2020.8.11 - Santa Clara de Asís
El evangelio de hoy nos relata una hermosa parábola, conocida como una de las perlas del Evangelio, la parábola de “la oveja perdida”, y mediante ella nos quiere mostrar el gran amor con que Dios quiere que todas y todos nos salvemos, los pequeños y los descarriados.
Es difícil imaginarse a un pastor o un ganadero que deja su ganado en los montes para ir tras la oveja que se le ha perdido. Probablemente, en buen oficio, asegurará al resto del rebaño para luego ir a buscar la extraviada. Pero el pastor del evangelio es el Buen Pastor, que es capaz de arriesgarlo todo con tal de lograr la salvación y la vida de cada persona.
Jesús inicia respondiendo a la pregunta de los discípulos: “¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?”. Y ante esta pregunta podríamos interrogarnos en estos momentos de crisis sobre quién es el más acertado, el más sabio, el más cristiano en estos momentos. La opinión popular y la respuesta corriente de los medios de comunicación es que el más acertado es quien se guarda, se encierra y no sale a la exposición que representan los demás. Es quien sabe mantenerse al margen de la epidemia, encerrado en el miedo, desde la comodidad del espacio cibernético. Algo totalmente desencarnado y en total oposición con el misterio de la Encarnación de Dios que asume todo el riesgo de la vida humana hasta el límite de entregar la vida por amor.
Para los discípulos, la respuesta de Jesús, como en otros momentos, ha de haber causado confusión, porque él coloca a los niños y niñas como guías certeros hacia el Reino de Dios. Quien no se hace como un niño no puede entrar en el Reino. Hacerse como un niño, con su inocencia, su fragilidad, su alegría y su transparencia frente a los demás, pero también con su total disposición de aprendizaje, de descubrir la vida cotidiana, de interrogarse ante todo y saber quedarse con lo mejor, cualidades estas importantes para hacer presente el reinado de Dios entre nosotros, y ante lo cual debemos interrogarnos, cómo estamos nosotros y nosotras frente a esas actitudes, y por ello de cara a la presencia del reinado de Dios en nuestras vidas.
La Palabra de Dios nos hace una constante invitación a asumir en nuestras vidas el reto de hacer presente a Dios entre nosotros, una tarea que involucra hacer vida en nosotros esa invitación que nos viene de Dios y la cual puede llevarnos a una vida más inclusiva, respetuosa, solidaria y fraterna; si somos capaces de cambiar nuestras formas de proceder por aquellas propias de Jesús que incluye y levanta al débil y frágil, y sale en busca de aquel que se ha perdido, que está necesitado en el camino. De seguro esas y esos hermanos son hoy en día los enfermos, discriminados y golpeados por nuestras actitudes frente a ellos. Pero también muchos hermanos y hermanas olvidados en la soledad de su encierro, esperando por nuestra compañía y nuestra ayuda. Jesús nos invita a no despreciar a ninguno de esas y esos hermanos más pequeños.
El Papa Francisco ya nos alertaba sobre las consecuencias de esta sociedad postmoderna que busca mantenernos encerrados y adormecidos en medio de las circunstancias actuales y que promueve la exclusión de forma agresiva. Así en la exhortación “La alegría del evangelio”, en su número 88 nos dice:
“El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual. Muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura.”
Ese reto nos interpela hoy en día y nos urge en salir de nuestro encierro para saber encontrarnos, desde el encuentro cercano y tierno, con la oveja perdida, que podemos ser nosotras y nosotros mismos.

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