domingo, 30 de mayo de 2021

2021-05-30 - Cómo es ese Dios revelado por Jesús cuya experiencia es posible por el Espíritu Santo? Ese Dios es un Dios que es don, entrega totales.

Hoy estamos celebrando la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Lo que celebramos en esta fiesta es el amor de Dios, o mejor, un Dios que es amor, y solo amor.

La primera lectura del libro del Deuteronomio (Dt 4,32-34.39-40) nos recuerda que Dios es solo uno. El Salmo (Sal 33) nos permitió tomar consciencia de ser parte del pueblo escogido por Dios. La segunda lectura de la Carta a los romanos (Rm 8,14-17) nos habla del Espíritu de Dios que hemos recibido que nos permite experimentarnos como hijas e hijos suyos, y a él como un Padre amoroso. El evangelio de Mateo (Mt 28,16-20) nos relata como Jesús resucitado envía a sus compañeros a compartir la experiencia de ese Dios Padre revelado en Jesús posibilitada por el Espíritu Santo.

¿Cómo es ese Dios revelado por Jesús cuya experiencia es posible por el Espíritu Santo? Ese Dios es un Dios que es don, entrega totales. Por eso es creador. Es un Dios que es puro regalo y que nos regala todo lo que somos y nos rodea.

Es un Dios que es acogida incondicional. Es un Dios que no nos pone paréntesis, que no nos voltea la cara ni nos da la espalda. Es un Dios que nos acoge siempre, seamos como seamos. Es un Dios de cuyo amor nada ni nadie nos pueden separar (Rm 8,35-39). Por eso es un Dios que es perdón.

El Dios que se nos revela en Jesús es un Dios que vida. Así, Jesús afirma que el vino para que tuviéramos vida, y vida en abundancia (Jn 10,10). Más aun, afirma que él es la Vida (Jn 14,6). Por eso es un Dios que es Vida, Vida plena, Vida definitiva, Vida eterna.

El Dios que se nos revela en Jesús es un Dios incluyente, un Dios que alcanza para todas y todos, un Dios que no deja a nadie por fuera. De ahí su pasión por las últimas y los marginados plasmada tan contundentemente en las comidas de Jesús (Mt 11,19; Lc 7,34). Por eso es un Dios Universal, un Dios Total, porque no deja a nada ni a nadie por fuera de su amor.

El Dios que se nos revela en Jesús es un Dios respetuoso, un Dios que propone, un Dios que jamás impone. Es un Dios que nos pregunta: ¿qué te parece? y ¿quieres? como queda ilustrado en la llamada del joven rico a quien Jesús vio, amó y llamó, pero que no aceptó el llamado (Mc 10,17-22). Por eso es un Dios Dialogante, un Dios Interpelante.

El Dios que se nos releva en Jesús es un Dios que se entrega gratuitamente, que no cobra. Por eso no hay nada que podamos hacer para merecer su amor, porque ese ya lo tenemos de antemano. Así es un Dios que hace salir su sol sobre buenos y malos y caer su lluvia sobre justos e injustos (Mt 5,45). Por eso es un Dios Gracioso.

El Dios que se nos revela en Jesús es un Dios cercano, es Dios con nosotras, Dios con nosotros, es Emmanuel (Mt 5,23). Por eso es un Dios Encarnado.

El Dios que se nos revela en Jesús en un Dios en nosotras, en nosotros (Jn 20,19-23). Por eso es un Dios Íntimo.

En definitiva, el Dios que se nos revela en Jesús es un Dios que es amor y solo amor y que así hace posible que nosotras y nosotros respondamos con amor al suyo (Jn 1,16).

domingo, 23 de mayo de 2021

2021.05.23 - Hoy estamos celebrando la fiesta de Pentecostés, la fiesta de la experiencia del Espíritu Santo que tuvieron las primeras cristianas y cristianos, y que estamos invitadas e invitados a tener también nosotras y nosotros.

2021.05.23 - Hoy estamos celebrando la fiesta de Pentecostés, la fiesta de la experiencia del Espíritu Santo que tuvieron las primeras cristianas y cristianos, y que estamos invitadas e invitados a tener también nosotras y nosotros. Las lecturas de hoy nos ayudan a profundizar en esa experiencia.

