lunes, 31 de agosto de 2020

2020.8.31 - Pero Jesús no piensa así. Él no habla de castigar a los malos, sino que Dios ama a todos, buenos y malos.

2020. 8. 31 - Homilia Lc.4,18 He venido a liberar a los oprimidos, a sanar a los ciegos.      

El Evangelio Jesús no piensa así. Él no habla de castigar a los malos, sino que Dios ama a todos, buenos y malos.elio de hoy es un pasaje conocidísimo donde Jesús proclama solemnemente su Misión en la sinagoga de Nazareth. Y anuncia que el Reinado de Dios, la gran Promesa del A.T. empieza a cumplirse. Para ello se sirve del texto de Is.58,1-2. Pero proclama la lectura silenciando las últimas palabras. El texto dice: “El Espíritu me envía a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a liberar a los oprimidos, a sanar a los ciegos, a proclamar el tiempo de la Gracia del Señor y del castigo a los rebeldes y malvados”. Estas últimas palabras Jesús las omite intencionadamente. No quiere hablar del castigo a los malvados y esto es muy importante en su mensaje y para nosotros.

    Los profetas siempre hablaban de que Dios, que ciertamente es Amor y Misericordia, es también un Dios justo, que ayuda a los que sufren y castiga a los perversos. Ambos aspectos van juntos. No se entiende cómo Dios puede socorrer a los pobres y humildes si no es castigando y reprimiendo a los causantes de la opresión y la injusticia. En nuestros tiempos, muchísima gente así lo sigue pensando, y el montaje de las leyes y la justicia civil se basa en ese modo de pensar: Si Dios es justo, necesariamente tiene que premiar a los buenos y castigar a los malos.

    Pero Jesús no piensa así. Él no habla de castigar a los malos, sino que Dios ama a todos, buenos y malos. ¿Será que Dios permite todo y trata del mismo modo a unos y a otros? ¿O que no le importa el sufrimiento de tantas personas inocentes que hay en el mundo? De ningún modo. A Dios le duele en el corazón tanto dolor y sufrimiento como nos causamos unos a otros. Y Jesús lo experimentó toda su vida y de un modo muy especial en la Cruz. Y para que tanto dolor y sufrimiento injusto desaparezca, no se cansa de invitarnos insistentemente a que sigamos su Camino, que de veras es el modo eficaz de conseguirlo.

    Jesús habla de liberar a los oprimidos. Y de liberar de raíz. Una causa de muchos sufrimientos de los pobres es el individualismo, la insolidaridad, el egoísmo, y el capricho de muchos, que nos dificulta trabajar juntos. El miedo a arriesgarnos, el conformismo que a veces nos invade y paraliza, la desconfianza de unos por otros, etc. Y Jesús nos dice: no tengan miedo, Yo les acompaño, estoy con ustedes, todos los días y hasta el fin del mundo. Por eso, ser cristiano es arriesgarse por los demás, entregarse sin condiciones, amar de verdad.

    Jesús habla de “abrir los ojos a los ciegos”. “Ciegos”, para Jesús, además de los enfermos de la vista, son todos aquellos cegados por la codicia, el ansia de dinero, de ganancias, de poder, de placer. Como el que consiguió una gran cosecha y sólo pensó en asegurarla en sus nuevos graneros; o como el de la parábola de Lázaro; o Zaqueo antes de convertirse; o el hijo pródigo que se marchó de la casa del Padre; o como tantos políticos o financieros acaudalados de nuestros tiempos, etc.  Y Jesús viene a abrirnos los ojos a todos, también a los poderosos. Los bienes materiales son una bendición del amor de Dios, pero sólo cuando los usamos para construir el bien común, no cuando los utilizamos a capricho o peor aún para aprovecharnos de los débiles o indefensos. Jesús mostró también su amor por los ricos, pero invitándoles a bienutilizar su riqueza usándola para el bien de todos, incluidos ellos. Y le dio lástima de aquellos que no quisieron o supieron hacerlo, como aquel joven rico, que después de entusiasmarse con Jesús, al invitarle éste a liberarse de sus riquezas y seguirle, se marchó triste, “porque tenía muchos bienes”. Jesús quería su mayor bien y le invita a conseguirlo. Pero a él da miedo, se echa para atrás y se marcha triste.

    Jesús interpreta la profecía de Is. de un modo nuevo, “revolucionario”, no acorde con las enseñanzas farisaicas. Por eso la lectura dice que muchos se sentían sorprendidos y termina diciendo que al final pensaron en eliminarle, desbarrancarle. Pero Él, “pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.”

    Estamos pasando tiempos difíciles, que están poniendo en cuestión nuestros criterios de organización de nuestras relaciones, nuestro trabajo, la política, la economía, el poder, la ciencia, nuestras relaciones con la naturaleza, etc.  El Señor nos está invitando a ser críticos con esos criterios, a mirarlos como Él los mira, para que no nos enceguezcan, sino que avancemos por caminos de fraternidad, de justicia y solidaridad. Que abramos los ojos de la sabiduría, la misericordia, el amor. Que no tengamos miedo, sino que confiemos y nos arriesguemos a seguir sus caminos, que de veras llevan a la Paz auténtica, a la fraternidad sincera, a la alegría y a la Vida verdadera. Él nos acompaña, nos guía por medio de la Iglesia, y nos dice “no tengan miedo, Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.  

    Terminamos hoy el mes de la Familia. Que la Sagrada Familia, María, José y Jesús, nos hagan sentir su compañía y su bendición, para que podamos salir adelante en nuestra misión de avanzar hacia el Reinado de Dios, Reino de Verdad y de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz. Amén.




2020.8.29 - Escucha y meditación de la Palabra purifica nuestro corazón de todo mal espíritu de codicia, resentimientos, envidia, odios, venganzas, violencias, etc.

2020. 8. 29 - Homil. Mc.6,20 El Martirio de Juan un hombre recto y santo.


Recordamos hoy el martirio de Juan el Bautista. Hemos escuchado como Juan preparaba la acogida a la predicación de Jesús invitando al arrepentimiento y al cambio de vida, a la purificación sincera de corazón para así estar dispuestos a recibir al Mesías y su mensaje en cuanto llegara. Juan, en su sinceridad, decía bien claro que él no era el Mesías, sino que solamente había sido enviado a preparar sus caminos. Juan había llevado toda una vida de pobreza y de retiro en el desierto, experimentando que lo fundamental en la vida es dejarse guiar por el espíritu del Señor y que para ello la pobreza de bienes materiales es un ambiente apropiado para experimentar que “no sólo de pan vive el hombre”, sino que lo esencial es el dejarse guiar por la Palabra de Dios. Juan lo experimentó durante toda su vida; Jesús lo experimentó especialmente también durante su retiro de 40 días en el desierto.

    escucha y meditación de la Palabra purifica nuestro corazón de todo mal espíritu de codicia, resentimientos, envidia, odios, venganzas, violencias, etc. Y nos dispone para hacernos sensibles al amor, la ternura y la misericordia de Dios y sus invitaciones. E ir descubriendo cómo Dios todo lo dispone para el bien de cada uno de nosotros y continuamente nos está invitando a vivir esa vida nueva como auténticos hijos de Dios y hermanos unos de otros. Y cuando tenemos un corazón purificado y sensible al amor de Dios, podemos hablar con convicción y gran fuerza. Juan hablaba así, de modo que su mensaje, aunque duro y contundente como el de los profetas, era un llamado convincente a la conversión. No como el de otros “revolucionarios” de su tiempo, los zelotes, cuyo mensaje nacía muchas veces del odio y del resentimiento y provocaba la violencia y la destrucción.

     El mensaje de Juan, sí era claro y fuerte, pero era un llamado profundo al arrepentimiento y la sinceridad. Por eso muchos se sentían llamados a la conversión sincera, “confesaban sus pecados y pedían ser bautizados”, purificados en las aguas del Jordán. Incluso Herodes escuchaba con gusto a Juan, lo respetaba y hasta lo mandaba custodiar con cuidado, pues “lo tenía por un hombre recto y santo”, nos dice el Evangelio. Seguramente que sentía que en las palabras de Juan no había odio, envidia, resentimiento ni deseo de venganza, sino en cierto sentido, amor y deseo del bien del mismo Herodes. Aunque ese respeto no le hizo cambiar de vida; le desconcertaba, pero no lo suficiente como para conseguir en él un inicio de conversión. Hay momentos en nuestras vidas que escuchamos con respeto y gusto las invitaciones del Señor, pero la superficialidad, la fuerza de las pasiones y “codicias de la vida”, impide que la Palabra eche raíces y dé fruto. 

    Monseñor Romero fue un gran pastor de su Pueblo salvadoreño, que siempre predicaba desde el amor y el deseo del bien y de la paz de todos. Sabía decir las verdades a unos y a otros. Pero no para despertar más odios, venganzas o resentimientos, sino como fuerte invitación al arrepentimiento, al perdón y la conversión sincera. Una invitación a creer en el amor y la misericordia de Dios que siempre nos lleva a la purificación de nuestros corazones y a construir unas nuevas relaciones sobre el perdón, la misericordia, la verdad y la vida. Por eso murió mártir, como Juan, como Jesús. Pero esos martirios son de una gran fecundidad. De ahí nace la Iglesia, del costado abierto de Jesús en la Cruz. Esas son las fecundas semillas del mundo nuevo.  Un cristiano es una persona que denuncia con valentía las injusticias y maldades que oprimen a otros, pero no desde el odio, el resentimiento, la envidia o el rencor, sino desde el respeto, la misericordia y el amor por los otros, incluso de los enemigos y de los opresores. El cristiano no busca la destrucción y la venganza del enemigo, del opresor, sino su conversión. Algo que sólo es posible desde el Espíritu del Señor.

