En el evangelio de Mateo (Mt 22,1-14) aparece Jesús diciendo que el reino de Dios se parece a un rey que celebra la boda de su hijo. Los convidados no hacen caso de los mensajeros, los maltratan y los matan. El rey encolerizado manda tropas para acabar con los asesinos y prenderle fuego a la ciudad. Luego los mensajeros salen a los caminos e invitan a todos, malos y buenos a la boda. Uno que no llevaba traje de boda es amarrado y echado fuera, al lugar de llanto y la desesperación.
Esta parábola sobre el reinado de Dios deja algunos aspectos claros. Se trata de una invitación, que puede ser rechazada o aceptada. La invitación es gratuita, no se necesitan méritos para entrar, por eso participan malos y buenos. Por ser gratuita se trata de una invitación incluyente, todas y todos están invitados. Ahora bien, no todas ni todos aceptan la invitación. A quienes buscan privilegios tal vez no les gustará, porque está abierta a Raimundo y todo el mundo. Implica una participación activa de las y los invitados: disfrutar del banquete. Que Dios acabe con los invitados asesinos y mande quemar su ciudad es poco probable, ya que el Dios de Jesús es un Dios que perdona 70 veces 7 (Mt 18,22). Que Dios ate de pies y manos al que no llevaba vestido de bodas y lo arroje afuera donde hay llanto y desesperación, también es poco probable. El Dios de Jesús es un Dios que vino para que tengamos vida, y vida en abundancia (Jn 10,10).
Las reflexiones de Ezequiel que escuchamos reflejan la experiencia de la dificultad para que los seres humanos cambiemos. Se dice que tenemos un corazón de piedra. De ahí la promesa de darnos un corazón de carne y su espíritu.
De Jesús creemos las cristianas y cristianos que nos ha dado el Espíritu, esto es, un amor que responde al suyo transformando desde dentro nuestros corazones. Pero esto no a la fuerza, no por miedo, no por interés, sino por amor y solo amor.
En un mundo como el nuestro lleno de tanto dolor nos preguntamos como Juan si Jesús es el que había de venir o si debemos de esperar a otro (Mt 11,3). Jesús responde a los enviados de Juan que le cuenten lo que están viendo y oyendo: “Ciegos ven y cojos andan, leprosos quedan limpios y sordos oyen, muertos resucitan y pobres reciben la buena noticia” (Mt 11,5). Si le preguntaran hoy a Jesús, ¿qué diría?, ¿cómo respondería? Porque nosotras y nosotros, las cristianas y cristianos somos la obra del mesías. ¿Qué descubre la gente en nosotras y nosotros cuando nos ve?
La invitación es a vivir la vida como un banquete, compartiendo lo que tenemos y lo que somos, llenas y llenos de alegría, sirviéndonos en nuestras necesidades, entregándonos libre y generosamente, y todo esto por pura gratitud, porque hemos experimentado y reconocido tanto bien recibido de Dios, porque reconocemos y experimentamos lo generoso que Dios ha sido con nosotras y nosotros, porque el corazón se nos dilata de gratitud, y entonces no podemos sino ir y hacer lo mismo que Dios ha hecho con nosotras y nosotros.
En estos días están madurando los elotes. En este tiempo se hacen tamalitos, fritas, montucas, atol. Pero además se comparten con los vecinos y familiares como una muestra de la alegría y gratitud que sentimos por la cosecha. ¿Será que así es el banquete del reinado de Dios?

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