La lectura de los Hechos de los apóstoles (Hch 2, 1-11) nos dice que la experiencia del Espíritu Santo es comunitaria. Las y los discípulos estaban reunidos. El simbolismo de las lenguas de fuego nos recuerda de la zarza que arde sin consumirse en la que Dios se le apareció a Moisés (Ex 3,1-6). También nos recuerda la experiencia de la pareja de discípulos de Emaús que cae en la cuenta de cómo sus corazones ardían en la compañía de Jesús (Lc 24,32). Esta experiencia se vuelve misión: empiezan a proclamar las maravillas de Dios a gente de diversas lenguas.

El salmo (Sal 104) nos recuerda la presencia del Espíritu en toda la creación al tiempo que pide que ese Espíritu siga transformando la tierra.

En la Primera carta a los corintios (1Cor 12,3-7.12-13) Pablo recuerda la pluralidad de los dones del Espíritu, su unidad por ser del mismo Espíritu, la relativización de las diferencias que ya no pueden ser tomadas como fuente de privilegios, y su dinamismo que lleva a formar un solo cuerpo.

En el evangelio de Juan (Jn 20,19-23) que escuchamos la experiencia del Espíritu Santo es comunitaria, da paz, es Jesús quien la hace posible, y se vuelve misión, formar comunidades de personas liberadas de cualquier opresión.

Un texto clave para entender la experiencia del Espíritu Santo es Jn 1,16-17 en la traducción de Juan Mateos: “La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido: un amor que responde a su amor, porque la Ley se dio por medio de Moisés; el amor y la lealtad han existido por medio de Jesús Mesías”. Así, el núcleo de la experiencia cristiana es la del amor de Dios manifestado en Jesús, que despierta, que desata el nuestro. La zarza que arde sin consumirse, el ardor del corazón, las lenguas de fuego son todas maneras de señalar esa experiencia del amor de Dios que suscita el nuestro.

Este amor, aunque sea personal, no es individualista, lleva por su propio dinamismo a formar comunidades. Son comunidades marcadas por la gratitud, que reconocen y agradecen tanto bien recibido. Son comunidades capaces de compartir porque la gratitud las ha liberado de la codicia. Son comunidades que comienzan con la pareja, se extienden a las y los hijos, y se abren más allá de la propia familia. Son comunidades de iguales, porque las diferencias han dejado de ser fuente de privilegios, porque se saben hijas e hijos de un Dios que confiesan como su Padre, descubriéndose así hermanas y hermanos unas de otros. Son comunidades incluyentes porque el amor del Dios en el que creen no deja a nada ni nadie por fuera. Son comunidades que cuidan de la casa común porque sienten que la paternidad de Dios y la hermandad que funda se extiende a la creación entera. Son comunidades que han dejado de cuidarse unas de otros, para pasar a cuidarse unas a otros. Son comunidades samaritanas que lejos de quedarse en casa para evitar a la hermana contagiada o al hermano necesitado, ya no digamos de hacer un rodeo si se encuentran con él, se hacen cercanas, dialogan escuchando y dando su palabra, se dejan conmover por lo que ven, escuchan y palpan, y tienen la mano y se la dejan estrechar. Son comunidades liberadas de la ley, porque las entrañas de misericordia las hacen ir más allá de ella. Son comunidades a cuyos miembros ya nos los mueve el miedo de los siervos, ni el interés de los asalariados, sino la gratitud que las convierte en compañeras y amigos de Jesús. Son comunidades misioneras que siembran al voleo la buena nueva de la nueva vida experimentada en compañía de Jesús. Son comunidades traspasadas a las que pueden perseguir, difamar y matar, pero a las que no les pueden quitar la vida, porque esa la entregan libre y generosamente. Son comunidades que ya han entrado en la dinámica del reinado de Dios y que están abiertas al todavía más de un amor cada vez más radical. Son comunidades eucarísticas que parten y comparten el pan de sus vidas y el vino de su amor leal en compañía de Jesús. Son, en definitiva, comunidades del Espíritu que responden con amor al amor del que nos ama primero.