    Los tiempos de crisis son tiempos de siembra, que pueden dar origen a muchas cosas buenas y otras malas. De nosotros depende en gran manera que acojamos esas llamadas con un corazón abierto y sincero para dar frutos de solidaridad, de justicia, de paz y de vida. En tiempos de crisis, el miedo nunca es buen consejero. Por eso el Papa Francisco, con el Evangelio, no se cansa de repetirnos: “no tengan miedo”. Pero también “es hora de despertar”. No se trata de volver “a lo de siempre”, sino de empezar a construir un mundo de relaciones nuevas. Dejar de lado la codicia, que todo lo corrompe, el fraude, la estafa, el aprovecharse de los débiles, abandonar los ídolos del tener, del poder, del placer. Para ir construyendo un mundo nuevo en que vivamos como hermanos, en austeridad, verdad, justicia y amor. El Señor nos guía y nos indica el camino. Él nos acompaña. Tenemos el ejemplo y la vida de tantos hermanos que han vivido y viven entre nosotros. Pidamos al Señor y a nuestra Madre María que seamos dóciles a sus llamados, valientes como Juan y firmes en el Señor para que esta crisis dé los frutos de verdad y vida que Él quiere regalarnos.   Amén.

domingo, 30 de agosto de 2020

2020.8.30 - nos relata el anuncio de Jesús de la persecución que le espera, la reacción de Pedro rechazando esa posibilidad, la amonestación que Jesús le hace a Pedro, y la formulación de las condiciones para acompañar a Jesús: la entrega de la propia vida.

2020.8.30 - En la lectura del libro del profeta Jeremías (Jr 20,7-9) se nos relata la experiencia que tiene Jeremías de su ministerio. Éste ha estado marcado por la apersecución, que ha soportado gracias a una honda experiencia del amor de Dios que como fuego ardiente encerrado en sus huesos resultaba imposible de contener.

En el Salmo (Sal 63) el salmista nos permite entrever su experiencia de Dios al decirnos que su amor es mejor que la existencia, y que por eso no dejará de alabarlo.

En la carta de Pablo a los romanos (Rm 12,1-2) se nos recuerda en qué consiste el culto verdadero: ofrecernos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios.

En el evangelio de Mateo (Mt 16,21-27) nos relata el anuncio de Jesús de la persecución que le espera, la reacción de Pedro rechazando esa posibilidad, la amonestación que Jesús le hace a Pedro, y la formulación de las condiciones para acompañar a Jesús: la entrega de la propia vida.

Tomadas en su conjunto las lecturas de hoy esbozan lo fundamental de la vida cristiana. Lo primero que nos recuerdan es que la vida cristiana es una vida movida por el amor, y por un amor que no tiene su fuente en nosotras ni nosotros sino en Dios. Nuestro amor, siempre y solo es una respuesta a su amor. Así Jeremías habla de una experiencia de seducción, pero todavía más hondamente, de la experiencia de un fuego ardiente que resulta imposible de contener, porque no es nuestro, aunque esté en nuestro interior. Esta experiencia remite a la experiencia de la zarza que arde sin consumirse con que Moisés experimentó a Dios (Ex 3,2), a la del amante que afirma que las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos (Cant 8,7), a la de las y los discípulos que experimentaron al Espíritu como lenguas de fuego en Pentecostés (Hch 2,3), al ardor del corazón que reconocieron los discípulos de Emaús al partir el pan (Lc 24,32), a la del costado traspasado del que brotan sangre y agua (Jn 19,34).

Lo segundo que nos recuerdan las lecturas de hoy es que, para que ese amor despierte el nuestro, es necesario que sea reconocido y agradecido. Esto es lo que nos recuerda el salmista al afirmar que porque su amor es mejor que la existencia, sus labios no dejarán de alabarlo. Sin este reconocimiento y gratitud ningún amor va a ser capaz de suscitar el nuestro. De ahí la importancia del agradecimiento.

Lo tercero que nos recuerdan las lecturas de hoy es que el amor es fundamentalmente entrega, entrega de lo más preciado que tenemos, entrega de la propia vida. Un amor sin entrega no pasa de ser un tipo de egoísmo en que utilizamos a otras personas para satisfacernos. Así, el amor es una vida compartida en gratitud, o mejor, vidas compartidas y entregadas en gratitud. 

Lo cuarto que nos recuerdan las lecturas de hoy es que este tipo de amor en el mundo en el que vivimos puede suscitar incomprensión, persecución, desembocando a veces incluso en el asesinato, como le pasó a Jesús, y antes y después les ha pasado a tantas personas incluidas Jeremías y Pablo cuyos escritos hemos leído hoy.

Lo quinto que nos recuerdan las lecturas de hoy es que el amor nos hace vulnerables porque no responde al mal con mal (1Pe 3,9), porque cuando amamos, amamos y solo amamos. Ahora, es precisamente en su vulnerabilidad que está la fuerza del amor y por eso es que no puede ser apagado ni extinguido, por eso es que arde sin consumirse, por eso es imposible contenerlo.

La familia es un lugar privilegiado para experimentar este amor, la relación de pareja, la relación con las hijas e hijos, con los padres, con el resto de los familiares. Pero la familia como escuela del amor perdería su sentido si no nos permitiera extender nuestro amor más allá de ella. Los tiempos que estamos viviendo nos ofrecen una bella oportunidad para hacerlo teniendo en cuenta que el amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras, y que el amor consiste en compartir lo que somos y tenemos acortando distancias, tendiendo puentes, haciéndonos prójimas y prójimos, especialmente de las personas más vulneradas, y esto porque el amor también a nosotras y nosotros nos ha hecho vulnerables.

Tenía razón Jesús: renunciar al amor como pretendía Pedro, era renunciar a la vida porque amar vale más que la vida.

viernes, 28 de agosto de 2020

2020.08.28 - Jesús nos anima en la necesidad de saber mantener nuestras lámparas encendidas, para no desanimarnos ni ser sorprendidos por la angustia, la soledad, el egoísmo y la comodidad que nos puede provocar el estar encerrados y aislados de los demás.


2020.08.28 - El evangelio de hoy nos previene en la necesidad de estar preparados frente a la inminencia del Reino de Dios, el cual se nos revela desde la cotidianidad de nuestra vida. La parábola de las jóvenes descuidadas y las previsoras nos confronta en nuestras prácticas cristianas frente a las realidades que nos rodean. Y nos lleva a reflexionar profundamente cómo estamos en medio de esta crisis que nos ha podido mantener adormecidos en el encerramiento y el miedo paralizante. 

Jesús nos anima en la necesidad de saber mantener nuestras lámparas encendidas, para no desanimarnos ni ser sorprendidos por la angustia, la soledad, el egoísmo y la comodidad que nos puede provocar el estar encerrados y aislados de los demás. También nos previene de no dejarnos acostumbrar a las realidades virtuales, que si bien nos ayudan para poder mantenernos en comunicación, no pueden reemplazar la cercanía, la ternura y la necesidad de salir al encuentro con los demás. 

La llegada del novio en la parábola ocurre a la medianoche, cuando el peso del cansancio es mayor y nuestro cuerpo está menos dispuesto para reaccionar. Con esta imagen se nos quiere develar que también en medio de esta situación, después de más de cinco meses de haberse iniciado el bombardeo en los medios de comunicación sobre la pandemia y sus efectos, podemos encontrarnos cansados y habernos ido acostumbrando a una realidad alienada, desde la virtualidad y la lejanía de los demás. Quienes se dejen relajar pueden verse sorprendidos por el desánimo, la desesperación, la angustia y el sinsentido que a la larga puede provocar una vida de aislamiento prolongado. El ser humano ha sido creado en relación total con Dios, consigo mismo, con los demás y con la naturaleza, y todas estas áreas son de vital importancia para un desarrollo adecuado de nuestra humanidad y también de nuestro ser cristiano. 

San Pablo nos dice en su primera carta a los Corintios que nosotros predicamos el Evangelio en cuyo centro está la cruz de Cristo, como signo por excelencia de entrega y generosidad del amor de Dios por la humanidad. Pero también como confirmación de un proyecto de amor que sobrepasa todas las fronteras humanas e invita a asumirlo como estilo de vida cotidiano. 

La cruz es signo de escándalo para unos y de necedad para otros, porque confronta los estilos de vida que promueve la sociedad postmoderna desde la comodidad de un clic y la lejanía de las realidades humanas necesitadas de salvación. Para todas y todos que durante este tiempo hemos tenido que utilizar estos medios virtuales, no podemos conformarnos con lo fácil, si no que hemos de ser capaces de asumir el reto de mantener la cercanía con las-los demás, desde los cuidados que debemos tener, pero sabiendo ante todo que frente a toda esta serie de artimañas, el Evangelio nos impulsa a arriesgar la vida por amor, por un amor que es respuesta a un amor primero, que nos desinstala y nos lleva al riesgo del servicio generoso de unas por otros, del cuidado cariñoso y paciente con las y los enfermos. Desde esta lógica el extremo de la cruz nos ubica frente a una realidad distinta a la propuesta por quienes han manipulado esta crisis, porque “la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres. 

Estamos llamadas y llamados a vivir desde la debilidad que se transforma en fortaleza por el amor sin medida de unas por otros y que desenmascara la manipulación realizada por quienes pretenden alejarnos de la fuerza de unidad frente a los escándalos que a diario seguimos descubriendo de quienes se siguen aprovechando de esta crisis. 

Ante esas situaciones no podemos estar dormidos. Hemos de estar despiertos para saber actuar desde la sabiduría de Dios que confunde a los poderosos y sabios de este mundo. Desde la lógica del amor que transforma todas las realidades y nos humaniza y acerca más a los demás y con ellos, a Dios.

jueves, 27 de agosto de 2020

2020.8.27 - Velar significa estar despiertas, despiertos, estar presentes.

2020.8.27 - En el evangelio de Mateo (Mt 24,42-51) que escuchamos Jesús invita a velar para evitar que se meta el ladrón y a servir durante la vela.

Velar significa estar despiertas, despiertos, estar presentes. En este contexto, pues, no significa no dormir, porque después de la tercera noche sin dormir empezaríamos a alucinar. El velar está unido al servicio, a un servicio que se opone al abuso. Lo que nos va a permitir estar presentes de esta manera, es decir, sirviendo, es el amor, un amor que responde a otro amor. Y es que esa es la buena noticia de Jesús, que Dios es amor (1Jn 4,16), y solo amor (Mt 5,43-45). Por eso, su gran mandamiento es que nos amemos las unas a los otros como él nos ha amado (Jn 13,34-35; 15,12). Ese amor, además, va a ser el que nos va a permitir discernir, ver con claridad lo que está pasando.

