Homilía 14.04.2020 “Jn 20,11-18”

En el
evangelio de Juan que hemos escuchado se nos relata cómo es que María Magdalena
descubre que Jesús está vivo. Va al sepulcro. Lo encuentra vacío. Una parte
suya se revuelve profundamente herida y se dice que no bastando haberlo matado,
crucificado y traspasado, hasta el cuerpo se han robado, lo han desaparecido,
impidiendo darle una digna sepultura. Con todo, otra parte suya empieza a
recordar, involuntariamente, a Jesús, todo lo compartido con él: su forma de
acercarse, de dialogar, de dejarse conmover, de tender la mano; su aceptación
incondicional; su servicio como último a las y los últimos; su pasión porque
nadie quedara excluido; su gusto por las comidas compartidas; su ingente
gratitud; su reserva de generosidad; su vida compartida; su entrega libre,
generosa y leal; la comunidad que habían formado, entre otras muchas. Como un
destello de luz se le vino la idea de que a un hombre así, por más que lo
mataran, lo crucificaran, lo traspasaran y lo desaparecieran nada ni nadie le
podía quitar la vida, porque esa él la había entregado libremente.
Se le vino
que este hombre que se había referido a sí mismo como hijo del hombre, que este
hombre cualquiera sin ascendencia conocida, proveniente de un pueblo de mala
fama, que se hacía rodear de gente mal vista y discriminada, y que había
terminado sus días como un maldito colgado de un madero (cf. Dt 21,23), que
este último ponía al descubierto lo último de la realidad, hacía presente y
revelaba al Último, a ese misterio que llamamos Dios.
Y, sobre
todo, y esto ya no fue solo un instante, sino una experiencia que fue cobrando
cada vez mayor fuerza, empezó a experimentar un ardor en su corazón, un amor
que respondía al Suyo, un amor que la llevaba a amar como Él había amado.
Escuchó
cómo Jesús pronunciaba nuevamente su nombre, con aquella ternura y delicadeza
que la hacía estremecer.
Su primer
impulso fue a aferrarse a esa experiencia, a refugiarse en ella. Pero el amor
resultaba imposible de contener y la remitía a las y los demás, a aquéllos que
en la convivencia con Jesús había llegado a descubrir como sus hermanas y
hermanos, hijas e hijos de un Dios, que había aprendido a experimentar como
Padre Nuestro.
La tristeza
y la postración se convirtieron de pronto en alegría y en un impulso que la
llevaba a compartir lo experimentado, que a Jesús no lo podía retener la muerte
porque había dado la vida libremente, que Jesús en su vida de último hacía
presente y revelaba al misterio último de la realidad a quien se llama Dios,
pero en adelante llamarían Padre Nuestro, que la experiencia de ese amor que
respondía al Suyo y le hacía arder el corazón era la experiencia de su
Espíritu.
En plena
cuarentena por el COVID-19, María Magdalena nos invita a dejar de ver para
atrás, al sepulcro, al pasado y a lo perdido y volver la vista al presente,
confiando en que nadie nos puede quitar la vida, tampoco el COVID-19 si la
compartimos y entregamos libremente; nos recuerda que sirviendo a los últimos
como últimas en esta pandemia nos convertimos en testigos del Dios que alcanza
para todas y todos; y, nos apremia a hacer todo esto movidas y movidos por su
Espíritu, por un amor que responde al suyo, lleno de gratitud. Hoy, como nunca,
necesitamos ser testigos de la resurrección de Jesús como María Magdalena y
anunciarles a nuestras hermanas y hermanos con nuestra entrega que Jesús vive.
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