2021.05.23 - Hoy estamos celebrando la fiesta de Pentecostés, la fiesta de la experiencia del Espíritu Santo que tuvieron las primeras cristianas y cristianos, y que estamos invitadas e invitados a tener también nosotras y nosotros. Las lecturas de hoy nos ayudan a profundizar en esa experiencia.
La lectura de los Hechos de los apóstoles (Hch 2, 1-11) nos dice que la experiencia del Espíritu Santo es comunitaria. Las y los discípulos estaban reunidos. El simbolismo de las lenguas de fuego nos recuerda de la zarza que arde sin consumirse en la que Dios se le apareció a Moisés (Ex 3,1-6). También nos recuerda la experiencia de la pareja de discípulos de Emaús que cae en la cuenta de cómo sus corazones ardían en la compañía de Jesús (Lc 24,32). Esta experiencia se vuelve misión: empiezan a proclamar las maravillas de Dios a gente de diversas lenguas.
El salmo (Sal 104) nos recuerda la presencia del Espíritu en toda la creación al tiempo que pide que ese Espíritu siga transformando la tierra.
En la Primera carta a los corintios (1Cor 12,3-7.12-13) Pablo recuerda la pluralidad de los dones del Espíritu, su unidad por ser del mismo Espíritu, la relativización de las diferencias que ya no pueden ser tomadas como fuente de privilegios, y su dinamismo que lleva a formar un solo cuerpo.
En el evangelio de Juan (Jn 20,19-23) que escuchamos la experiencia del Espíritu Santo es comunitaria, da paz, es Jesús quien la hace posible, y se vuelve misión, formar comunidades de personas liberadas de cualquier opresión.
Un texto clave para entender la experiencia del Espíritu Santo es Jn 1,16-17 en la traducción de Juan Mateos: “La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido: un amor que responde a su amor, porque la Ley se dio por medio de Moisés; el amor y la lealtad han existido por medio de Jesús Mesías”. Así, el núcleo de la experiencia cristiana es la del amor de Dios manifestado en Jesús, que despierta, que desata el nuestro. La zarza que arde sin consumirse, el ardor del corazón, las lenguas de fuego son todas maneras de señalar esa experiencia del amor de Dios que suscita el nuestro.
Este amor, aunque sea personal, no es individualista, lleva por su propio dinamismo a formar comunidades. Son comunidades marcadas por la gratitud, que reconocen y agradecen tanto bien recibido. Son comunidades capaces de compartir porque la gratitud las ha liberado de la codicia. Son comunidades que comienzan con la pareja, se extienden a las y los hijos, y se abren más allá de la propia familia. Son comunidades de iguales, porque las diferencias han dejado de ser fuente de privilegios, porque se saben hijas e hijos de un Dios que confiesan como su Padre, descubriéndose así hermanas y hermanos unas de otros. Son comunidades incluyentes porque el amor del Dios en el que creen no deja a nada ni nadie por fuera. Son comunidades que cuidan de la casa común porque sienten que la paternidad de Dios y la hermandad que funda se extiende a la creación entera. Son comunidades que han dejado de cuidarse unas de otros, para pasar a cuidarse unas a otros. Son comunidades samaritanas que lejos de quedarse en casa para evitar a la hermana contagiada o al hermano necesitado, ya no digamos de hacer un rodeo si se encuentran con él, se hacen cercanas, dialogan escuchando y dando su palabra, se dejan conmover por lo que ven, escuchan y palpan, y tienen la mano y se la dejan estrechar. Son comunidades liberadas de la ley, porque las entrañas de misericordia las hacen ir más allá de ella. Son comunidades a cuyos miembros ya nos los mueve el miedo de los siervos, ni el interés de los asalariados, sino la gratitud que las convierte en compañeras y amigos de Jesús. Son comunidades misioneras que siembran al voleo la buena nueva de la nueva vida experimentada en compañía de Jesús. Son comunidades traspasadas a las que pueden perseguir, difamar y matar, pero a las que no les pueden quitar la vida, porque esa la entregan libre y generosamente. Son comunidades que ya han entrado en la dinámica del reinado de Dios y que están abiertas al todavía más de un amor cada vez más radical. Son comunidades eucarísticas que parten y comparten el pan de sus vidas y el vino de su amor leal en compañía de Jesús. Son, en definitiva, comunidades del Espíritu que responden con amor al amor del que nos ama primero.
Estas son las comunidades que nos han sido prometidas en Pentecostés, de las que tenemos tanta necesidad, y que estamos invitadas e invitados a formar desde ahora, desde donde estamos, desde nosotras y nosotros mismos en compañía de Jesús.
¡Feliz fiesta de Pentecostés!

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