2020.8.18 - Las lecturas que hoy escuchamos nos advierten frente a dos vicios que nos separan de Dios y de su proyecto de salvación y amor para la humanidad: la soberbia y la avaricia. Los soberbios de corazón se alejan de Dios porque se colocan ellos en el lugar que solo corresponde a Dios y a partir de allí todo lo miden y lo pretenden desde sus juicios, pasando por encima de la dignidad del ser humano, de las leyes y normas de convivencia y de la justicia que debe primar en medio de las relaciones interpersonales. Se escudan detrás de la violencia, el miedo y la mentira e irrespetan los derechos de los demás. Su actitud desencadena el sufrimiento de las mayorías a costa de mantener sus privilegios, los cuales no son negociables y viven así al margen de las necesidades de los demás. Para ellos lo único importante son sus tesoros amontonados a partir del fraude y la explotación de los demás; pagando salarios de miseria mientras acumulan o derrochan sin medida. Son un escándalo a los ojos de Dios.
El avaro vive angustiado solo en mantener sus riquezas y en acumular más. Deja pasar la vida por pretender acumular sin medida y al final, como señala Jesús en el evangelio, muere sin poder disfrutar de sus bienes (Cfr. Lc 12,20). Su corazón está apegado a las riquezas pasajeras de este mundo y se pierde de la posibilidad de disfrutar del tesoro de saber compartir y compartirse con generosidad con quienes le rodean, incluso con su propia familia. Viven en edificios blindados, por miedo a perder lo que han obtenido y porque no son capaces de compartirlo.
Ante la realidad que vivimos hoy en día podemos encontrar como promotores de esta crisis, aquellos que escudados en su soberbia y su avaricia, lo único que han pretendido es tomar el lugar de Dios, jugando con la vida de millones de personas, buscando aprovecharse de esta situación para enriquecerse más y más a costa de las grandes mayorías pobres. Son quienes siguen manipulando los recursos, la economía y las medidas restrictivas para beneficio de sus intereses egoístas.
Pero también encontramos entre los soberbios y avaros a quienes, asegurados en su razón se creen en la potestad de discriminar y excluir a los enfermos, a los más pobres, a quienes en esta crisis se han visto más afectados por su condición vulnerable. Esos también, solo piensan en acumular salud y protegerse ellos, asegurados tras las paredes de sus casas, dejando pasar la vida y la posibilidad de compartirla con generosidad.
Frente a todo esto, Jesús invita a compartir la vida con generosidad y de esa manera lograr enriquecerla desde el encuentro cercano con los otros. Esa experiencia solo es posible desde el amor que responde a un amor primero, porque se siente amada-amado y se embarca en la aventura de amar. Un amor que se hace eterno nos dice Jesús, solo en la medida en que desde esta tierra y desde nuestra humanidad lo empezamos a vivir en la cotidianidad y pequeñez de las cosas sencillas de la vida. Quienes así son capaces de amar es porque han conocido al Dios de Jesús que ama a los sencillos y no discrimina en el amor, y para quien la medida del amor es el amor sin medida. Es un amor que se concreta frente a la necesidad de la otra persona, haciéndome prójimo de ella, curando las heridas de la exclusión y la discriminación social y, desde los cuidados necesarios, sabiéndole hacer sentir humano y hermano. Esa es la experiencia de los seguidores y seguidoras de Jesucristo y que se hacen llamar cristianos y cristianas. De esa manera realmente asumiremos en nuestra vida la construcción aquí y ahora del Reino.

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