La presencia del Covid19 en nuestras vidas ha descubierto muchas cosas. Así, ha mostrado la actitud de muchos funcionarios públicos que lejos de ponerse al servicio de su pueblo, han utilizado la emergencia nacional decretada por ellos para robar descaradamente amparándose en una impunidad no menos descarada. Aquí una tentación puede ser estigmatizar a personas concretas, como, por ejemplo, al exdirector de Invest-H por la compra que cada día se desvela como más fraudulenta, inadecuada y negligente de los hospitales móviles, sin caer en la cuenta que él no actuó solo, que necesitó cómplices y que obedeció órdenes. Otra tentación puede ser creer que esto se da solo en altos funcionarios. El robo de medicinas en los hospitales de San Pedro, apunta a que esta manera de proceder está bastante extendida en toda la sociedad, siendo la consigna: “No te pide que me des, ponme donde haiga”.

La presencia del Covid19 en nuestras vidas también ha puesto de manifiesto el miedo y la desconfianza que reinan en nuestras vidas. Y ha puesto de manifiesto el papel fundamental de los medios de comunicación social en la siembra del miedo y la desconfianza en el pueblo. Y aquí tan importante como lo que se dice es también lo que no se dice. Así, se habla constantemente de la letalidad y contagiosidad del virus, pero no se dice nada de tratamientos sencillos, accesibles y eficaces para tratarlo, como el propuesto, por ejemplo, por la Dra. María Eugenia Barrientos a base de antiinflamatorios y antigripales. Los frutos de la siembra del miedo y la desconfianza en los medios de comunicación social son claros: el aislamiento y la desmovilización haciéndonos creer que quedándonos en casa estamos seguros; la percepción de la otra persona como posible fuente de contagio de la que nos debemos de proteger distanciándonos todo lo que podamos de ella; la discriminación brutal de las personas contagiadas aislándolas y abandonándolas en medio de su enfermedad cuando más necesitan de una mano amiga y extendida; haciéndonos creer que lo más importante en estos momentos es evitar el contagio a cualquier costo justificando con todo tipo de razonamientos hacer rodeos alrededor de las personas contagiadas y/o necesitadas y pasar de largo (Lc 10,31-32) exonerándonos del amor que dejándonos conmover nos llevaría a acercarnos, escuchar la necesidad, y tender la mano. Nos han hecho creer que el gran enemigo es el Covid19, haciéndonos olvidar que nada que venga de fuera nos puede manchar, dañar de verdad, que lo que mancha y daña es lo que sale de nuestro interior (Mc 7,15), una lejanía indiferente frente a las personas contagiadas y/o necesitadas.

Así, la presencia del Covid19 en nuestras vidas nos está dando la oportunidad despertar de la pesadilla del miedo, de la desconfianza y de la codicia, de dejar que el amor que Dios nos tiene y que se muestra entre otras cosas en la generosidad y abundancia de su creación, suscite y despierte nuestro amor, llevándonos a hacer aquello que nosotras y solo nosotros podemos y debemos hacer: a dejar la casa, a reencontrarnos, a organizarnos, a tratarnos con tratamientos sencillos y eficaces si nos contagiamos, a ponernos al servicio de las personas contagiadas y/o necesitadas, a hacernos prójimas y a dejar que otras se hagan prójimas nuestras, y todo esto con un corazón lleno de alegría y gratitud.

miércoles, 26 de agosto de 2020

2020.8.26 - Jesús muestra en toda su vida que Dios Padre es Amor y sólo Amor por nosotros, que su mayor deseo es el bien y la felicidad de todos y cada uno de nosotros. Y que todo lo dispone y nos guía para que crezcamos en ese camino.

 2020.8.26 - Homilia Mt. 23,27 Hay de ustedes, fariseos hipócritas, que van a su ruina.    


El cap. 23 de Mt. recoge unas advertencias muy serias contra la gente más religiosa de su tiempo, los fariseos y los maestros de la ley, que eran fanáticos en la observación y cumplimiento de lo mandado en el A.T. Que pensaban que la Ley era la roca firme que había dado seguridad y orientación a Israel en toda su historia y que en tiempos difíciles como los que estaban pasando, seguía siéndolo. Pero Jesús vino a mostrar que los tiempos de la Ley ya habían llegado a su madurez y era necesario abrirse a la nueva vida del Reino que estaba comenzando. Que había que superar la imagen de un Dios autoritario y juez para descubrir que Dios es ante todo y sobre todo Amor y Misericordia. Y las consecuencias que eso tiene para nosotros, sus hijos. 

    Jesús muestra en toda su vida que Dios Padre es Amor y sólo Amor por nosotros, que su mayor deseo es el bien y la felicidad de todos y cada uno de nosotros. Y que todo lo dispone y nos guía para que crezcamos en ese camino. Incluso la Ley fue dada para ayudarnos a ello. Pero para que lo entendamos correctamente nos comunica su Espíritu en la medida que nos vamos abriendo a Él. Por eso, el domingo pasado, Jesús pregunta a los Apóstoles: ¿quién soy Yo para ustedes?  La respuesta no es cosa de palabras, sino de vida. 

    Los fariseos sólo buscaban seguridad en la Ley: cumplir lo mandado, pero sin abrir el corazón a los hermanos. Jesús nos dice que eso no sirve para nada, es pura hipocresía. Lo que de verdad sirve es el abrirse a la Misericordia y el servicio. Sólo cumpliendo lo mandado, no cambia el mundo; lo que lo cambia es arriesgarse y amar y servir en concreto a los hermanos y a los que necesitan ayuda. Y eso es lo que el Padre, por amor a nosotros, tanto desea y continuamente nos está invitando a hacerlo.

    Por eso, S. Pablo en la carta a los Tesalonicenses nos recuerda la responsabilidad del trabajo: el que no trabaje, que no coma. No se puede vivir a costa del trabajo y el sacrificio de los demás. El trabajo, para conseguir lo necesario para vivir, es obligación de todos en la medida de las posibilidades de cada uno. No hacerlo es arruinar la propia vida. En aquellos tiempos se consideraba que el trabajo material era cosa de esclavos, algo indigno de personas libres. Pero Jesús pasó la mayor parte del tiempo de su vida dedicado al trabajo material, en el campo y en Nazaret. Y lo mismo Pablo, siempre dedicó una parte importante de su tiempo al trabajo humilde para ganarse la comida de cada día. Por eso dedica unas palabras fuertes a los quieren vivir a costa de la comunidad, sin aportar lo que pueden. El amor ha de manifestarse en el servicio que cada quien hace por los hermanos. Y Pablo nos lo propone con el ejemplo de su vida. Para todo cristiano el trabajo concreto bien hecho y el servicio a los hermanos es una forma muy importante de realizar el amor por los demás. No hacerlo es apartarse del camino que nos lleva al Reino.

    las C.e.B.s, en sus reuniones, nos ayudan de descubrir que siempre hay algo que podemos hacer para mejorar un poco la vida de los que más lo necesitan. Algo que aprender de otros, algo que compartir, algo para mejorar nuestra vida y nuestra comunidad. Y dedicando expresamente algo de tiempo y sacrificio, hacerlo realidad con alegría. Es un modo ir cambiando nuestra vida y de avanzar hacia el Reino de Verdad y de Vida, de Justicia y de Paz. Y de ir construyendo un mundo nuevo, que todos deseamos, y que se va haciendo realidad en la medida que avanzamos por el Camino.  En los tiempos que vivimos, aunque las reuniones habituales están muy restringidas, siempre podemos cuidar los contactos con los vecinos y esmerarnos en prestar pequeños servicios que harán más llevaderas las dificultades actuales. María, José y Jesús, siempre lo hicieron con generosidad y alegría. Pidámosles que nos ayuden con su ejemplo y su Espíritu, para que nuestra vida se vea libre de falsedad e hipocresía y sea una vida llena de sabiduría, de Amor, de alegría y de Paz.  Amén.



 

martes, 25 de agosto de 2020

2020.8.25 - Jesús denuncia las conductas hipócritas de quienes pretender colocar la ley por encima del ser humano, mientras se quedan al margen de la vida y la dignidad que debieran resguardan las leyes humanas de convivencia social.

2020.8.25 - En el evangelio que hemos escuchado hoy, Jesús confronta fuertemente el culto vacío y alejado totalmente del querer de Dios. Y a partir de esa confrontación hace una invitación para saber identificar aquello que agrada a Dios verdaderamente y llevarlo a la práctica.

En primer lugar, para Dios lo más importante es la vida del ser humano, creado como obra cumbre suya y como co-creador de la vida que procede de Dios. Esta vida se enriquece desde la experiencia del compartir agradecido que podamos cada una-uno asumir cotidianamente, con un estilo de vida encaminado a la práctica de la justicia, la misericordia y la fidelidad al proyecto de salvación de Dios por la humanidad. 

Jesús denuncia las conductas hipócritas de quienes pretender colocar la ley por encima del ser humano, mientras se quedan al margen de la vida y la dignidad que debieran resguardan las leyes humanas de convivencia social. De igual forma, a lo interno de la Iglesia y de nuestras comunidades, en muchas ocasiones colocamos tradiciones o costumbres anquilosadas, incapaces de apuntar por lo que nos acerca realmente al Dios de Jesús y actuamos como fieles custodios de la tradición, aún y a pesar de que las mismas puedan alejarnos de Dios. 

Jesús es consciente de que el su pueblo ha dejado de lado a Dios, desde la exclusión y opresión que vive su pueblo marginado y pobre, a causa de la Ley, que más que ayudar a vivir con alegría la vida que Dios da se les ha convertido en una camisa de fuerza, donde quienes ejercen la ley viven al margen de ella y la misma solo sirve para oprimir a los débiles y a los pobres. 

