miércoles, 19 de agosto de 2020

2020.8.19 - En esta parábola Jesús ilustra el carácter radicalmente igualitario de su comunidad en medio de todas las diferencias, nada debe de ser fuente de privilegios.

2020.8.19 - En el evangelio de Mateo (Mt 20,1-16) que escuchamos se nos relata una parábola en la que se dice que el reino de los cielos es semajante a un propietario que sale a contratar trabajadores para su viña a diferentes horas del día. Al atardecer le pide al administrador que comenzando por los últimos les pague a todos. A todos les dio un denario. Los primeros protestan porque les paga lo mismo que a los últimos. El dueño les responde que no les está haciendo ninguna injusticia ya que les está pagando lo acordado. Además afirma que él puede hacer con lo suyo lo que quiera.

En esta parábola Jesús ilustra el carácter radicalmente igualitario de su comunidad en medio de todas las diferencias, nada debe de ser fuente de privilegios. Ni la cantidad ni la calidad del trabajo o servicio, tampoco la antigüedad, ni las diversas funciones, tampoco el mayor entendimiento, ni el sexo, ni el origen, ni la raza, ni la etnia, ni la condición social, ni la lengua, ni la salud: todas y todos tienen el mismo valor en la comunidad de Jesús y a todas y todos se les debe de tratar con la misma dignidad. Y es que todas y todos, sin excepción son hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, hermanas y hermanos entre sí y con todo lo creado. La comunidad cristiana no es el lugar adecuado para las personas que buscan privilegios.

La razón de este igualitarismo radical en medio de las diferencias radica en que nuestra pertenencia a esta comunidad no tiene su origen ni la garantía de su continuidad en nuestro actuar, sino en el actuar de otro que es quien nos invita, pero además que actúa amando y solo amando. Nuestra pertenencia a esta comunidad es siempre y solo una respuesta a otro amor, que fue y sigue siendo primero. Otro amor, que fue primero, suscita el nuestro. Esto significa que en la comunidad cristiana no hay méritos, y por tanto, tampoco privilegios. En la comunidad cristiana lo que hay es un amor que responde a otro amor, amores que responden a otro amor, primero.

Así, lo que rige la comunidad cristiana no es una justicia retributiva, porque esa presunta justicia no es sino causa de incontables privilegios y desigualdades, dando lugar y justificando plenamente la venganza, ya sea personal y/o institucional, sirviéndose de los aparatos represivos del estado. 

La comunidad de Jesús es una comunidad de amor en la que sus participantes podemos expresar nuestra situación sirviéndonos, tal vez, de una palabras de san Agustín en sus confesiones:


¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,

tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera,

y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era,

me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que,

si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;

brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;

exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo;

gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;

me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti.

En la comunidad de Jesús, todas y todos hemos llegado tarde, pero en medio de la tardanza, todas y todos vamos experimentando un amor que aunque tarde responde a otro.

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