Este joven está preocupado por la vida eterna, por la vida plena, por la vida que vale la pena vivir. Llama la atención de la respuesta de Jesús, que lo que Jesús le señala no hace referencia a la relación con Dios – los primeros tres mandamientos –, sino a la relación con el prójimo. Dicho de otra manera, es en la relación con el prójimo que se juega la relación con Dios. Y otra cosa que llama la atención es que invierte el orden de los mandamientos, dejando el sustento de los padres al final, como queriendo decir que el cuidado de la familia no exime del cuidado para con la humanidad. La pregunta de este joven recuerda la del maestro de la ley que también le pregunta por lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna (Lc 10,25). Ahí nuevamente Jesús señala la relación con el prójimo, esta vez necesitado, con la parábola del buen samaritano (Lc 10,30-37).
El texto paralelo de Marcos añade un detalle interesante. Nos dice que Jesús ve al joven, le muestra su amor y lo llama (Mc 10,21). Aquí aparece claramente que la vida plena más que estar en relación con el cumplimiento de un precepto, está en función de una relación de amor, en donde el propio amor nunca es el primero, sino siempre y solo respuesta a otro amor. La vida plena es una vida en la que hay amor, un amor que responde a otro amor. Dicho de otra manera, la vida plena es una vida agradecida, una vida que ha sentido el amor, que lo ha reconocido y que ha sabido agradecerlo. La vida plena es una vida de entrega libre y generosa, fruto de la gratitud. La vida plena es una entrega agradecida.
Jesús invita al joven a vender lo que tiene, dárselo a los pobres y a acompañarlo. La invitación a venderlo todo puede parecer muy dura. Y en efecto lo es si no se le ubica en el contexto correcto. Ya Jesús había hablado en unas parábolas de un hombre que encuentra un tesoro escondido y de otro comerciante de perlas finas (Mt 13,44-46). Ambos venden todo lo que tienen con alegría para comprar la tierra donde está el tesoro y la perla fina. Lo que hace posible, pues, la renuncia a la riqueza es un bien mayor, el de vivir en compañía de Jesús. Ahora, vivir en la compañía de Jesús vale la pena solo si se ha experimentado su amor y ese amor ha despertado el nuestro. De lo contrario, la invitación de Jesús no pasaría de ser una pesada carga más, como las que Jesús señala que preparan los maestros de la ley y los fariseos (Mt 23,1-4).
El joven rico no acepta la invitación de Jesús, probablemente no acaba de confiar en el amor de Jesús, y por eso no se despierta en él ningún amor. El joven rico se va prácticamente como vino. Había llegado entusiasmado, buscando el camino de la vida eterna, se va triste reconociendo que la vida por la que ha optado no vale la pena, y es que no lo colma, no lo llena de alegría.
La situación que estamos viviendo actualmente marcada por tanta necesidad y por tanta oportunidad de tender la mano, nos muestra lo actual de este llamado de Jesús. Muchos han utilizado esta situación para lucrar con ganancias exorbitantes. Por poner el ejemplo de los hospitales móviles, se pagó U$7.4 millones por unos hospitales cuyo costo es de U$2.5 millones. Estos jóvenes o viejos ricos, o pobres que se enriquecen de un día para otro, se hacen ricos a costa de la vida de personas necesitadas. ¿Cuánta felicidad pueden encontrar en un dinero así? Por eso, tal vez también ahora, si oyeran la invitación de Jesús se alejarían tristes de él.
Y es que lo que llena el corazón, la vida que vale la pena vivir, es aquella que ayer como hoy, sabe hacerse prójima, sabe tender la mano a la persona necesitada y dejársela estrechar por ella, experimentando en todo esto una enorme alegría. Y esto porque es fruto de la gratitud, de un amor que responde a otro.

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