Una mirada actual en nuestra sociedad nos permitiría darnos cuenta de que también entre nosotros seguimos actuando de la misma manera. Las actuales leyes y normas restrictivas solo han servido para atemorizar a la población, mientras con descaro y mal intención quienes ostentan el cumplimiento de las leyes han sido sus más fervientes detractores, utilizándola únicamente para enriquecerse vilmente a partir de los recursos destinados para las mayorías de la población pobre y marginada. 

San Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses, que escuchamos hoy, nos invita a no dejarnos perturbar ni engañar por quienes buscan atemorizar a la población con información falsa y manipulada para crear ideas equivocadas sobre nuestra realidad y sobre el proyecto de salvación de Dios. 

Jesús nos invita a limpiar desde dentro la vida, mediante la práctica de la solidaridad, la justicia, la paz, la fraternidad y el amor de unos por otras. Es a partir de estas acciones, del cuidado cariñoso y fraterno de unos por otras, como una forma de proceder cotidiana, como realmente será agradable nuestro culto a Dios, porque no hay mayor deseo de Dios que el bien del ser humano, que el hombre y la mujer vivan plenamente. De ahí que nosotros y nosotras, como verdaderos cristianos, estamos llamados a una vida desde la práctica del amor efectivo. 

No seamos en nuestras vidas “guías ciegos, que colamos el mosquito y nos tragamos el camello”. Empecemos por mirar nuestras conductas diarias en medio de esta crisis, corrijamos nuestros errores, acerquémonos a las víctimas de la discriminación y de la corrupción social, seamos solidarios con su dolor y construyamos una sociedad desde la práctica de la justicia, la misericordia y la fidelidad al proyecto de amor de Dios en medio de nosotras y nosotros.

lunes, 24 de agosto de 2020

2020.8.24 - En el evangelio encontramos aquel pasaje en el cual Natanael o Bartolomé recibe de su hermano Felipe la noticia de que Jesús, el hijo de José, de Nazaret, un pueblo pequeño y olvidado, de la periferia judía, es el Mesías anunciado por Moisés y los profetas.


2020.8.24 - Las lecturas de hoy quieren revelarnos cómo Dios realiza su obra de salvación en un contexto totalmente humano y solo necesariamente desde nuestra humanidad.

En el evangelio encontramos aquel pasaje en el cual Natanael o Bartolomé recibe de su hermano Felipe la noticia de que Jesús, el hijo de José, de Nazaret, un pueblo pequeño y olvidado, de la periferia judía, es el Mesías anunciado por Moisés y los profetas. Como es sabido, la respuesta de Natanael es provocativa: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?”. Porque la promesa del Mesías pretendía alguien poderoso, capaz de liberar a su pueblo del dominio extranjero, cosa difícil de creer de alguien que proceda de un pueblo pequeño e insignificante. Así como también las cosas extraordinarias las esperamos siempre de personas “extraordinarias”, pero no de las periferias, de las márgenes de la exclusión social. 

Jesús se coloca frente a Natanael para confrontarlo. Le habla en los términos que él espera de un Mesías, alguien capaz de conocerle profundamente, y por eso Jesús le conoce desde el inicio de su interrogante en el contexto en el cual se mueve Natanael. Cuando Dios quiere hablarnos lo hace desde nuestras realidades, es ahí desde donde nos confronta. Estar abiertos a esas situaciones es la tarea más acuciante que debemos tener presente en nuestra vida cristiana, porque solo desde nuestra humanidad es que somos capaces de encontrarnos con Dios. Quien pretenda buscarlos mediante apariciones o visiones gloriosas y alejadas de nuestra realidad permanecerá alienado en su búsqueda. 

La visión de Juan en el Apocalipsis quiere expresarnos eso mismo. El lenguaje apocalíptico de la época puede confundirnos y pretender una imagen de esa ciudad de Jerusalén, desde realidades divinas, alejadas totalmente de nuestra realidad humana. Eso sería una interpretación equivocada y sesgada de esa visión. La visión de Jerusalén como una ciudad nueva, resplandeciente de la gloria de Dios, que desciende de los cielos, representa una realidad nueva, construida por nosotras y nosotros, desde nuestra humanidad, en armonía total con el plan de salvación de Dios, con su justicia, que busca que todos los hombres y mujeres se salven. Una ciudad donde se comparta desde la solidaridad y la generosidad de una experiencia de amor primero en Dios. Donde todas y todos los pueblos y naciones están llamados e incluidos en este proyecto de amor y liberación. 

Frente a esta visión existe la tentación de quedarnos esperando que todo nos caiga de arriba, del cielo; que la nueva vida en sociedad que esperamos sea como aquella ciudad venida del cielo. Quienes así piensen y actúen pretenderán quedarse cruzados de brazos, para que Dios haga todo lo que tiene que hacer, mientras nosotros y nosotras seremos entes pasivos en esa historia. Pero la historia de salvación de Dios desde el Génesis, pasando por los profetas y llegando hasta el Jesús que confronta a Natanael en el evangelio de hoy. Nos revela una realidad donde Dios es Dios, todopoderoso, capaz de crearlo todo y poder así realizar la salvación sin nuestra ayuda. Pero por encima de su poder y su gracia decide mostrarnos su salvación de la forma más humana posible, mediante su Hijo hecho totalmente humano, hecho uno de la periferia, “el hijo de José, de Nazaret”, uno de tantos, enseñándonos que no hay otro camino hacia Dios que el del amor generoso, agradecido y compartido desde nuestra humanidad. Por ello, frente a la Palabra de hoy hemos de preguntarnos, cómo tratamos a los demás, a aquellos que son los excluidos, los marginados, los discriminados por estar enfermos de covid-19; son ellos y ellas tan discriminados y marginados como lo fue Jesús por Natanael. 

La visión de Juan debe llevarnos a repensar nuestra humanidad y nuestra vida en sociedad, nuestra ciudad. ¿Queremos que sea nueva, llena de la gloria de Dios? Entonces debemos empezar a humanizar nuestras relaciones cotidianas ante todo, a procurar por los demás, especialmente por los que sufren. No esperemos que del cielo nos venga una aparición rodeada de ángeles. Jesús desde su humanidad nos muestra como único camino para llegar a Dios nuestra humanidad. De ahí que debemos seguir su ejemplo, sobre todo ante esta crisis que exige de cada uno el aporte de sus talentos, capacidades y recursos. De lo contrario, nos quedaremos de brazos cruzados esperando que nos venga del cielo lo que nosotras y nosotros podemos construir aquí en la tierra con las capacidades que Dios nos ha dado y con la gracia de nos viene de Él.

domingo, 23 de agosto de 2020

2020.8.23 - El evangelio tiene dos partes: la pregunta de Jesús por su identidad y la misión encomendada a Pedro.

2020.8.23 - En el evangelio de Mateo (Mt 16,13-20) que escuchamos, Jesús les pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es el hijo del hombre. Le dan distintas respuestas: Juan Bautista, Elías, Jeremías, uno de los profetas. Luego les pregunta quién dicen ellos que es él. Pedro le responde que es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús bien aventura a Pedro y le hace una promesa: que edificará su iglesia sobre él y que el poder de la muerte no la derrotará. Además, le dice que lo que ate en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desate en la tierra quedará desatado en el cielo.

El evangelio tiene dos partes: la pregunta de Jesús por su identidad y la misión encomendada a Pedro. Jesús les pregunta a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mt 16,15). Esa pregunta sigue siendo tan válida entonces como ahora, y esto porque la respuesta se da con la vida, con la personal y con la comunitaria. ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué papel juega en mi vida? ¿Qué hago inspirada por él? ¿Qué dejo de hacer inspirado por él? ¿Cuán grata me es su compañía? ¿Con qué frecuencia la busco? ¿Vivo mi vida como compartimientos estancos: vida familiar por un lado, vida laboral por el otro, vida recreativa por otro, y vida religiosa todavía por otro. ¿O es mi vida una sola, vertebrada toda ella por Jesús? ¿Me acuerdo de Jesús solo cuando tengo una necesidad o contemplo su vida, busco su compañía y dejo que me inspire y anime su espíritu? ¿Me aprovecho de mi relación con Jesús para pedirle favores o busco su compañía porque me hace el corazón más grande y me ayuda a dar lo mejor de mí? ¿Está hecho el Jesús con el que me relaciono a mi imagen y semejanza o su compañía me va asemejando lenta e inconscientemente a él? ¿Es Jesús alguien que me juzga y con el que quiero quedar bien, o es un compañero fiel, que siempre está conmigo, en el que puedo confiar plenamente? ¿He experimentado su amor y me he dejado transformar por él, o sigo buscando amores que nunca acaban de saciarme y que no son sino egoísmos encubiertos? ¿Me anima Jesús a hacerme prójima o lo utilizo como pretexto para alejarme de los demás, sobre todo, de las necesitadas?

¿Qué tipo de comunidad inspira Jesús? ¿Es vertical, autoritaria, rígida, o participativa y creativa? ¿Genera una comunidad cerrada y replegada sobre sí, o inspira una comunidad abierta a las demás? ¿Es una comunidad incluyente o excluyente? ¿Se separa de los otros o los considera también sus hermanos?

Vamos ahora a la misión que en este pasaje Jesús le encomienda a Pedro, pero que más adelante le encomienda a toda la comunidad (Mt 18,18). La misión que Jesús le encomienda a Pedro y a la comunidad no es la de decidir a quién perdonar y a quién no. Y esto porque el perdón es, por una parte, la experiencia del amor de Dios, un amor del cual nada ni nadie nos pueden separar (Rm 8,35-39). A este amor se refieren las parábolas de la oveja, la moneda y el hijo perdidos (Lc 15,1-32). Nos hablan todas de un amor del cual nada ni nadie nos puede separar, porque no depende de nosotras, sino de aquel que nos amó primero, y nos sigue amando primero. Pero, además, perdonar significa desatar, y más que al otro, a nosotros mismos del otro que nos ha hecho daño. Perdonar es desatarnos del odio, del resentimiento, del rencor, del deseo de venganza que nos atan a la persona que nos ha hecho daño, y vivir libres de ataduras que nos impidan amar como somos amadas. Así cobran sentido las palabras de Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos, que no saben lo que están haciendo” (Lc 23,34). Jesús fue un hombre libre, y murió libre, libre para dejarse amar y libre para amar.

