Recordemos el contexto de este texto. Jesús acaba de anunciar su pasión y muerte, es incomprendido por Pedro, y Jesús declara que la vida que él propone es la que se entrega libre y generosamente. Los discípulos se habrán llenado de mucho miedo, porque no era eso lo que ellos esperaban, sino una victoria aplastante sobre todos sus enemigos. Es entonces que Mateo presenta a Jesús transfigurándose en su presencia.
Nos encontramos reabriendo la economía con los contagios de Covid19 siendo cada vez más, y más cercanos. Alguna gente conocida y querida ha muerto. Del Estado no hemos recibido lo que nos había prometido y esperábamos de él. Encerradas en nuestras casas y distanciados de las personas nos sentimos aisladas y solos. Tenemos miedo de las personas contagiadas, de contagiarnos y de morir.
Dejemos ahora que la luz de la Transfiguración ilumine nuestras vidas y la situación que estamos viviendo. Es verdad que el Covid19 es contagioso y puede matar si se trata mal y a destiempo. Pero también es verdad que tratadas bien y a tiempo las “gripes” no se complican, como lo hemos experimentado muchas personas que hemos utilizado el tratamiento de la Dra. María Eugenia Barrientos a base de antiinflamatorios y antigripales.
Es verdad que debemos tomar medidas para evitar que las personas contagiadas nos contagien, o si somos nosotras las contagiadas, para evitar contagiar a otras. Pero también es verdad, que podemos y debemos tenderles la mano a las personas contagiadas porque es en su contagio que necesitan nuestra ayuda, y esto no por miedo a un castigo ni por interés de un premio, sino porque se nos mueven las entrañas de misericordia.
Es verdad que debemos practicar algunas medidas básicas de higiene para cuidarnos y cuidar a las demás personas. Pero también es verdad que difícilmente vamos a poder cuidarnos y cuidar a las demás personas si estamos aisladas, y solos. Así las medidas higiénicas deben de estar al servicio del cuidado mutuo, y no el cuidado mutuo al servicio de las medidas higiénicas. Dicho de otra forma, es importante prevenir contagios, pero más importante todavía es tratarnos como hermanas y hermanos.
Es verdad que debemos de cuidar nuestras vidas. Pero también es verdad que una vida que vale la pena vivir, una vida vivida al estilo de vida de Jesús, es una vida que se entrega, como la suya, libre y generosamente. Porque, ¿de qué le sirve al hombre evitar contagiarse al precio de su vida? ¿Qué podrá dar para recobrarla? (ver Mt 16,26). Y es que si tenemos una certeza en esta vida es que vamos a morir. Por eso la pregunta que nos plantea la muerte no es si queremos o no morir, sino cómo queremos vivir, para qué queremos vivir, y por qué queremos morir, confiando, eso sí, que nada ni nadie nos pueden separar del amor de Dios revelado en Jesús, confiando en que nada ni nadie nos pueden quitar la vida que entregamos libre y generosamente.
Habiéndonos dejado iluminar por la luz de la Transfiguración de Jesús y confiando en que es a él a quien debemos de escuchar, levantémonos luego de habernos dejado tocar por él, libres ya de miedo y hagamos aquello a lo que nos invita en ese dialogo precioso que tiene con un maestro de la ley cuando después de haberle contado el sentido de su propia vida con la ayuda de la parábola del buen samaritano, Jesús le pregunta: “‘¿Qué te parece? ¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos [hoy diríamos: ‘del que se contagió’]?’. El maestro de la ley contestó: ‘El que tuvo compasión del él’. Y Jesús le dijo: ‘Vete y haz tú lo mismo’” (Lc 10,36-37).
Así, escuchando a Jesús y haciendo esto vamos a poder retornar a la normalidad y vivirla como nueva, como transfigurada, porque la vamos a vivir con menos miedo, y movidas y movidos por un amor que, respondiendo a otro amor, nos va llevar a hacernos más cercanas, más prójimos, más hermanas.
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