domingo, 30 de agosto de 2020

2020.8.30 - nos relata el anuncio de Jesús de la persecución que le espera, la reacción de Pedro rechazando esa posibilidad, la amonestación que Jesús le hace a Pedro, y la formulación de las condiciones para acompañar a Jesús: la entrega de la propia vida.

2020.8.30 - En la lectura del libro del profeta Jeremías (Jr 20,7-9) se nos relata la experiencia que tiene Jeremías de su ministerio. Éste ha estado marcado por la apersecución, que ha soportado gracias a una honda experiencia del amor de Dios que como fuego ardiente encerrado en sus huesos resultaba imposible de contener.

En el Salmo (Sal 63) el salmista nos permite entrever su experiencia de Dios al decirnos que su amor es mejor que la existencia, y que por eso no dejará de alabarlo.

En la carta de Pablo a los romanos (Rm 12,1-2) se nos recuerda en qué consiste el culto verdadero: ofrecernos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios.

En el evangelio de Mateo (Mt 16,21-27) nos relata el anuncio de Jesús de la persecución que le espera, la reacción de Pedro rechazando esa posibilidad, la amonestación que Jesús le hace a Pedro, y la formulación de las condiciones para acompañar a Jesús: la entrega de la propia vida.

Tomadas en su conjunto las lecturas de hoy esbozan lo fundamental de la vida cristiana. Lo primero que nos recuerdan es que la vida cristiana es una vida movida por el amor, y por un amor que no tiene su fuente en nosotras ni nosotros sino en Dios. Nuestro amor, siempre y solo es una respuesta a su amor. Así Jeremías habla de una experiencia de seducción, pero todavía más hondamente, de la experiencia de un fuego ardiente que resulta imposible de contener, porque no es nuestro, aunque esté en nuestro interior. Esta experiencia remite a la experiencia de la zarza que arde sin consumirse con que Moisés experimentó a Dios (Ex 3,2), a la del amante que afirma que las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos (Cant 8,7), a la de las y los discípulos que experimentaron al Espíritu como lenguas de fuego en Pentecostés (Hch 2,3), al ardor del corazón que reconocieron los discípulos de Emaús al partir el pan (Lc 24,32), a la del costado traspasado del que brotan sangre y agua (Jn 19,34).

Lo segundo que nos recuerdan las lecturas de hoy es que, para que ese amor despierte el nuestro, es necesario que sea reconocido y agradecido. Esto es lo que nos recuerda el salmista al afirmar que porque su amor es mejor que la existencia, sus labios no dejarán de alabarlo. Sin este reconocimiento y gratitud ningún amor va a ser capaz de suscitar el nuestro. De ahí la importancia del agradecimiento.

Lo tercero que nos recuerdan las lecturas de hoy es que el amor es fundamentalmente entrega, entrega de lo más preciado que tenemos, entrega de la propia vida. Un amor sin entrega no pasa de ser un tipo de egoísmo en que utilizamos a otras personas para satisfacernos. Así, el amor es una vida compartida en gratitud, o mejor, vidas compartidas y entregadas en gratitud. 

Lo cuarto que nos recuerdan las lecturas de hoy es que este tipo de amor en el mundo en el que vivimos puede suscitar incomprensión, persecución, desembocando a veces incluso en el asesinato, como le pasó a Jesús, y antes y después les ha pasado a tantas personas incluidas Jeremías y Pablo cuyos escritos hemos leído hoy.

Lo quinto que nos recuerdan las lecturas de hoy es que el amor nos hace vulnerables porque no responde al mal con mal (1Pe 3,9), porque cuando amamos, amamos y solo amamos. Ahora, es precisamente en su vulnerabilidad que está la fuerza del amor y por eso es que no puede ser apagado ni extinguido, por eso es que arde sin consumirse, por eso es imposible contenerlo.

La familia es un lugar privilegiado para experimentar este amor, la relación de pareja, la relación con las hijas e hijos, con los padres, con el resto de los familiares. Pero la familia como escuela del amor perdería su sentido si no nos permitiera extender nuestro amor más allá de ella. Los tiempos que estamos viviendo nos ofrecen una bella oportunidad para hacerlo teniendo en cuenta que el amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras, y que el amor consiste en compartir lo que somos y tenemos acortando distancias, tendiendo puentes, haciéndonos prójimas y prójimos, especialmente de las personas más vulneradas, y esto porque el amor también a nosotras y nosotros nos ha hecho vulnerables.

Tenía razón Jesús: renunciar al amor como pretendía Pedro, era renunciar a la vida porque amar vale más que la vida.

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