lunes, 24 de agosto de 2020

2020.8.24 - En el evangelio encontramos aquel pasaje en el cual Natanael o Bartolomé recibe de su hermano Felipe la noticia de que Jesús, el hijo de José, de Nazaret, un pueblo pequeño y olvidado, de la periferia judía, es el Mesías anunciado por Moisés y los profetas.


2020.8.24 - Las lecturas de hoy quieren revelarnos cómo Dios realiza su obra de salvación en un contexto totalmente humano y solo necesariamente desde nuestra humanidad.

En el evangelio encontramos aquel pasaje en el cual Natanael o Bartolomé recibe de su hermano Felipe la noticia de que Jesús, el hijo de José, de Nazaret, un pueblo pequeño y olvidado, de la periferia judía, es el Mesías anunciado por Moisés y los profetas. Como es sabido, la respuesta de Natanael es provocativa: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?”. Porque la promesa del Mesías pretendía alguien poderoso, capaz de liberar a su pueblo del dominio extranjero, cosa difícil de creer de alguien que proceda de un pueblo pequeño e insignificante. Así como también las cosas extraordinarias las esperamos siempre de personas “extraordinarias”, pero no de las periferias, de las márgenes de la exclusión social. 

Jesús se coloca frente a Natanael para confrontarlo. Le habla en los términos que él espera de un Mesías, alguien capaz de conocerle profundamente, y por eso Jesús le conoce desde el inicio de su interrogante en el contexto en el cual se mueve Natanael. Cuando Dios quiere hablarnos lo hace desde nuestras realidades, es ahí desde donde nos confronta. Estar abiertos a esas situaciones es la tarea más acuciante que debemos tener presente en nuestra vida cristiana, porque solo desde nuestra humanidad es que somos capaces de encontrarnos con Dios. Quien pretenda buscarlos mediante apariciones o visiones gloriosas y alejadas de nuestra realidad permanecerá alienado en su búsqueda. 

La visión de Juan en el Apocalipsis quiere expresarnos eso mismo. El lenguaje apocalíptico de la época puede confundirnos y pretender una imagen de esa ciudad de Jerusalén, desde realidades divinas, alejadas totalmente de nuestra realidad humana. Eso sería una interpretación equivocada y sesgada de esa visión. La visión de Jerusalén como una ciudad nueva, resplandeciente de la gloria de Dios, que desciende de los cielos, representa una realidad nueva, construida por nosotras y nosotros, desde nuestra humanidad, en armonía total con el plan de salvación de Dios, con su justicia, que busca que todos los hombres y mujeres se salven. Una ciudad donde se comparta desde la solidaridad y la generosidad de una experiencia de amor primero en Dios. Donde todas y todos los pueblos y naciones están llamados e incluidos en este proyecto de amor y liberación. 

Frente a esta visión existe la tentación de quedarnos esperando que todo nos caiga de arriba, del cielo; que la nueva vida en sociedad que esperamos sea como aquella ciudad venida del cielo. Quienes así piensen y actúen pretenderán quedarse cruzados de brazos, para que Dios haga todo lo que tiene que hacer, mientras nosotros y nosotras seremos entes pasivos en esa historia. Pero la historia de salvación de Dios desde el Génesis, pasando por los profetas y llegando hasta el Jesús que confronta a Natanael en el evangelio de hoy. Nos revela una realidad donde Dios es Dios, todopoderoso, capaz de crearlo todo y poder así realizar la salvación sin nuestra ayuda. Pero por encima de su poder y su gracia decide mostrarnos su salvación de la forma más humana posible, mediante su Hijo hecho totalmente humano, hecho uno de la periferia, “el hijo de José, de Nazaret”, uno de tantos, enseñándonos que no hay otro camino hacia Dios que el del amor generoso, agradecido y compartido desde nuestra humanidad. Por ello, frente a la Palabra de hoy hemos de preguntarnos, cómo tratamos a los demás, a aquellos que son los excluidos, los marginados, los discriminados por estar enfermos de covid-19; son ellos y ellas tan discriminados y marginados como lo fue Jesús por Natanael. 

La visión de Juan debe llevarnos a repensar nuestra humanidad y nuestra vida en sociedad, nuestra ciudad. ¿Queremos que sea nueva, llena de la gloria de Dios? Entonces debemos empezar a humanizar nuestras relaciones cotidianas ante todo, a procurar por los demás, especialmente por los que sufren. No esperemos que del cielo nos venga una aparición rodeada de ángeles. Jesús desde su humanidad nos muestra como único camino para llegar a Dios nuestra humanidad. De ahí que debemos seguir su ejemplo, sobre todo ante esta crisis que exige de cada uno el aporte de sus talentos, capacidades y recursos. De lo contrario, nos quedaremos de brazos cruzados esperando que nos venga del cielo lo que nosotras y nosotros podemos construir aquí en la tierra con las capacidades que Dios nos ha dado y con la gracia de nos viene de Él.

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