Estas son las comunidades que nos han sido prometidas en Pentecostés, de las que tenemos tanta necesidad, y que estamos invitadas e invitados a formar desde ahora, desde donde estamos, desde nosotras y nosotros mismos en compañía de Jesús.

¡Feliz fiesta de Pentecostés!

domingo, 16 de mayo de 2021

2021-05-16 - Hoy estamos celebrando la Ascensión de Jesús y el día de las y los catequistas.

Hoy estamos celebrando la Ascensión de Jesús y el día de las y los catequistas. En la primera lectura de los Hechos de los apóstoles (Hch 1,-11) Jesús invita a los apóstoles a quedarse en Jerusalén esperando el don del Espíritu Santo. Los apóstoles siguen preocupados por la liberación y restauración de Israel. Jesús les dice que el Espíritu Santo los convertirá en testigos suyos hasta los confines del mundo. Luego se relata su ascensión. Dos hombres vestidos de blanco les dicen a los apóstoles que, así como Jesús ha subido al cielo, volverá. La lectura de la Carta a los Efesios (Ef 4,1-13) nos dice que para subir a los más alto Jesús tuvo primero que bajar a lo profundo de la tierra y que de lo que se trata es de que todas nosotras y nosotros alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo. En el evangelio (Mc 16,15-20) Jesús aparece enviando a sus discípulos a predicar la buena noticia por todo el mundo y enumera algunas señales que acompañarán su predicación. Luego se nos dice que Jesús subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. El evangelio termina refiriendo como los discípulos proclamaban la buena noticia por todas partes y cómo su predicación era acompañada por señales.

Arriba abajo, cielo tierra, subir bajar son manera de hablar. Lo que los evangelistas y Pablo nos quieren decir es que ese Jesús que experimentó el horror de la crucifixión está con Dios, es Dios. Dicho de otra manera, ese Jesús que fue asesinado, crucificado, y rematado traspasándole el costado, nos entrega su Espíritu, el Espíritu Santo, derrama de su costado traspasado sangre y agua, y esto, porque está vivo, porque entregó su vida libre y generosamente, y por eso nada ni nadie se la pudo ni puede quitársela.

Como en los otros relatos de apariciones, el encuentro con Jesús en su ascensión es misión, es envío. Jesús envía a ser testigos suyos, a vivir lo que proclaman, y esa vida entregada como la de Jesús libre y generosamente, se convierte en la gran señal que corrobora la buena noticia. Así lo que se comparte es la buena nueva de la nueva vida experimentada en compañía de Jesús.

La palabra catequesis viene del griego en el que significa instruir de viva voz. Y lo que se instruye de viva voz es la buena nueva de Jesucristo. Con catequesis asociamos espontáneamente niñas, niños y catequistas. Ahora como decíamos lo que se enseña de viva voz es la buena nueva de la nueva vida experimentada con Jesús. Y por eso, hoy podríamos añadir que catequesis no solo es instruir de viva voz, sino con viva vida. Así, lo que la catequesis quiere enseñar no es primariamente una doctrina, es un estilo de vida, una forma de vivir, un camino, decían las primeras comunidades cristianas. Y esto, como dice bellamente el Documento para el Camino, hacia la asamblea eclesial de América Latina y el Caribe se hace “por desborde de gratitud y alegría”, porque “quieren compartir la vida que brota del encuentro con Cristo” (46).

Hay uno antiguo dicho que dice: “Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta”. Esto es algo que cualquier maestra, maestro sabe: la mejor enseñanza no sustituye una cierta capacidad en el alumno, más bien la presupone. Parafraseando esta frase podríamos decir: “Lo que la familia no da, la catequesis lo enseña”. Esto, pues, es un llamado a todas las familias que tienen a sus hijas e hijos en catequesis. Ustedes papás y mamás, son las y los primeros catequistas de sus hijos. En ese sentido, quiero invitarlas, invitarlos a dos prácticas muy sencillas que podrían ayudar mucho a formar a sus hijas e hijos en la buena nueva de la nueva vida experimentada con Jesucristo. La primera: cenar juntos, compartir una comida al día. Sentarse alrededor de una mesa, dar gracias antes de comer, tener apagados los celulares, la tele, la radio y compartir lo vivido durante el día mientras se comparte la comida. Y la segunda práctica: después de cena leer el evangelio del día en familia, compartiendo lo que dice el texto, lo que sentimos que nos dice Dios, lo que le queremos decir a Dios, el detalle de su amor que agradecemos, y aquello a lo que nos sentimos invitadas e invitados.

