso dejar en el abandono a aquella mujer que había dado a luz al hombre que transformó la humanidad y nos mostró el único camino humano para llegar a Dios.
Frente a la sociedad judía que dejaba en total desamparo a las mujeres viudas y sin hijos varones, san Juan pone en boca de Jesús estas hermosas palabras: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» y luego dice al discípulo «Aquí tienes a tu madre». Aún en medio del sufrimiento de la cruz Jesús está atento a las necesidades de los más débiles, en este caso, de la mujer que le amamantó y le ayudó a crecer. No hay gesto más hermoso de parte de Jesús para su madre. Y mediante estas palabras no solo la deja bajo la protección y compañía del discípulo amado, sino que en él nos la da como madre de toda la Iglesia. Por eso a ella acudimos fieles sabiendo que ella siempre nos acompaña en nuestras necesidades.
En este tiempo de cuarentena pensemos un momento cómo hemos actuado nosotras y nosotros frente a los que más están sufriendo. ¿Nos dejamos abrumar por la angustia? o ¿Somos capaces de estar atentas y atentos, como Jesús en la cruz, por los más débiles?
Pensemos en muchas mujeres en el mundo que hoy en día siguen siendo ninguneadas por la sociedad, despojadas de sus derechos a levantar su voz, a ser reconocidas en igualdad de oportunidades en nuestra sociedad machista. Mujeres que sufren junto a las cruces de sus hijos e hijas, desechados por la sociedad de consumo, destruidos por las drogas o también por enfermedades como el coronavirus. También ellas junto a la cruz de Jesús escuchan de él su preocupación por ellas y nos llama a nosotras y nosotros a hacernos cargo y tenderles una mano de ayuda, una voz de aliento.
Pidamos al Señor que nos dé la gracia de socorrer a quien le necesita, que en medio del sufrimiento o la angustia que vivimos podamos tenderle la mano a los más débiles. Que la madre de Jesús y madre nuestra nos ayude a contemplar a su Hijo en la cruz y saber recibir de él su amor.
Cuarta Palabra: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” (Mt.27, 46) (Pagola)
Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado se burlaban de él y, riéndose de su sufrimiento, le hacían dos sugerencias sarcásticas: si eres Hijo de Dios, «sálvate a ti mismo» y «bájate de la cruz».

Esa es exactamente nuestra reacción ante el sufrimiento: salvarnos a nosotros mismos, pensar solo en nuestro bienestar y, por consiguiente, evitar la cruz, pasarnos la vida sorteando todo lo que nos puede hacer sufrir. ¿Será también Dios como nosotros? ¿Alguien que solo piensa en sí mismo y en su felicidad?

Jesús no responde a la provocación de los que se burlan de él. No pronuncia palabra alguna. No es el momento de dar explicaciones. Su respuesta es el silencio. Un silencio que es respeto a quienes lo desprecian y, sobre todo, compasión y amor.

Jesús solo rompe su silencio para dirigirse a Dios con un grito desgarrador: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». No pide que lo salve bajándolo de la cruz. Solo que no se oculte ni lo abandone en este momento de muerte y sufrimiento extremo. Y Dios, su Padre, permanece en silencio.

Solo escuchando hasta el fondo este silencio de Dios descubrimos algo de su misterio. Dios no es un ser poderoso y triunfante, tranquilo y feliz, ajeno al sufrimiento humano, sino un Dios callado, impotente y humillado, que sufre con nosotros el dolor, la oscuridad y hasta la misma muerte.

Por eso, al contemplar al Crucificado, nuestra reacción no puede ser de burla o desprecio, sino de oración confiada y agradecida: «No te bajes de la cruz. No nos dejes solos en nuestra aflicción. ¿De qué nos serviría un Dios que no conociera nuestros sufrimientos? ¿Quién nos podría entender?».

