lunes, 31 de agosto de 2020

2020.8.29 - Escucha y meditación de la Palabra purifica nuestro corazón de todo mal espíritu de codicia, resentimientos, envidia, odios, venganzas, violencias, etc.

2020. 8. 29 - Homil. Mc.6,20 El Martirio de Juan un hombre recto y santo.


Recordamos hoy el martirio de Juan el Bautista. Hemos escuchado como Juan preparaba la acogida a la predicación de Jesús invitando al arrepentimiento y al cambio de vida, a la purificación sincera de corazón para así estar dispuestos a recibir al Mesías y su mensaje en cuanto llegara. Juan, en su sinceridad, decía bien claro que él no era el Mesías, sino que solamente había sido enviado a preparar sus caminos. Juan había llevado toda una vida de pobreza y de retiro en el desierto, experimentando que lo fundamental en la vida es dejarse guiar por el espíritu del Señor y que para ello la pobreza de bienes materiales es un ambiente apropiado para experimentar que “no sólo de pan vive el hombre”, sino que lo esencial es el dejarse guiar por la Palabra de Dios. Juan lo experimentó durante toda su vida; Jesús lo experimentó especialmente también durante su retiro de 40 días en el desierto.

    escucha y meditación de la Palabra purifica nuestro corazón de todo mal espíritu de codicia, resentimientos, envidia, odios, venganzas, violencias, etc. Y nos dispone para hacernos sensibles al amor, la ternura y la misericordia de Dios y sus invitaciones. E ir descubriendo cómo Dios todo lo dispone para el bien de cada uno de nosotros y continuamente nos está invitando a vivir esa vida nueva como auténticos hijos de Dios y hermanos unos de otros. Y cuando tenemos un corazón purificado y sensible al amor de Dios, podemos hablar con convicción y gran fuerza. Juan hablaba así, de modo que su mensaje, aunque duro y contundente como el de los profetas, era un llamado convincente a la conversión. No como el de otros “revolucionarios” de su tiempo, los zelotes, cuyo mensaje nacía muchas veces del odio y del resentimiento y provocaba la violencia y la destrucción.

     El mensaje de Juan, sí era claro y fuerte, pero era un llamado profundo al arrepentimiento y la sinceridad. Por eso muchos se sentían llamados a la conversión sincera, “confesaban sus pecados y pedían ser bautizados”, purificados en las aguas del Jordán. Incluso Herodes escuchaba con gusto a Juan, lo respetaba y hasta lo mandaba custodiar con cuidado, pues “lo tenía por un hombre recto y santo”, nos dice el Evangelio. Seguramente que sentía que en las palabras de Juan no había odio, envidia, resentimiento ni deseo de venganza, sino en cierto sentido, amor y deseo del bien del mismo Herodes. Aunque ese respeto no le hizo cambiar de vida; le desconcertaba, pero no lo suficiente como para conseguir en él un inicio de conversión. Hay momentos en nuestras vidas que escuchamos con respeto y gusto las invitaciones del Señor, pero la superficialidad, la fuerza de las pasiones y “codicias de la vida”, impide que la Palabra eche raíces y dé fruto. 

    Monseñor Romero fue un gran pastor de su Pueblo salvadoreño, que siempre predicaba desde el amor y el deseo del bien y de la paz de todos. Sabía decir las verdades a unos y a otros. Pero no para despertar más odios, venganzas o resentimientos, sino como fuerte invitación al arrepentimiento, al perdón y la conversión sincera. Una invitación a creer en el amor y la misericordia de Dios que siempre nos lleva a la purificación de nuestros corazones y a construir unas nuevas relaciones sobre el perdón, la misericordia, la verdad y la vida. Por eso murió mártir, como Juan, como Jesús. Pero esos martirios son de una gran fecundidad. De ahí nace la Iglesia, del costado abierto de Jesús en la Cruz. Esas son las fecundas semillas del mundo nuevo.  Un cristiano es una persona que denuncia con valentía las injusticias y maldades que oprimen a otros, pero no desde el odio, el resentimiento, la envidia o el rencor, sino desde el respeto, la misericordia y el amor por los otros, incluso de los enemigos y de los opresores. El cristiano no busca la destrucción y la venganza del enemigo, del opresor, sino su conversión. Algo que sólo es posible desde el Espíritu del Señor.

    Los tiempos de crisis son tiempos de siembra, que pueden dar origen a muchas cosas buenas y otras malas. De nosotros depende en gran manera que acojamos esas llamadas con un corazón abierto y sincero para dar frutos de solidaridad, de justicia, de paz y de vida. En tiempos de crisis, el miedo nunca es buen consejero. Por eso el Papa Francisco, con el Evangelio, no se cansa de repetirnos: “no tengan miedo”. Pero también “es hora de despertar”. No se trata de volver “a lo de siempre”, sino de empezar a construir un mundo de relaciones nuevas. Dejar de lado la codicia, que todo lo corrompe, el fraude, la estafa, el aprovecharse de los débiles, abandonar los ídolos del tener, del poder, del placer. Para ir construyendo un mundo nuevo en que vivamos como hermanos, en austeridad, verdad, justicia y amor. El Señor nos guía y nos indica el camino. Él nos acompaña. Tenemos el ejemplo y la vida de tantos hermanos que han vivido y viven entre nosotros. Pidamos al Señor y a nuestra Madre María que seamos dóciles a sus llamados, valientes como Juan y firmes en el Señor para que esta crisis dé los frutos de verdad y vida que Él quiere regalarnos.   Amén.

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