Es verdad entonces que la Iglesia es la comunidad del Mesías a la que el poder de la muerte no podrá derrotar, y esto por dos motivos: porque en ella se experimenta que nada ni nadie nos pueden separar del amor de Dios y porque a nadie deja por fuera. O dicho en positivo, porque es la comunidad en la que se experimenta que en Jesús todas y todos somos hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, y, por tanto, hermanas y hermanos de todo lo creado.

sábado, 22 de agosto de 2020

2020.08.22 Homilía Mt.23,8 Uno solo es su Padre, y todos ustedes son hermanos.

 

El Evangelio de ayer nos recordaba que el Amor de Dios ha de concretarse en el amor al prójimo: Amar al prójimo como a uno mismo. Todo el Antiguo Testamento, la Ley y los Profetas a eso nos guían, o nos deben guiar. Jesús fue un judío sinceramente cumplidor de las leyes y preceptos del A.T.. José y María también lo fueron: presentaron al niño en el templo, según la ley, asistían a los cultos pascuales, según la Ley, etc. La Ley era la fuente de vida básica de todo judío sincero y devoto. Sin ley todo es desorden, anarquía y abuso de los más fuertes sobre los débiles. La Ley mantenía unido al pueblo de Israel y le ayudaba a superar grandes dificultades y contrariedades. También para nosotros es necesario el respeto a las leyes para avanzar como pueblo civilizado.

                Pero la Ley, de ser algo necesario para mantener cierta justicia y defensa de los débiles, puede convertirse en lo contrario: un instrumento más de opresión e injusticia de los poderosos sobre los más débiles. Una carga pesada para éstos, más que una ayuda para su defensa. El imperio de la ley, a veces se transforma en un medio para excluir y hacer sufrir más a los indefensos.

Y esto es algo contra lo que Jesús clama: Los maestros de la Ley echan pesadas cargas sobre la gente sencilla, pero ellos ni con un dedo ayudan a llevarlas. Es la tremenda ambigüedad que acecha a todas las leyes, incluso a veces a las leyes eclesiales: Ser una carga y no una ayuda para hacer la vida más humana, más fraternal.

                Jesús viene a traernos la Buena Noticia: El imperio de la Ley, con su imagen de un Dios todopoderoso que impone sus leyes, castigando a los malos y premiando a los buenos, ya terminó:

 Fue necesario mientras éramos como menores de edad, pero al llegar a cierta madurez, hemos de avanzar por nuevos caminos: los caminos del servicio y la entrega por amor, no por obligación o por temor al castigo.  No se trata ya de amar al prójimo como a uno mismo (A.T), sino de “amar como yo los amo”, como nos dice Jn. No se trata ya de discutir quién es mi prójimo, a  quién tengo yo obligación de ayudarle. Sino de ayudar a todo el que lo necesita, sea cercano o lejano, sea amigo o enemigo. Ser “prójimo” marcaba la frontera entre los amigos y los enemigos. Para Jesús ya no hay fronteras: toda persona, sea cercana o lejana, a quien puedo ayudar, es un llamado de Dios a que lo haga. Ya no hay “enemigos” o “extraños”, porque todos somos “hijos de Dios” y por ello hermanos unos de otros. Porque Dios es Amor y sólo Amor y su único deseo es hacernos iguales a Él, es decir, hijos semejantes al Padre, capaces de amor y misericordia como Él.

                Por eso Jesús anula todas las categorías sociales entre nosotros, basadas en el poder, el saber o el prestigio social. Entre los cristianos pierden su razón de ser las jerarquías o poderes sociales o económicos. “A nadie llamen guía, o maestro o padre, porque uno sólo es su Padre, su Maestro, su guía”. Jesús es el guía de todos nosotros y no hay otro. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” para todos. Y Jesús viene como el servidor de todos, poniéndose al servicio de todos, entregándose hasta dar su vida totalmente por nosotros en la Cruz. El Camino de Jesús es el único que nos lleva al Reino del Padre. A todos nos invita a seguirle porque su mayor deseo es que todos lleguemos a la meta. A todos nos invita, aunque muchos no responden.

                Cada vez que alguien sufre por algo, tiene un tropiezo o recibe un golpe, el Señor nos está invitando a hacer algo por él. Dia a día el Señor nos está invitando a colaborar con Él en la construcción de su Reinado. En estos tiempos difíciles de tantos imprevistos y limitaciones, es especialmente importante estar despiertos y dispuestos a ayudar, a compartir, a animar. ¡Tantas oportunidades se nos ofrecen!!  Ojalá sepamos aprovecharlas, sabiendo que, aun un vaso de agua que se da por amor a alguien, no quedará sin recompensa.  Que María, la Madre de Jesús, siempre dispuesta a servir y acompañar, nos ayude a abrir la mente y el corazón para que sepamos responder con generosidad y alegría a los llamados que el Señor nos está haciendo.  Amén.

2020.08.21 Reflexión.

Queridas hermanas y hermanos, durante esta semana el profeta Ezequiel nos ha llevado a reflexionar sobre el plan de salvación trazado por Dios para la humanidad. Un plan que involucra y tiene como finalidad que nos constituyamos en el Pueblo de Dios donde Él, como Señor de la vida y de la historia, venga a ser el centro en torno al cual nuestra existencia se plenifique. Esta plenitud del plan de Dios culmina en la vida que Él quiere para todos sus hijos e hijas, expresada en la visión en Ezequiel nos relata hoy: un campo lleno de huesos secos, los cuales poco a poco a la voz de la Palabra de Dios van tomando vida, Dios les infunde su Espíritu, los saca de la esclavitud y los constituye en su pueblo.

La sequedad que experimenta el pueblo de Israel en el Exilio proviene de haber dejado de lado la centralidad de la ley de Dios que es el amor, y haberse postrado ante otros falsos ídolos como las riquezas, los falsos cultos y las injusticias de unos con otras. Ese estilo de vida aleja al pueblo de los planes del Señor, Dios, y los sumerge en la triste experiencia de verse exiliados de su tierra, de sus costumbres, de su gente, de su Dios.

Sin embargo, la historia de salvación nos relata una y otra vez la fidelidad del amor de Dios para con la humanidad, a pesar de nuestras infidelidades y sorderas, Dios se mantiene fiel en su amor primero que nos desea llevar a una experiencia de amor agradecido entre unas y otros, sobre todo entre aquellos hermanos y hermanas más necesitados.

La visión de Ezequiel es fuerte y muy propicia para nuestro contexto actual, porque expresa a toda una comunidad muerta, con solo huesos secos, expresado una vida corrompida por los vicios y por la injusticia, alejada del necesitado, olvidada de Dios. Una sociedad de espaldas a la vida que fluye en la naturaleza contaminada y destruida, en las relaciones interpersonales rotas y distanciadas aún más hoy en día por el miedo aterrador que se nos ha infundido por los medios de comunicación social al servicio de los intereses de los grupos de poder. Una sociedad donde el que prima ahora es el resguardarse para sí, dejando de lado la sublime experiencia del encuentro generoso y agradecido con las y los demás.

Jesús en el evangelio coloca como medida de esa vida en plenitud el amor sin límites. Frente a tantas normas restrictivas que muchas veces lo que hacen es oprimir e infundir temor a la población, lo que debemos rescatar es un amor como respuesta al amor primero de Dios. Jesús encarna ese amor primero en su trato cercano y compasivo con los enfermos, los endemoniados, los excluidos de la sociedad y nos invita desde su medida a hacer lo mismo, porque señala, ante todo debemos amar a Dios sobre todas las cosas, pero ese amor a Dios debe concretarse en el amor al prójimo, al cercano, al hermano. San Juan nos dice que nadie puede amar a Dios a quien no ha visto nunca si primero no ama a su hermano con quien convive y tiene a su lado. Esa experiencia es la respuesta a saberse amado por este Dios que busca que todos los hombres y mujeres salven.

De esa manera, el Señor nos invita hoy en día a saber dejarnos revestir de carne, de humanidad, frente a todas las discriminaciones y tratos inhumanos que hemos visto y seguimos encontrando en nuestra sociedad. Dejar que su Espíritu nos toque y mueve nuestros corazones al encuentro con ese amor que se concreta en nuestra carne mortal, en nuestra Humanidad. Amén.

jueves, 20 de agosto de 2020

2020.8.19 - Esta parábola sobre el reinado de Dios deja algunos aspectos claros. Se trata de una invitación, que puede ser rechazada o aceptada. La invitación es gratuita, no se necesitan méritos para entrar, por eso participan malos y buenos.


2020.8.19 - En la lectura del libro del profeta Ezequiel (Ez 36,23-28) se nos dice que Dios promete purificar a su pueblo, darles un corazón y un espíritu nuevos, arrancándoles el corazón de piedra y dándoles un corazón de carne.

En el evangelio de Mateo (Mt 22,1-14) aparece Jesús diciendo que el reino de Dios se parece a un rey que celebra la boda de su hijo. Los convidados no hacen caso de los mensajeros, los maltratan y los matan. El rey encolerizado manda tropas para acabar con los asesinos y prenderle fuego a la ciudad. Luego los mensajeros salen a los caminos e invitan a todos, malos y buenos a la boda. Uno que no llevaba traje de boda es amarrado y echado fuera, al lugar de llanto y la desesperación.

Esta parábola sobre el reinado de Dios deja algunos aspectos claros. Se trata de una invitación, que puede ser rechazada o aceptada. La invitación es gratuita, no se necesitan méritos para entrar, por eso participan malos y buenos. Por ser gratuita se trata de una invitación incluyente, todas y todos están invitados. Ahora bien, no todas ni todos aceptan la invitación. A quienes buscan privilegios tal vez no les gustará, porque está abierta a Raimundo y todo el mundo. Implica una participación activa de las y los invitados: disfrutar del banquete. Que Dios acabe con los invitados asesinos y mande quemar su ciudad es poco probable, ya que el Dios de Jesús es un Dios que perdona 70 veces 7 (Mt 18,22). Que Dios ate de pies y manos al que no llevaba vestido de bodas y lo arroje afuera donde hay llanto y desesperación, también es poco probable. El Dios de Jesús es un Dios que vino para que tengamos vida, y vida en abundancia (Jn 10,10).