En nombre de la Parroquia, quiero agradecer a las y los catequistas su entrega libre y generosa en la enseñanza de viva voz y de viva vida de la buena nueva de la nueva vida experimentada con Jesús a las niñas y niños de nuestra Parroquia. Y le pido a Dios que sus corazones nunca dejen de desbordarse de gratitud y alegría.

domingo, 2 de mayo de 2021

2021-05-02 - Dios el labrador y nosotras y nosotros los sarmientos (las ramas).

 

2021-05-02 - En el evangelio de Juan (Jn 15,1-8) que escuchamos Jesús nos dice que él es la vid (el tronco), Dios el labrador y nosotras y nosotros los sarmientos (las ramas). Nos dice que las ramas que no producen fruto son cortadas, y las que lo producen son limpiadas. Así como una rama no puede producir frutos separada del tronco, tampoco nosotras ni nosotros, podemos producir frutos separados de Jesús. La relación con Jesús es fundamental para dar frutos. La gloria de Dios consiste en que demos muchos frutos.

Una primera cosa que resulta clara del evangelio de hoy es que no existimos separadas, separados, que estamos íntimamente unidas, unidos al tronco, y por ende unas a otros. Nada ni nadie está excluida, excluido. Todas y todos pertenecemos.

Una segunda cosa que resulta clara del evangelio de hoy es que todas, todos estamos conectados. Nuestras vidas con minúscula dependen de la Vida con mayúscula.

Una tercera cosa que resulta clara del evangelio de hoy es que estamos destinadas, destinados a dar fruto, mucho fruto.

¿Qué significa todo esto en el momento actual? El Covid19 nos ha recordado que más allá de la vinculación digital por internet estamos vinculados vitalmente. Así, un virus que fue detectado al otro lado del mundo no tardó mucho en llegarnos a nosotras y nosotros sin respetar sexo, religión, condición social u otras distinciones que estamos acostumbradas, acostumbrados a hacer. También nos muestra lo importante que es cuidarnos, y esto en dos sentidos. Practicando, por un lado, unas medidas de higiene básicas y, sobre todo, tratándonos a tiempo y bien en caso nos contagiemos, y por otro, acercándonos unas a otros, dialogando unas con otros, dejándonos conmover por lo que vemos, escuchamos y palpamos en las y los demás, y tendiéndonos las manos y dejándonoslas estrechar.

Los medios de comunicación social han estado sembrando el miedo sistemáticamente. El miedo nos lleva al aislamiento, a la desconfianza, al debilitamiento personal y colectivo. El miedo literalmente nos desconecta, tanto unas de otros, como de nosotras y nosotros mismos. La savia de la vida es la gratitud. En la medida en que seamos agradecidas, agradecidos vamos a poder experimentar el amor, la bondad, la generosidad, la fidelidad de Dios. Entonces la experiencia de su amor va a ir desatando el nuestro, haciéndonos capaces de responder con amor al suyo. Y, entonces, libres del miedo vamos a ser libres para amar.

Amar en estos tiempos del Covid19 significa reunirnos, formar comunidades. Unas comunidades en las que superando la desconfianza ya no ocultemos nuestros rostros, unas comunidades en las que compartamos lo que somos y tenemos, y esto no fruto del miedo a un castigo, ni fruto de la esperanza de un premio, sino fruto de la gratitud, del agradecimiento por tanto bien recibido. En estas comunidades nuestra esperanza no va a estar puesta en una inyección, sino en el apoyo mutuo. Estas comunidades se van a convertir en nuestras arcas de Noé en el diluvio de la corrupción, de la impunidad, de la violencia, de la negligencia que estamos viviendo. Estas comunidades comienzan en nuestras familias, para luego extenderse a nuestras vecindades, aldeas y pueblos.

Ahora, en la lógica del tronco, las ramas y los frutos, la única manera de dar vida, de ser fecundas, fecundos es entregando la vida, libres del miedo, confiando en el labrador y respondiendo con amor al suyo.