Hoy estamos celebrando la Ascensión de Jesús y el día de las y los catequistas. En la primera lectura de los Hechos de los apóstoles (Hch 1,-11) Jesús invita a los apóstoles a quedarse en Jerusalén esperando el don del Espíritu Santo. Los apóstoles siguen preocupados por la liberación y restauración de Israel. Jesús les dice que el Espíritu Santo los convertirá en testigos suyos hasta los confines del mundo. Luego se relata su ascensión. Dos hombres vestidos de blanco les dicen a los apóstoles que, así como Jesús ha subido al cielo, volverá. La lectura de la Carta a los Efesios (Ef 4,1-13) nos dice que para subir a los más alto Jesús tuvo primero que bajar a lo profundo de la tierra y que de lo que se trata es de que todas nosotras y nosotros alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo. En el evangelio (Mc 16,15-20) Jesús aparece enviando a sus discípulos a predicar la buena noticia por todo el mundo y enumera algunas señales que acompañarán su predicación. Luego se nos dice que Jesús subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. El evangelio termina refiriendo como los discípulos proclamaban la buena noticia por todas partes y cómo su predicación era acompañada por señales.
Arriba abajo, cielo tierra, subir bajar son manera de hablar. Lo que los evangelistas y Pablo nos quieren decir es que ese Jesús que experimentó el horror de la crucifixión está con Dios, es Dios. Dicho de otra manera, ese Jesús que fue asesinado, crucificado, y rematado traspasándole el costado, nos entrega su Espíritu, el Espíritu Santo, derrama de su costado traspasado sangre y agua, y esto, porque está vivo, porque entregó su vida libre y generosamente, y por eso nada ni nadie se la pudo ni puede quitársela.
Como en los otros relatos de apariciones, el encuentro con Jesús en su ascensión es misión, es envío. Jesús envía a ser testigos suyos, a vivir lo que proclaman, y esa vida entregada como la de Jesús libre y generosamente, se convierte en la gran señal que corrobora la buena noticia. Así lo que se comparte es la buena nueva de la nueva vida experimentada en compañía de Jesús.
La palabra catequesis viene del griego en el que significa instruir de viva voz. Y lo que se instruye de viva voz es la buena nueva de Jesucristo. Con catequesis asociamos espontáneamente niñas, niños y catequistas. Ahora como decíamos lo que se enseña de viva voz es la buena nueva de la nueva vida experimentada con Jesús. Y por eso, hoy podríamos añadir que catequesis no solo es instruir de viva voz, sino con viva vida. Así, lo que la catequesis quiere enseñar no es primariamente una doctrina, es un estilo de vida, una forma de vivir, un camino, decían las primeras comunidades cristianas. Y esto, como dice bellamente el Documento para el Camino, hacia la asamblea eclesial de América Latina y el Caribe se hace “por desborde de gratitud y alegría”, porque “quieren compartir la vida que brota del encuentro con Cristo” (46).
Hay uno antiguo dicho que dice: “Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta”. Esto es algo que cualquier maestra, maestro sabe: la mejor enseñanza no sustituye una cierta capacidad en el alumno, más bien la presupone. Parafraseando esta frase podríamos decir: “Lo que la familia no da, la catequesis lo enseña”. Esto, pues, es un llamado a todas las familias que tienen a sus hijas e hijos en catequesis. Ustedes papás y mamás, son las y los primeros catequistas de sus hijos. En ese sentido, quiero invitarlas, invitarlos a dos prácticas muy sencillas que podrían ayudar mucho a formar a sus hijas e hijos en la buena nueva de la nueva vida experimentada con Jesucristo. La primera: cenar juntos, compartir una comida al día. Sentarse alrededor de una mesa, dar gracias antes de comer, tener apagados los celulares, la tele, la radio y compartir lo vivido durante el día mientras se comparte la comida. Y la segunda práctica: después de cena leer el evangelio del día en familia, compartiendo lo que dice el texto, lo que sentimos que nos dice Dios, lo que le queremos decir a Dios, el detalle de su amor que agradecemos, y aquello a lo que nos sentimos invitadas e invitados.
En nombre de la Parroquia, quiero agradecer a las y los catequistas su entrega libre y generosa en la enseñanza de viva voz y de viva vida de la buena nueva de la nueva vida experimentada con Jesús a las niñas y niños de nuestra Parroquia. Y le pido a Dios que sus corazones nunca dejen de desbordarse de gratitud y alegría.

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