Las reflexiones de Ezequiel que escuchamos reflejan la experiencia de la dificultad para que los seres humanos cambiemos. Se dice que tenemos un corazón de piedra. De ahí la promesa de darnos un corazón de carne y su espíritu.

De Jesús creemos las cristianas y cristianos que nos ha dado el Espíritu, esto es, un amor que responde al suyo transformando desde dentro nuestros corazones. Pero esto no a la fuerza, no por miedo, no por interés, sino por amor y solo amor.

En un mundo como el nuestro lleno de tanto dolor nos preguntamos como Juan si Jesús es el que había de venir o si debemos de esperar a otro (Mt 11,3). Jesús responde a los enviados de Juan que le cuenten lo que están viendo y oyendo: “Ciegos ven y cojos andan, leprosos quedan limpios y sordos oyen, muertos resucitan y pobres reciben la buena noticia” (Mt 11,5). Si le preguntaran hoy a Jesús, ¿qué diría?, ¿cómo respondería? Porque nosotras y nosotros, las cristianas y cristianos somos la obra del mesías. ¿Qué descubre la gente en nosotras y nosotros cuando nos ve?

La invitación es a vivir la vida como un banquete, compartiendo lo que tenemos y lo que somos, llenas y llenos de alegría, sirviéndonos en nuestras necesidades, entregándonos libre y generosamente, y todo esto por pura gratitud, porque hemos experimentado y reconocido tanto bien recibido de Dios, porque reconocemos y experimentamos lo generoso que Dios ha sido con nosotras y nosotros, porque el corazón se nos dilata de gratitud, y entonces no podemos sino ir y hacer lo mismo que Dios ha hecho con nosotras y nosotros.

En estos días están madurando los elotes. En este tiempo se hacen tamalitos, fritas, montucas, atol. Pero además se comparten con los vecinos y familiares como una muestra de la alegría y gratitud que sentimos por la cosecha. ¿Será que así es el banquete del reinado de Dios?

miércoles, 19 de agosto de 2020

2020.8.19 - En esta parábola Jesús ilustra el carácter radicalmente igualitario de su comunidad en medio de todas las diferencias, nada debe de ser fuente de privilegios.

2020.8.19 - En el evangelio de Mateo (Mt 20,1-16) que escuchamos se nos relata una parábola en la que se dice que el reino de los cielos es semajante a un propietario que sale a contratar trabajadores para su viña a diferentes horas del día. Al atardecer le pide al administrador que comenzando por los últimos les pague a todos. A todos les dio un denario. Los primeros protestan porque les paga lo mismo que a los últimos. El dueño les responde que no les está haciendo ninguna injusticia ya que les está pagando lo acordado. Además afirma que él puede hacer con lo suyo lo que quiera.

En esta parábola Jesús ilustra el carácter radicalmente igualitario de su comunidad en medio de todas las diferencias, nada debe de ser fuente de privilegios. Ni la cantidad ni la calidad del trabajo o servicio, tampoco la antigüedad, ni las diversas funciones, tampoco el mayor entendimiento, ni el sexo, ni el origen, ni la raza, ni la etnia, ni la condición social, ni la lengua, ni la salud: todas y todos tienen el mismo valor en la comunidad de Jesús y a todas y todos se les debe de tratar con la misma dignidad. Y es que todas y todos, sin excepción son hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, hermanas y hermanos entre sí y con todo lo creado. La comunidad cristiana no es el lugar adecuado para las personas que buscan privilegios.

La razón de este igualitarismo radical en medio de las diferencias radica en que nuestra pertenencia a esta comunidad no tiene su origen ni la garantía de su continuidad en nuestro actuar, sino en el actuar de otro que es quien nos invita, pero además que actúa amando y solo amando. Nuestra pertenencia a esta comunidad es siempre y solo una respuesta a otro amor, que fue y sigue siendo primero. Otro amor, que fue primero, suscita el nuestro. Esto significa que en la comunidad cristiana no hay méritos, y por tanto, tampoco privilegios. En la comunidad cristiana lo que hay es un amor que responde a otro amor, amores que responden a otro amor, primero.

Así, lo que rige la comunidad cristiana no es una justicia retributiva, porque esa presunta justicia no es sino causa de incontables privilegios y desigualdades, dando lugar y justificando plenamente la venganza, ya sea personal y/o institucional, sirviéndose de los aparatos represivos del estado. 

La comunidad de Jesús es una comunidad de amor en la que sus participantes podemos expresar nuestra situación sirviéndonos, tal vez, de una palabras de san Agustín en sus confesiones:


¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,

tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,

y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,

me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,

si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;

brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;

exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;

gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;

me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti.

En la comunidad de Jesús, todas y todos hemos llegado tarde, pero en medio de la tardanza, todas y todos vamos experimentando un amor que aunque tarde responde a otro.

martes, 18 de agosto de 2020

2020.8.18 - El avaro vive angustiado solo en mantener sus riquezas y en acumular más.

2020.8.18 - Las lecturas que hoy escuchamos nos advierten frente a dos vicios que nos separan de Dios y de su proyecto de salvación y amor para la humanidad: la soberbia y la avaricia. Los soberbios de corazón se alejan de Dios porque se colocan ellos en el lugar que solo corresponde a Dios y a partir de allí todo lo miden y lo pretenden desde sus juicios, pasando por encima de la dignidad del ser humano, de las leyes y normas de convivencia y de la justicia que debe primar en medio de las relaciones interpersonales. Se escudan detrás de la violencia, el miedo y la mentira e irrespetan los derechos de los demás. Su actitud desencadena el sufrimiento de las mayorías a costa de mantener sus privilegios, los cuales no son negociables y viven así al margen de las necesidades de los demás. Para ellos lo único importante son sus tesoros amontonados a partir del fraude y la explotación de los demás; pagando salarios de miseria mientras acumulan o derrochan sin medida. Son un escándalo a los ojos de Dios. 

El avaro vive angustiado solo en mantener sus riquezas y en acumular más. Deja pasar la vida por pretender acumular sin medida y al final, como señala Jesús en el evangelio, muere sin poder disfrutar de sus bienes (Cfr. Lc 12,20). Su corazón está apegado a las riquezas pasajeras de este mundo y se pierde de la posibilidad de disfrutar del tesoro de saber compartir y compartirse con generosidad con quienes le rodean, incluso con su propia familia. Viven en edificios blindados, por miedo a perder lo que han obtenido y porque no son capaces de compartirlo. 

Ante la realidad que vivimos hoy en día podemos encontrar como promotores de esta crisis, aquellos que escudados en su soberbia y su avaricia, lo único que han pretendido es tomar el lugar de Dios, jugando con la vida de millones de personas, buscando aprovecharse de esta situación para enriquecerse más y más a costa de las grandes mayorías pobres. Son quienes siguen manipulando los recursos, la economía y las medidas restrictivas para beneficio de sus intereses egoístas.

Pero también encontramos entre los soberbios y avaros a quienes, asegurados en su razón se creen en la potestad de discriminar y excluir a los enfermos, a los más pobres, a quienes en esta crisis se han visto más afectados por su condición vulnerable. Esos también, solo piensan en acumular salud y protegerse ellos, asegurados tras las paredes de sus casas, dejando pasar la vida y la posibilidad de compartirla con generosidad. 

Frente a todo esto, Jesús invita a compartir la vida con generosidad y de esa manera lograr enriquecerla desde el encuentro cercano con los otros. Esa experiencia solo es posible desde el amor que responde a un amor primero, porque se siente amada-amado y se embarca en la aventura de amar. Un amor que se hace eterno nos dice Jesús, solo en la medida en que desde esta tierra y desde nuestra humanidad lo empezamos a vivir en la cotidianidad y pequeñez de las cosas sencillas de la vida. Quienes así son capaces de amar es porque han conocido al Dios de Jesús que ama a los sencillos y no discrimina en el amor, y para quien la medida del amor es el amor sin medida. Es un amor que se concreta frente a la necesidad de la otra persona, haciéndome prójimo de ella, curando las heridas de la exclusión y la discriminación social y, desde los cuidados necesarios, sabiéndole hacer sentir humano y hermano. Esa es la experiencia de los seguidores y seguidoras de Jesucristo y que se hacen llamar cristianos y cristianas. De esa manera realmente asumiremos en nuestra vida la construcción aquí y ahora del Reino.

lunes, 17 de agosto de 2020

2020.8.17 - Este joven está preocupado por la vida eterna, por la vida plena, por la vida que vale la pena vivir.


2020.8.17 - En el evangelio de Mateo (Mt 19,16-22) que acabamos de escuchar, se nos relata el encuentro de Jesús con un joven rico en busca de la vida eterna, de la vida plena. Jesús no acepta que lo llamen bueno, porque bueno solo es Dios. Jesús le pregunta por su cumplimiento de los mandamientos de cara al prójimo, dejando los que tienen que ver con la familia al final. El joven le contesta que los ha cumplido. Jesús lo invita a vender lo que tiene, entregárselo a los pobres y acompañarlo a él. El joven rico no acepta la propuesta de Jesús y se va entristecido.

Este joven está preocupado por la vida eterna, por la vida plena, por la vida que vale la pena vivir. Llama la atención de la respuesta de Jesús, que lo que Jesús le señala no hace referencia a la relación con Dios – los primeros tres mandamientos –, sino a la relación con el prójimo. Dicho de otra manera, es en la relación con el prójimo que se juega la relación con Dios. Y otra cosa que llama la atención es que invierte el orden de los mandamientos, dejando el sustento de los padres al final, como queriendo decir que el cuidado de la familia no exime del cuidado para con la humanidad. La pregunta de este joven recuerda la del maestro de la ley que también le pregunta por lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna (Lc 10,25). Ahí nuevamente Jesús señala la relación con el prójimo, esta vez necesitado, con la parábola del buen samaritano (Lc 10,30-37).

