miércoles, 15 de abril de 2020


Homilía 14.04.2020 “Jn 20,11-18”

El Evangelio de hoy 22 de julio: “Mujer, ¿por qué estás llorando ...

  En el evangelio de Juan que hemos escuchado se nos relata cómo es que María Magdalena descubre que Jesús está vivo. Va al sepulcro. Lo encuentra vacío. Una parte suya se revuelve profundamente herida y se dice que no bastando haberlo matado, crucificado y traspasado, hasta el cuerpo se han robado, lo han desaparecido, impidiendo darle una digna sepultura. Con todo, otra parte suya empieza a recordar, involuntariamente, a Jesús, todo lo compartido con él: su forma de acercarse, de dialogar, de dejarse conmover, de tender la mano; su aceptación incondicional; su servicio como último a las y los últimos; su pasión porque nadie quedara excluido; su gusto por las comidas compartidas; su ingente gratitud; su reserva de generosidad; su vida compartida; su entrega libre, generosa y leal; la comunidad que habían formado, entre otras muchas. Como un destello de luz se le vino la idea de que a un hombre así, por más que lo mataran, lo crucificaran, lo traspasaran y lo desaparecieran nada ni nadie le podía quitar la vida, porque esa él la había entregado libremente.

  Se le vino que este hombre que se había referido a sí mismo como hijo del hombre, que este hombre cualquiera sin ascendencia conocida, proveniente de un pueblo de mala fama, que se hacía rodear de gente mal vista y discriminada, y que había terminado sus días como un maldito colgado de un madero (cf. Dt 21,23), que este último ponía al descubierto lo último de la realidad, hacía presente y revelaba al Último, a ese misterio que llamamos Dios.

  Y, sobre todo, y esto ya no fue solo un instante, sino una experiencia que fue cobrando cada vez mayor fuerza, empezó a experimentar un ardor en su corazón, un amor que respondía al Suyo, un amor que la llevaba a amar como Él había amado.

  Escuchó cómo Jesús pronunciaba nuevamente su nombre, con aquella ternura y delicadeza que la hacía estremecer.

  Su primer impulso fue a aferrarse a esa experiencia, a refugiarse en ella. Pero el amor resultaba imposible de contener y la remitía a las y los demás, a aquéllos que en la convivencia con Jesús había llegado a descubrir como sus hermanas y hermanos, hijas e hijos de un Dios, que había aprendido a experimentar como Padre Nuestro.

  La tristeza y la postración se convirtieron de pronto en alegría y en un impulso que la llevaba a compartir lo experimentado, que a Jesús no lo podía retener la muerte porque había dado la vida libremente, que Jesús en su vida de último hacía presente y revelaba al misterio último de la realidad a quien se llama Dios, pero en adelante llamarían Padre Nuestro, que la experiencia de ese amor que respondía al Suyo y le hacía arder el corazón era la experiencia de su Espíritu.

  En plena cuarentena por el COVID-19, María Magdalena nos invita a dejar de ver para atrás, al sepulcro, al pasado y a lo perdido y volver la vista al presente, confiando en que nadie nos puede quitar la vida, tampoco el COVID-19 si la compartimos y entregamos libremente; nos recuerda que sirviendo a los últimos como últimas en esta pandemia nos convertimos en testigos del Dios que alcanza para todas y todos; y, nos apremia a hacer todo esto movidas y movidos por su Espíritu, por un amor que responde al suyo, lleno de gratitud. Hoy, como nunca, necesitamos ser testigos de la resurrección de Jesús como María Magdalena y anunciarles a nuestras hermanas y hermanos con nuestra entrega que Jesús vive.

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