Los profetas siempre hablaban de que Dios, que ciertamente es Amor y Misericordia, es también un Dios justo, que ayuda a los que sufren y castiga a los perversos. Ambos aspectos van juntos. No se entiende cómo Dios puede socorrer a los pobres y humildes si no es castigando y reprimiendo a los causantes de la opresión y la injusticia. En nuestros tiempos, muchísima gente así lo sigue pensando, y el montaje de las leyes y la justicia civil se basa en ese modo de pensar: Si Dios es justo, necesariamente tiene que premiar a los buenos y castigar a los malos.
Pero Jesús no piensa así. Él no habla de castigar a los malos, sino que Dios ama a todos, buenos y malos. ¿Será que Dios permite todo y trata del mismo modo a unos y a otros? ¿O que no le importa el sufrimiento de tantas personas inocentes que hay en el mundo? De ningún modo. A Dios le duele en el corazón tanto dolor y sufrimiento como nos causamos unos a otros. Y Jesús lo experimentó toda su vida y de un modo muy especial en la Cruz. Y para que tanto dolor y sufrimiento injusto desaparezca, no se cansa de invitarnos insistentemente a que sigamos su Camino, que de veras es el modo eficaz de conseguirlo.
Jesús habla de liberar a los oprimidos. Y de liberar de raíz. Una causa de muchos sufrimientos de los pobres es el individualismo, la insolidaridad, el egoísmo, y el capricho de muchos, que nos dificulta trabajar juntos. El miedo a arriesgarnos, el conformismo que a veces nos invade y paraliza, la desconfianza de unos por otros, etc. Y Jesús nos dice: no tengan miedo, Yo les acompaño, estoy con ustedes, todos los días y hasta el fin del mundo. Por eso, ser cristiano es arriesgarse por los demás, entregarse sin condiciones, amar de verdad.
Jesús habla de “abrir los ojos a los ciegos”. “Ciegos”, para Jesús, además de los enfermos de la vista, son todos aquellos cegados por la codicia, el ansia de dinero, de ganancias, de poder, de placer. Como el que consiguió una gran cosecha y sólo pensó en asegurarla en sus nuevos graneros; o como el de la parábola de Lázaro; o Zaqueo antes de convertirse; o el hijo pródigo que se marchó de la casa del Padre; o como tantos políticos o financieros acaudalados de nuestros tiempos, etc. Y Jesús viene a abrirnos los ojos a todos, también a los poderosos. Los bienes materiales son una bendición del amor de Dios, pero sólo cuando los usamos para construir el bien común, no cuando los utilizamos a capricho o peor aún para aprovecharnos de los débiles o indefensos. Jesús mostró también su amor por los ricos, pero invitándoles a bienutilizar su riqueza usándola para el bien de todos, incluidos ellos. Y le dio lástima de aquellos que no quisieron o supieron hacerlo, como aquel joven rico, que después de entusiasmarse con Jesús, al invitarle éste a liberarse de sus riquezas y seguirle, se marchó triste, “porque tenía muchos bienes”. Jesús quería su mayor bien y le invita a conseguirlo. Pero a él da miedo, se echa para atrás y se marcha triste.
Jesús interpreta la profecía de Is. de un modo nuevo, “revolucionario”, no acorde con las enseñanzas farisaicas. Por eso la lectura dice que muchos se sentían sorprendidos y termina diciendo que al final pensaron en eliminarle, desbarrancarle. Pero Él, “pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.”
Estamos pasando tiempos difíciles, que están poniendo en cuestión nuestros criterios de organización de nuestras relaciones, nuestro trabajo, la política, la economía, el poder, la ciencia, nuestras relaciones con la naturaleza, etc. El Señor nos está invitando a ser críticos con esos criterios, a mirarlos como Él los mira, para que no nos enceguezcan, sino que avancemos por caminos de fraternidad, de justicia y solidaridad. Que abramos los ojos de la sabiduría, la misericordia, el amor. Que no tengamos miedo, sino que confiemos y nos arriesguemos a seguir sus caminos, que de veras llevan a la Paz auténtica, a la fraternidad sincera, a la alegría y a la Vida verdadera. Él nos acompaña, nos guía por medio de la Iglesia, y nos dice “no tengan miedo, Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
Terminamos hoy el mes de la Familia. Que la Sagrada Familia, María, José y Jesús, nos hagan sentir su compañía y su bendición, para que podamos salir adelante en nuestra misión de avanzar hacia el Reinado de Dios, Reino de Verdad y de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz. Amén.

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