El texto paralelo de Marcos añade un detalle interesante. Nos dice que Jesús ve al joven, le muestra su amor y lo llama (Mc 10,21). Aquí aparece claramente que la vida plena más que estar en relación con el cumplimiento de un precepto, está en función de una relación de amor, en donde el propio amor nunca es el primero, sino siempre y solo respuesta a otro amor. La vida plena es una vida en la que hay amor, un amor que responde a otro amor. Dicho de otra manera, la vida plena es una vida agradecida, una vida que ha sentido el amor, que lo ha reconocido y que ha sabido agradecerlo. La vida plena es una vida de entrega libre y generosa, fruto de la gratitud. La vida plena es una entrega agradecida.

Jesús invita al joven a vender lo que tiene, dárselo a los pobres y a acompañarlo. La invitación a venderlo todo puede parecer muy dura. Y en efecto lo es si no se le ubica en el contexto correcto. Ya Jesús había hablado en unas parábolas de un hombre que encuentra un tesoro escondido y de otro comerciante de perlas finas (Mt 13,44-46). Ambos venden todo lo que tienen con alegría para comprar la tierra donde está el tesoro y la perla fina. Lo que hace posible, pues, la renuncia a la riqueza es un bien mayor, el de vivir en compañía de Jesús. Ahora, vivir en la compañía de Jesús vale la pena solo si se ha experimentado su amor y ese amor ha despertado el nuestro. De lo contrario, la invitación de Jesús no pasaría de ser una pesada carga más, como las que Jesús señala que preparan los maestros de la ley y los fariseos (Mt 23,1-4).

El joven rico no acepta la invitación de Jesús, probablemente no acaba de confiar en el amor de Jesús, y por eso no se despierta en él ningún amor. El joven rico se va prácticamente como vino. Había llegado entusiasmado, buscando el camino de la vida eterna, se va triste reconociendo que la vida por la que ha optado no vale la pena, y es que no lo colma, no lo llena de alegría.

La situación que estamos viviendo actualmente marcada por tanta necesidad y por tanta oportunidad de tender la mano, nos muestra lo actual de este llamado de Jesús. Muchos han utilizado esta situación para lucrar con ganancias exorbitantes. Por poner el ejemplo de los hospitales móviles, se pagó U$7.4 millones por unos hospitales cuyo costo es de U$2.5 millones. Estos jóvenes o viejos ricos, o pobres que se enriquecen de un día para otro, se hacen ricos a costa de la vida de personas necesitadas. ¿Cuánta felicidad pueden encontrar en un dinero así? Por eso, tal vez también ahora, si oyeran la invitación de Jesús se alejarían tristes de él.

Y es que lo que llena el corazón, la vida que vale la pena vivir, es aquella que ayer como hoy, sabe hacerse prójima, sabe tender la mano a la persona necesitada y dejársela estrechar por ella, experimentando en todo esto una enorme alegría. Y esto porque es fruto de la gratitud, de un amor que responde a otro.

domingo, 16 de agosto de 2020

2020.8.16 - se nos relata el encuentro de una cananea con Jesús, que le hace caer a Jesús en la cuenta de sus prejuicios y le da la oportunidad de convertirse.

2020.8.16 - En la lectura del libro del profeta Isaías (Is 56, 1.6-7) que escuchamos se afirma que los extranjeros que guardan la ley tienen un lugar en el templo, que será casa de oración para todos los pueblos. La antífona del Salmo (Sal 67) que repetimos fue: “Que te alaben, Señor, todos los pueblos”. En la carta a los Romanos (Rm 11,13-15.29-32) Pablo expresa su convicción de que todos alcanzan la misericordia de Dios, también aquéllos que se rebelan contra él. Finalmente, en el evangelio de Mateo (Mt 15,21-28) se nos relata el encuentro de una cananea con Jesús, que le hace caer a Jesús en la cuenta de sus prejuicios y le da la oportunidad de convertirse.

El mundo en el que vivimos está lleno de exclusiones: los enfermos y las contagiadas, los políticos corruptos y negligentes, las de las otras iglesias, los de otras religiones, las extranjeras, los de los otros partidos, las de otra condición social, los pobres, las hijas ilegítimas de las otras, los viejos que aparecen detrás de la tercera edad, los que no pertenecen a la familia, las de otras razas y etnias, los que no tienen nuestro nivel cultural, las pecadoras, los perdidos, las sin remedio, los locos, las indigentes, los alcohólicos y drogadictas, los enemigos, en síntesis, quienes pertenecen y quienes no.

Jesús, hijo de su tiempo, como nosotras y nosotros del nuestro, tenía prejuicios. El encuentro con la cananea lo muestra claramente. Jesús primero la ignora, y luego la desprecia, por ser una extranjera, no perteneciente a su pueblo ni a su religión, una pagana, idólatra. En el encuentro y diálogo con Jesús esta mujer experimenta la estrechez de Jesús, sus prejuicios, pero no los hace suyos. Más bien le dan la oportunidad de reconocerse tan hija de Dios como el prejuiciado Jesús. Al caer en la cuenta de los prejuicios de Jesús y no discriminarlo, ni excluirlo, experimenta que también ella pertenece, tanto como él. Y es que la condición para excluir es excluirse. Solo resistiendo la tentación de excluir a alguien por su diferencia, podemos sentir que pertenecemos plenamente.

Así, el Dios al que esta mujer cananea le dio la oportunidad a Jesús de convertirse, es un Dios que hace salir su sol sobre buenas y malos, y caer su lluvia sobre justos e injustas (Mt 5,45); es un Dios que ama a sus enemigos y ora por sus perseguidoras (Mt 5,44); es un Dios en el que también los muertos viven (Mc 12,27); es un Dios que no devuelve mal por mal (Mt 5,38-41); es un Dios que para asegurarse que todas pertenezcan perdona no siete, sino setenta veces siete (Mt 18,21-22); es un Dios que busca la oveja, la moneda, y el hijo perdidos (Lc 15,1,32); es un Dios que se sienta a la mesa con publicanos y pecadores (Mc 2,16); es un Dios que se deja tocar por prostitutas (Lc 7,36-50) y leprosos (Mc 1,40-45); es un Dios cuyo reino está presidido por los publicanos y las prostitutas (Mt 21,31); es un Dios que nace en un establo para que todos tengan acceso a él y que se deja recostar en un pesebre envuelto en pañales para que nadie le tenga miedo (Lc 2,6); es un Dios que se hace rodear de malas compañías para que nadie se sienta indigna de él (Lc 15,1); es un Dios que muere fuera de las murallas de la ciudad para que nadie quede excluido (Mc 15,22); es un Dios que muere como un maldito, para que nadie lo sea (Dt 21,23).

Agradecemos, pues, a esta mujer cananea que dándole a Jesús el lugar que él se negaba a darle a ella, le hace experimentar a ese Dios que alcanza para todas y todos, porque todas, todos y todo – lo pasado, lo presente y lo por venir – pertenecemos, tenemos nuestro lugar, como sus criaturas, como sus hijas e hijos entrañablemente amados, y, por tanto, hermanas y hermanos de todo lo creado.

sábado, 15 de agosto de 2020

2020.8.15 - Hoy estamos celebrando la fiesta de la Asunción de María.


Hoy estamos celebrando la fiesta de la Asunción de María. Nos unimos a nuestras hermanas y hermanos de Jocón que hoy celebran su fiesta patronal, la de María Virgen de los Ángeles.

La lectura del libro del Apocalipsis (Ap 11,19; 12,1-6.10) nos habla de una mujer encinta amenazada por un enorme dragón. La mujer da a luz a un hijo, el ungido. En la lectura de la primera carta a los Corintios (1Cor 15,20-27) Pablo afirma que en Jesús la muerte ha sido vencida. En el evangelio de Lucas (Lc 1,39-56) se nos narra la visita de María a Isabel y el cántico de gratitud entonado por María ante la bendición que recibe de Isabel.

La fiesta de la Asunción de María este año está marcada por la presencia del Covid19 en nuestras comunidades. ¿Qué nos dicen las lecturas y esta fiesta en la situación por la que estamos pasando?

Una primera asociación que podríamos estar tentadas y tentados de hacer sería relacionar al dragón del que nos habla la lectura del Apocalipsis con el virus del Covid19. Es verdad que el Covid19 puede causar la muerte y ha causado la muerte de muchas personas en el mundo entero y en Honduras. Con todo, el Covid19 tiene cura si se trata a tiempo y bien, como hemos experimentado muchas personas que hemos utilizado el tratamiento sugerido por la Dra. María Eugenia Barrientos facilitado por la Parroquia a base de antiinflamatorios y antigripales. En este sentido no pareciera que el Covid19 fuera un dragón exterminador. Hoy, a 156 días de haberse detectado el primer caso positivo de Covid19 en Honduras, pareciera que lo que más daño está haciendo no es propiamente el virus sino la manera de tratarlo. Y es que a pesar de las evidencias de que el tratamiento público básico no evita que las personas vulnerables al virus se compliquen, pareciera que no hay voluntad de reconocer este hecho y de corregirlo, contribuyendo así a la letalidad y contagiosidad del virus. Pero, es que también muchos de los funcionarios públicos encargados de hacerle frente al virus han aprovechado sus cargos para robar descarada e impunemente, dando muestras de una enorme negligencia que ha costado muchas vidas. Veamos algunos ejemplos: los hospitales móviles sobre valorados, que además no acaban de llegar ni de estar instalados; las 250,000 pruebas que se echaron a perder; la falta de reactivos para procesarlas; la falta de mantenimiento de las máquinas que las procesan; la compra de mascarillas sobrevaloradas a empresas vinculadas a funcionarios públicos; el desabastecimiento de los hospitales; la falta de salarios para pagar a personal sanitario en algunos hospitales; la contratación de deuda pública masiva cuyos fondos no aparecen y llevan a la gente a preguntar: “¿Dónde está el dinero?”. Además, los medios de comunicación social se han dedicado a sembrar miedo a diestra y siniestra aumentando la desconfianza social ya existente, aislándonos y distanciándonos unas de otros. Encerradas y encerrados en nuestras casas, aisladas y distanciados pareciera que lo único que logramos es hacernos más vulnerables, pero no solo al virus, sino, sobre todo, a los embates de muchos funcionarios públicos que han creado y siguen profundizando la crisis en la que nos encontramos.

