2020.8.02 - En la primera lectura, Isaías (Is 55,1-3) nos invita a saciar nuestra sed y nuestra hambre de manera gratuita. La antífona del salmo nos recuerda cómo Dios extiende su mano saciándonos de favores. En la segunda lectura (Rom 8,35.37-39) Pablo afirma que nada ni nadie nos pueden separar del amor de Dios revelado en Jesús, porque éste es gratuito. En el evangelio (Mt 14,13-21) se nos relata una comida compartida y abundante fruto de la gratitud.
Hoy estamos celebrando también el inicio del mes de la familia. Y todo esto, en el contexto de la crisis sanitaria, económica y social que estamos atravesando. ¿Qué buena noticia tienen para las familias las lecturas del hoy?
Una de las posibilidades que nos ha dado la cuarentena obligándonos a pasar más tiempo en casa ha sido la de poder compartir más con nuestras familias. Como con cualquier oportunidad, algunas personas la han aprovechado más, otras menos. Esta oportunidad que a primera vista parece maravillosa no siempre ha sido experimentada así, sobre todo, cuando la vida familiar está marcada por resentimientos, rencores, reclamos por expectativas no cumplidas.
En el objetivo general de la Parroquia vinculamos desde un principio la formación de una comunidad de comunidades con la familia al expresar que queremos que aquéllas surjan de ésta. La cuarentena también nos ha impedido celebrar las eucaristías como veníamos haciéndolo. Esto ha realzado todavía más la importancia de la familia como iglesia doméstica cuyos ministros son normalmente papá y mamá.
En nuestras familias se realiza todos los días el milagro de la comida compartida y abundante porque las madres tienen el don de hacer que la comida siempre alcance para todas y todos. Sin embargo, este milagro cotidiano no siempre es reconocido, mucho menos agradecido. Y es que muchas veces el alimento provisto y compartido por papá y/o mamá es consumido de forma aislada por los distintos miembros de la familia. Así, es frecuente que cada quien agarre su plato y se lo coma sola, solo, sin departir con los otros miembros de la familia. Una comida tomada así, satisfaciendo la necesidad básica de la ingesta de alimentos, deja otras muchas necesidades insatisfechas, como las de cercanía, comunicación y agradecimiento, por ejemplo. Y es que una comida que adolece de estos elementos, es una pobre comida, por muy abundante en viandas que sea.
Así, una de las grandes oportunidades que nos está dando esta crisis sanitaria, económica y social que estamos atravesando es la de comer en familia al estilo de Jesús. Para esto lo primero que hay que hacer es sentarse, y esto juntas y juntos, no cada quien por su lado. Si se tiene una mesa, alrededor de la mesa, si no alrededor de un espacio común para que todas y todos puedan verse a los ojos. Otro elemento fundamental de las comidas al estilo de Jesús es jamás comenzar a comer sin antes haber agradecido. Y es que este pequeño detalle es el que permite que cada comida sea experimentada como lo que realmente es, un milagro, un regalo, un don. Un milagro, un regalo, un don frutos del esfuerzo de papá y/o mamá, pero también de la tierra, de los cultivos, de los animales, en una palabra, de la creación cuidada y cultivada. Así, presididos por papá y/o mamá cada comida es una bella oportunidad para agradecer por la comida misma, pero también por la vida de cada día transformándola también a ella entonces en milagro, regalo, don maravilloso. Luego, se comparten la comida y la vida en un diálogo en el que aprendemos a escuchar, a hablar, a entregarnos. La comida sazonada con la vida compartida tiene otro sabor y sacia muchas necesidades aparte de la meramente alimentaria. Ahora, para que esto se pueda dar es necesario evitar los distractores del mundo actual: la radio, la televisión, el celular. Como con todo en la vida, tenemos que educarnos en el uso de las tecnologías, y acostumbrarnos a apagarlas o tenerlas guardadas durante las comidas es una buena manera de hacerlo.
Comer en familia al estilo de Jesús es fundamental para poder atravesar esta crisis en la que estamos inmersos. Además de consolidar y fortalecer nuestras familias de una manera sencilla, accesible y eficaz, la gratitud vivida en nuestras comidas va a dilatar nuestros corazones haciendo posible que podamos compartir con otras y con otros fuera de nuestras familias – sean éstos contagiados, necesitados o extraños – los bienes recibidos en un compartir agradecido que no deja a nadie por fuera, porque experimentándonos como hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, nos sentimos invitados a participar de la eucaristía de Su creación.

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