2020.8.13 - Cada una de nuestras acciones provoca una serie de situaciones favorables o adversas a nuestra conducta, con repercusiones que nos afectan y afectan nuestras relaciones cotidianas y nuestra vida en comunidad, pues como señala el evangelio, con la medida con que midas serás medido (Lc 6,36-38). Las lecturas que hemos escuchado hoy nos quieren iluminar en ese sentido.
En la primera lectura se nos relata cómo la rebeldía del pueblo de Israel le llevó al exilio, una etapa difícil para ellos al ser despojados de todo, empezando por su libertad y su ideal de constituirse una nación poderosa. Como en toda la historia de salvación, Dios suscita en Ezequiel un mensaje de conversión y arrepentimiento para este pueblo, con la intención de evitar acciones que les lleve a ese difícil desenlace, pero la actitud hostil y evasiva ante la llamada a la conversión, provoca el destierro.
Ezequiel se convierte para su pueblo en una señal, así nos lo dice: “Yo soy una señal para ustedes” (Ez 12,11), en este sentido una señal incómoda porque denuncia el atropello y las malas conductas del pueblo, al punto que profetiza un final desalentador. Frente a este relato podríamos preguntarnos, si en la actual situación que estamos viviendo ¿somos una señal para la sociedad en la que vivimos? ¿Nuestra conducta y estilo de vida es motivo de inquietud para los demás, incomoda o alienta en medio de la crisis para buscar respuestas y caminos de liberación? O por el contrario, ¿vivimos tan sumergidos en la burbuja del miedo y de la protección que nos hemos desaparecido de la vida cotidiana de la comunidad, al punto que no somos capaces de sensibilizar nuestras conciencias ni la de los otros frente a la vida diaria? La curva de contagio cada día va en aumento, y la solución de mantenernos encerrados parece no ser la más viable, puesto que incluso la economía va abriéndose más cada día, buscando normalizar el caos producido por decisiones poco planificadas y por ende, sin buen resultado. Ante todo esto son importantes las decisiones y/o actitudes que podamos tomar frente a ello.
En el evangelio se nos recalca la importancia de saber perdonar, como un acto de amor y misericordia que responde a un amor mucho más profundo que brota del corazón mismo de Dios y es capaz de perdonarnos siempre porque nos ama con un amor eterno (Jr 31,3). Pero ante este amor cabe la posibilidad de cerrarse a él y no corresponder perdonando, como sucede en el relato evangélico. De esa forma, nosotros mismos buscamos nuestra propia paga, que por lo general nos lleva a la autodestrucción producto del odio o rencor que dejamos habitar en nosotros, o de actitudes egoístas y violentas como el personaje del evangelio. Pretendemos arreglar las cosas agrediendo a los demás y no somos capaces de buscar caminos de paz desde el diálogo y la cercanía con las demás personas.
Frente a toda esta situación actual estamos llamados en primer lugar a abrir nuestros sentidos y descubrir qué nos dice el Señor en medio de todo. La contaminación ambiental que ha disminuido la calidad de vida en nuestro planeta y sigue amenazando nuestros bosques y demás especies so pretexto del enriquecimiento de unos pocos. La violencia que brota de personas necesitadas de un encuentro con ese amor que nos ama desde la eternidad y que nos invita al perdón y a la misericordia. La corrupción de los estamentos gubernamentales que despilfarra escandalosamente los recursos destinados a las mayorías pobres. El miedo que nos encierra en nuestras comodidades virtuales, alejándonos de la calidez humana. En todas estas situaciones estamos llamadas y llamados a ser señales capaces de sensibilizar las conciencias y crear nuevos procesos inclusivos desde la cercanía, el encuentro y el agradecimiento generoso con Aquél que nos ha amado primero y nos urge en amarnos unos a otras como él nos enseñó. De esta experiencia de amor ha de brotar la capacidad de saber perdonarnos como forma importante para reconstruir el tejido social.
Que nuestras actitudes y acciones nos lleven a ser señales de conversión y cambio en medio de esta crisis, desde el encuentro cercano y generoso con quienes nos necesitan. Amén.

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