Pablo nos recuerda que Jesús ha vencido a la muerte, no evitándola, sino atravesándola revelándonos que nada ni nadie nos pueden separar del amor de Dios revelado en Jesús, su ungido (Rm 8,38-39). Y haciendo esto, nos libera, si no de pasar por la muerte, sí del miedo a ella como dice tan bellamente la Carta a los Hebreos: “Jesús también experimentó esta misma condición y, al morir, le quitó su poder al que reinaba por medio de la muerte, es decir, al diablo. De este modo liberó a los hombres que, por miedo a la muerte, permanecían esclavos en todos los aspectos de su vida” (Hb 2,14-15).

El evangelio nos da la clave que hace posible vencer el miedo: la gratitud, el reconocimiento agradecido de tanto bien recibido por parte de Dios que a su vez nos permite sentir, experimentar su amor. Porque lo que nos va a permitir enfrentar el miedo no va a ser la temeridad machista, sino el amor entrañable, ese amor que brota como respuesta a otro amor.

Así, como María, tenemos muchas razones para dar gracias. Damos gracias porque el Dios que se nos revela en Jesús es un Dios que alcanza para todas y todos; porque es un Dios que no se olvida de los pobres, que busca lo perdido, que le tiende la mano al contagiado, que nos acompaña siempre, cuya gloria es que vivamos en plenitud y colmadas de felicidad, que hace salir su sol sobre buenas y malos y caer su lluvia sobre justos e injustas; porque es un Dios en cuyas manos de Padre siempre nos encontramos; porque es Emmanuel, Dios con nosotras y nosotros; porque nos regala su Espíritu, que nos libera del miedo y nos permite entregarnos libre y generosamente, y esto, como hijas e hijos suyos y hermanas y hermanos de los demás; porque es más terca su voluntad de darle un lugar a todas, a todos y a todo, que nuestra obstinación por condenar y excluir lo diverso; porque, como nos recuerda la fiesta que estamos celebrando hoy, nuestro destino, como el de María, no es la muerte, sino la vida – con cuerpo y alma en Dios – que atraviesa la muerte, y esto, en comunión con todas, todos, y todo.

viernes, 14 de agosto de 2020

2020.8.14 - Jesús trata la relación de pareja señalando el tipo de vínculo que la une, un vínculo que trasciende lo jurídico.

2020.8.14 - En la lectura del libro del profeta Ezequiel (Ez 16,1-15.60.63) que escuchamos se nos relata la historia de Israel como una historia de amor de pareja entre Dios e Israel en la que Dios permanece fiel en medio de la infidelidad de Israel.

En el Evangelio de Mateo (Mt 19,3-12) Jesús trata la relación de pareja señalando el tipo de vínculo que la une, un vínculo que trasciende lo jurídico. Ante esta afirmación los discípulos afirman que es mejor no casarse. Jesús termina hablando sobre la situación de los hombres frente al matrimonio.

En la actualidad en Honduras muchas niñas y niños están siendo criados solo por la mamá, por la abuela o abuelos, por una tía o tíos. Los varones muchas veces no solo no asumimos nuestra responsabilidad como pareja, sino que nos gloriamos de ello. Pareciera que la consigna fuera: “Mientras más irresponsable, más macho”.

En el evangelio Jesús nos recuerda que cuando una mujer y un varón tienen relaciones sexuales, no digamos, cuando nace una hija o un hijo fruto de esa relación, se establece un vínculo entre la pareja y que este vínculo va más allá de lo jurídico, y por tanto no puede ser disuelto jurídicamente. Así, cuando de una relación de pareja nace una hija o un hijo, por mucho que el vínculo pueda no ser reconocido o disuelto legalmente, el vínculo permanece, como lo muestra la existencia de la hija y/o del hijo. Para entendernos, por mucho que un juez ratifique un divorcio, ni la hija o el hijo desaparece, ni la madre ni el padre dejan de serlo. Más aún, aunque un vínculo entre una pareja no sea reconocido legalmente, no por eso deja de existir. Si no basta poner atención a muchas de nuestras canciones que tematizan estas relaciones fallidas y sus consecuencias.

Si el vínculo entre una pareja está más allá de lo jurídico, mal haríamos entendiendo las palabras de Jesús jurídicamente. A lo que Jesús invita en el evangelio es a reconocer y honrar el vínculo que se establece en una pareja. Y es que dicho reconocimiento y honra son las bases necesarias para poder establecer otro vínculo. En este sentido, una nueva pareja tiene que reconocer que viene después de la primera pareja y después de las y los hijos de ésta. Si esto no se da, el vínculo con la nueva pareja no va a ser sano y tanto la pareja como las y los hijos van a experimentar mucho dolor.

Es de esta fidelidad en medio de la infidelidad de la que nos habla Ezequiel. Así, utiliza la imagen de una pareja para expresar la relación que une a Dios con se pueblo: Dios se mantiene fiel también en medio de la infidelidad del pueblo. De igual manera, la fidelidad a cada pareja permanece siempre, también en medio de la infidelidad, y por eso es tan importante reconocerla y honrarla.

Junto a la relación de pareja Jesús reconoce la existencia de otro tipo de relación, una relación en la que se renuncia a la pareja. Ahora, mal haríamos en pensar que renunciando a la pareja se renuncia al amor. Si éste fuera el caso, la alternativa a la pareja no sería una alternativa saludable. Lo que Jesús señala pareciera ser más bien todo lo contrario. En el caso de que se renuncie a una pareja, esto nunca debe de ser por falta de amor ni por miedo a amar sino, como en el caso de la pareja, fruto de un amor que responde a otro


jueves, 13 de agosto de 2020

2020.8.13 - En el evangelio se nos recalca la importancia de saber perdonar, como un acto de amor y misericordia que responde a un amor mucho más profundo que brota del corazón mismo de Dios y es capaz de perdonarnos siempre porque nos ama con un amor eterno (Jr 31,3).

 

2020.8.13 - Cada una de nuestras acciones provoca una serie de situaciones favorables o adversas a nuestra conducta, con repercusiones que nos afectan y afectan nuestras relaciones cotidianas y nuestra vida en comunidad, pues como señala el evangelio, con la medida con que midas serás medido (Lc 6,36-38). Las lecturas que hemos escuchado hoy nos quieren iluminar en ese sentido.  

En la primera lectura se nos relata cómo la rebeldía del pueblo de Israel le llevó al exilio, una etapa difícil para ellos al ser despojados de todo, empezando por su libertad y su ideal de constituirse una nación poderosa. Como en toda la historia de salvación, Dios suscita en Ezequiel un mensaje de conversión y arrepentimiento para este pueblo, con la intención de evitar acciones que les lleve a ese difícil desenlace, pero la actitud hostil y evasiva ante la llamada a la conversión, provoca el destierro. 

Ezequiel se convierte para su pueblo en una señal, así nos lo dice: “Yo soy una señal para ustedes” (Ez 12,11), en este sentido  una señal incómoda porque denuncia el atropello y las malas conductas del pueblo, al punto que profetiza un final desalentador. Frente a este relato podríamos preguntarnos, si en la actual situación que estamos viviendo ¿somos una señal para la sociedad en la que vivimos? ¿Nuestra conducta y estilo de vida es motivo de inquietud para los demás, incomoda o alienta en medio de la crisis para buscar respuestas y caminos de liberación? O por el contrario, ¿vivimos tan sumergidos en la burbuja del miedo y de la protección que nos hemos desaparecido de la vida cotidiana de la comunidad, al punto que no somos capaces de sensibilizar nuestras conciencias ni la de los otros frente a la vida diaria? La curva de contagio cada día va en aumento, y la solución de mantenernos encerrados parece no ser la más viable, puesto que incluso la economía va abriéndose más cada día, buscando normalizar el caos producido por decisiones poco planificadas y por ende, sin buen resultado. Ante todo esto son importantes las decisiones y/o actitudes que podamos tomar frente a ello.

En el evangelio se nos recalca la importancia de saber perdonar, como un acto de amor y misericordia que responde a un amor mucho más profundo que brota del corazón mismo de Dios y es capaz de perdonarnos siempre porque nos ama con un amor eterno (Jr 31,3). Pero ante este amor cabe la posibilidad de cerrarse a él y no corresponder perdonando, como sucede en el relato evangélico. De esa forma, nosotros mismos buscamos nuestra propia paga, que por lo general nos lleva a la autodestrucción producto del odio o rencor que dejamos habitar en nosotros, o de actitudes egoístas y violentas como el personaje del evangelio. Pretendemos arreglar las cosas agrediendo a los demás y no somos capaces de buscar caminos de paz desde el diálogo y la cercanía con las demás personas. 

Frente a toda esta situación actual estamos llamados en primer lugar a abrir nuestros sentidos y descubrir qué nos dice el Señor en medio de todo. La contaminación ambiental que ha disminuido la calidad de vida en nuestro planeta y sigue amenazando nuestros bosques y demás especies so pretexto del enriquecimiento de unos pocos. La violencia que brota de personas necesitadas de un encuentro con ese amor que nos ama desde la eternidad y que nos invita al perdón y a la misericordia. La corrupción de los estamentos gubernamentales que despilfarra escandalosamente los recursos destinados a las mayorías pobres. El miedo que nos encierra en nuestras comodidades virtuales, alejándonos de la calidez humana. En todas estas situaciones estamos llamadas y llamados a ser señales capaces de sensibilizar las conciencias y crear nuevos procesos inclusivos desde la cercanía, el encuentro y el agradecimiento generoso con Aquél que nos ha amado primero y nos urge en amarnos unos a otras como él nos enseñó. De esta experiencia de amor ha de brotar la capacidad de saber perdonarnos como forma importante para reconstruir el tejido social. 

Que nuestras actitudes y acciones nos lleven a ser señales de conversión y cambio en medio de esta crisis, desde el encuentro cercano y generoso con quienes nos necesitan. Amén.