¿En quién podrían esperar los torturados de tantas cárceles secretas? ¿Dónde podrían poner su esperanza tantas mujeres humilladas y violentadas sin defensa alguna? ¿A qué se agarrarían los enfermos crónicos y los moribundos? ¿Quién podría ofrecer consuelo a las víctimas de tantas guerras, terrorismos, hambres y miserias? No. No te bajes de la cruz, pues, si no te sentimos «crucificado» junto a nosotros, nos veremos más «perdidos».
Quinta Palabra: Tengo sed (Jn 19,28)
En medio de esta pandemia de Covid 19 cuántos no están diciendo tengo sed, o lo que es lo mismo, tengo hambre. Es decir, el hombre vive de agua y de pan, es un ser necesitado, y hay que empezar por ahí. Como dice N. Berdiaeff, “El que yo tenga hambre, es un problema material. El que tengan hambre los otros, para mí es un problema espiritual”. La sed de Jesús, el hambre y sed de tantas hermanos y hermanos estos días es un problema espiritual al que estamos llamadas y llamados a atender. Ahora, si bien es cierto que esta hambre y esta sed claman por su satisfacción material, también es cierto que no se sacian con pan y agua. Es una sed que apunta a los “ríos de agua viva” (Jn 7,38) cuyo manantial está en las entrañas, mejor, en el costado del propio Jesús traspasado (Jn 19,34). Es una sed que solo se sacia bebiendo la sangre y el agua que brotan del costado traspasado de Jesús, y dando de beber de nuestro propio costado traspasado, volviéndonos manantial de agua del que salta vida definitiva (Jn 4,14).
Sexta palabra: «Todo está cumplido» (Jn 19, 30)
Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.
Jesús asumió la misión de redimir al género humano, de mostrarnos el camino verdadero para llegar a Dios. San Ignacio de Loyola nos propone en una de sus meditaciones en los EE sobre la Encarnación contemplar a la Trinidad Santa que a su vez contempla al ser humano perdido en su pecado y ante esa necesidad urgente de la humanidad se decide en hacer redención y Encarnarse en medio de esta humanidad doliente.
En esta palabra: “todo está cumplido” encontramos el culmen de la entrega de Jesús en su misión. Se Encarnó, es decir, asumió nuestra carne mortal, se hizo pecado por nosotras y nosotros, vivió amando y dignificando a los excluidos y marginados. Es decir, nos mostró de palabras y con sus acciones el verdadero rostro del único Dios verdadero que es Padre-Madre, que nos acoge porque nos ama y nos llama a asumir en nuestra vida el modo de proceder de Jesús como único camino verdadero para llegar a Él desde nuestra humanidad.
Cuántas veces hemos podido contemplar a padres y madres de familia regocijadas por sus hijas e hijos graduados, casados, profesionales, y ante ello sienten también poder decir que han cumplido con su misión de madres y padres, de poder educar a sus hijas e hijos, de ayudarles en la vida. O los jóvenes luego de haber logrado sus metas propuestas también pueden pensar que han cumplido con lo que se habían propuesto.
A nivel cristiano también estamos llamadas y llamados a reflexionar profundamente si al igual que Jesús nuestra forma de proceder nos lleva a mostrar en nuestras vidas y en la de las demás personas el reinado de Dios entre nosotras y nosotros. De lo contrario es una invitación a revisar qué nos hace falta, qué debemos cambiar para lograr también cumplir hacer presente a Dios en medio de nuestras vidas.
Que el Señor no dé su gracia para saber realizar plenamente en nuestra vida su Reino y poder decir como él: “todo está cumplido”. Amén.
Septima Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc.23, 46)
         
Palabra de total confianza en el Padre.
Jesús sabe que el que confía en el Señor, nunca queda defraudado.
Que el Padre nunca nos falla, ni puede fallar, a pesar de todas las apariencias.

El espíritu es el centro de nuestra vida, es la raíz de nuestro ser humano. El núcleo de nuestra libertad y donde reside nuestra capacidad de amar. El espíritu es lo que nos hace radicalmente distintos de todos los demás seres vivos. Y lo que nos hace capaces de ser semejantes a Dios, hijos de Dios. El espíritu humano es espíritu encarnado, somos personas, espíritu en carne mortal. Por eso podemos crecer, o también apagar el espíritu en nosotros, según el camino que sigamos. En Jesús el espíritu fue creciendo desde su niñez hasta la plenitud, hasta llegar a ser plenamente Hijo de Dios, sin dejar de ser Hijo de Hombre.

Y nos enseña el camino que a Él le llevó a su plena realización. No sin “tentaciones”, porque también era plenamente hombre mortal y limitado como nosotros. Y “los caminos del Señor no son nuestros caminos”. Por eso tuvo que “obedecer”, como humano que era, y tuvo que experimentar el sufrimiento y la Cruz.  Pero guiado por el Espíritu del Padre que siempre experimentó como Amor y sólo Amor. Por eso se dejó guiar con total confianza y entrega en el camino amargo de la Pasión. En manos del Padre.

El espíritu es el que descubre la luz en medio de la oscuridad, la paz en medio del sufrimiento, la vida naciendo de la muerte, venciendo así la muerte.  Jesús nos hace partícipes de su Espíritu, para que también nosotros comencemos a participar de su Vida, la Vida de Dios.  “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Sigamos el Camino en estos tiempos de crisis y cuarentena, de fragilidad, de sacrificio e incertidumbre para que también se conviertan para nosotros y nuestros hermanos en tiempos de luz, de gracia y de paz. Él ha vencido de la muerte y la tiniebla. Y con Él, también María.  Que ellos nos sigan acompañando y nos hagan sentir su presencia, su amor, su fortaleza y su paz.

EL GRITO DE TODA LA HISTORIA (Benjamín González Buelta sj)

“Imaginando a Cristo nuestro Señor, delante y puesto en cruz, hacer un coloquio, cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados” (EE.EE. 53)
“Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró” (Mc 15,37)
Dentro de tu grito en la cruz
caben todos nuestros gritos,
desde el primer grito del niño
hasta el último quejido del moribundo.
Cuando la palabra es pequeña e incapaz
para expresar tanto dolor nuestro,
el cuerpo y el espíritu
se unen en este espasmo descoyuntado.

En tu grito de hombre comprometido
por la nueva justicia,
denuncias a los vientos de todas las épocas
los sufrimientos encerrados
en las salas de tortura clandestina
y los llantos ahogados en la intimidad
de corazones justos sin salida,
todos los atropellos contra minorías impotentes
y la explotación de hombres amordazados
por leyes, máquinas, amos y fusiles.

En tu grito oímos la protesta de Dios
contra todas las violaciones de sus hijos.
En ti grita el Espíritu crucificado
por los tribunales, sinagogas e imperios por los siglos
que quieren enmudecer el futuro libre y justo.
La rebeldía joven de América Latina,
las mayorías negras de Sudáfrica,
se unen a tu denuncia crucificada.

Dentro de tu grito lanzado al cielo
encomiendan su vida en las manos del Padre
todos los que se sienten abandonados
en un misterio incomprensible.
Desde el desconcierto lanzado como queja
de los que experimentaron tu amor alguna vez,
pero se sienten abandonados ahora,
y sólo en la lucha contigo esperan su salida,
desde todas las noches del espíritu,
llega hasta tus manos de Padre nuestro grito.


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