Homilía 12.04.2020. Domingo de Resurrección.

Queridas hermanas y hermanos, hemos entrado con Cristo en la nueva vida que brota de Dios, la victoria sobre la muerte. «Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe» nos dice san Pablo (1 Co 15,14), pero es precisamente porque creemos en su resurrección por lo que nuestra vida toma sentido y todas nuestras celebraciones ponen como centro a Jesús muerto y resucitado por Dios.
Encontramos entre los discípulos y discípulas de Jesús la tristeza ante la muerte, y eso, porque nos señala el Evangelio de Juan, ellos no creían en eso de resucitar de entre los muertos. María Magdalena corre presurosa a avisar que han robado el cuerpo de Jesús, Pedro entra, mira los lienzos, pero no hay mayor reacción. Es el otro discípulo quien ve y cree. Sin embargo, no ve a Cristo resucitado, no ve al Señor. Mira la realidad que ha dejado la muerte, un sepulcro vacío y los lienzos que envolvía el cuerpo en el piso, pero el Señor ahí no está.
En medio del sufrimiento de la muerte es difícil ver con una fe tan profunda que nos permita descubrir en esos acontecimientos la resurrección, la vida en Dios. Pero Dios quiere alentar nuestra fe. En medio de esta cuarentena y frente a tantas muertes que ya podemos contar a nivel mundial, estamos llamadas y llamados a ver profundamente y descubrir signos de resurrección; a no enfocar nuestra mirada en la muerte, sino en la vida que también ha suscitado esta experiencia.
Entre las noticias que se publican nos han llegado aquellas que muestran como el nivel de contaminación mundial ha ido disminuyendo, en muchas ciudades altamente contaminadas se ha podido volver a escuchar el canto de las aves. Las reuniones obligadas en familia ha sido un tiempo propicio para encontrarnos con aquellos a quienes amamos y que la rutina estresante del día a día no nos dejaba disfrutar. Las video-llamadas se han hecho más frecuentes, los encuentros entre los familiares y amigos se han propiciado y seguramente habrá muchos más signos de vida en medio de nuestra sociedad en cuarentena.
A partir de esa experiencia dolorosa de muerte los discípulos transforman totalmente sus vidas y se hacen testigos de la resurrección. Pedro señala enérgicamente a los judíos que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos y que Jesús en todo momento se la pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con él (Cfr. Hch 10, 39). ¿Acaso no es esa una invitación para que miremos nuestra vida y nuestra forma de proceder y desde ahí miremos cuán cerca estamos de Dios, si nos la pasamos haciendo el bien?
Pedro también dice que solo los testigos de la resurrección fueron capaces de ver a Jesús resucitado, es decir, solo los que vieron la muerte, la sufrieron y luego vieron el sepulcro, son capaces de llegar a ser testigos de Cristo resucitado. No hay resurrección sin muerte. Es por eso que esta situación de muerte que estamos viviendo debe ser para todas nosotras y nosotros un tiempo propicio para revisar nuestra vida de muerte que muchas veces llevamos con nuestras acciones cotidianas, y saber resucitar con Cristo a un nuevo estilo de vida. Por eso Pedro afirma también que Jesús les mandó predicar y dar testimonio que Dios lo ha constituido como Señor de la vida, de manera que tenemos ante nosotros y nosotras un gran compromiso de ahora en adelante, ser testigos de la vida del Señor. No podemos pretender volver a las mismas prácticas contaminantes, estresantes, opresoras, egoístas, de esa manera nos mantendríamos en la muerte y no seríamos capaces de asumir el reto que conlleva vivir resucitados con Cristo.
Por eso san Pablo nos exhorta con estas palabras: «Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba» (Col 3,1), es decir, pongamos todo el corazón en aquellas prácticas que propicien una vida digna para todas y todos, porque nosotras y nosotros que nos llamamos cristianos hemos muerto y nuestra vida debe estar con Cristo en Dios, y eso debemos hacerlo presente aquí y ahora, desde nuestras reuniones y convivencia familiar, religiosa, laboral y social. No puede ser posible que mientras una gran parte de la población está sufriendo hambre por esta cuarentena, otros se provechan de esa necesidad para hacer proselitismo político y más aún, le niegan a la gente comida porque no son copartidarios. Quienes actúan así son agentes de muerte y Cristo no ha resucitado en ellos.
Por eso estamos llamados a ser nosotras y nosotros verdaderos testigos de la resurrección desde el compromiso que asumimos con la vida nuestra y la de las demás personas que necesitan de nuestra ayuda. Es mediante ese testimonio como mostramos si hemos resucitado verdaderamente con el Señor Jesús.
Que el Señor Resucitado aliente nuestra vida y nos permita ser verdaderos testigos y testigas de su resurrección en medio de nuestra realidad actual. Amén.
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