miércoles, 5 de agosto de 2020

2020.8.05 reflexión de las lecturas.



2020.8.05 - La primera lectura de hoy nos descubre el proyecto de amor de Dios para con la humanidad: hacer que seamos su pueblo y que Él sea nuestro Dios. Parece algo sencillo y que quizás hemos escuchado con frecuencia e insistencia. También así fue para el pueblo de Israel, ellos pasaron un largo proceso con el deseo de conformarse en el pueblo de Dios, al punto que pretendieron a Dios como suyo y de nadie más. Eso lo podemos constatar en el evangelio de hoy, donde Jesús mismo, movido por esa mentalidad, desprecia a la mujer pagana, tratándole como una perrita. No obstante, la fe tan sencilla y humilde de ella toca lo más profundo del corazón de Jesús y le hace descubrir que el amor y la misericordia de Dios no tienen límite.  
Como dice Dios por el profeta Jeremías: “Yo te amo con amor eterno, por eso siempre me apiado de ti”, y a partir de ese amor tan cercano y tan humano de Dios, nos invita a corresponderlo amándonos los unos a los otros como Jesús nos amó. Por eso, el profeta nos invita a la alegría, a un tiempo nuevo caracterizado por la abundancia en las cosechas para todos sin distinción, pues ese tiempo es marcado por la generosidad de quienes sabiendo recibir todo de Dios lo comparten con quienes están necesitados, de forma que nadie pase hambre. 
En medio de la crisis sanitaria, económica y social que vivimos, el profeta nos hace un fuerte llamado a ser constructores de un tiempo nuevo, pero verdadero, donde todas y todos sean incluidos en el desarrollo y donde seamos capaces de cambiar nuestras actitudes y nuestros estilos de vida por otra forma de proceder más saludable y también más cercana a la humanidad, es decir, a los que están sufriendo la enfermedad y con ello la discriminación y la violencia social. 
El relato evangélico nos pone de cara a la discriminación que se vive actualmente. Pensamos que por no estar contagiados podemos despreciar a quienes se han visto afectados hasta ahora, como si estuviéramos totalmente ajenos a esa posibilidad. Además, nos creemos con la autoridad para enjuiciar a quienes movidos por las necesidades materiales, alimentarias, tienen que andar en las calles buscando su sustento diario. Ciertamente debemos ser capaces de asumir los cuidados necesarios para no contagiarnos, pero la realidad apremiante y dura que el mal manejo de esta crisis ha provocado, llevan a muchas hermanas y hermanos a salir en búsqueda de su trabajo diario. Algo así parecido como la cananea que se acerca a Jesús por la necesidad que tiene de salud de su hija; a ella no le interesan las barreras sociales y de raza, lo importante para ella era la vida de su hija enferma. 
Por ello, lo importante aquí es saber que tenemos al alcance un tratamiento sencillo y efectivo para tratar la gripe, como lo es el propuesto por la Dra. Barrientos, a base de antiinflamatorios y antigripal; eso debe llevarnos a que seamos capaces de vencer el miedo que se nos ha vendido en estos cuatro meses y medio de crisis y asumir la vida que se nos pretende arrebatar, so pretexto de una vacuna inalcanzable para los pobres. 
La fe de esta mujer cananea lleva a Jesús a dar un vuelco en sus concepciones cerradas de la salvación que viene de Dios y le permite darse cuenta de que todas y todos están invitados a formar parte de ese pueblo de Dios, si asumimos el compromiso que conlleva que el Señor sea nuestro Dios, compartiendo desde la gratitud generosa lo que hemos recibido de Dios, siendo justos en medio de esta crisis y no queriendo aprovecharnos de la situación para sacar provecho en las ventas y en las compras; siendo respetuosos de los demás y saber acompañarles en su enfermedad. Hacernos prójimo de quien nos necesita y permitir así que esa misericordia y amor de Dios se muestre con todas y todos, sin distinción. Así seremos su pueblo, y el Señor será nuestro Dios.

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