sábado, 15 de agosto de 2020

2020.8.15 - Hoy estamos celebrando la fiesta de la Asunción de María.


Hoy estamos celebrando la fiesta de la Asunción de María. Nos unimos a nuestras hermanas y hermanos de Jocón que hoy celebran su fiesta patronal, la de María Virgen de los Ángeles.

La lectura del libro del Apocalipsis (Ap 11,19; 12,1-6.10) nos habla de una mujer encinta amenazada por un enorme dragón. La mujer da a luz a un hijo, el ungido. En la lectura de la primera carta a los Corintios (1Cor 15,20-27) Pablo afirma que en Jesús la muerte ha sido vencida. En el evangelio de Lucas (Lc 1,39-56) se nos narra la visita de María a Isabel y el cántico de gratitud entonado por María ante la bendición que recibe de Isabel.

La fiesta de la Asunción de María este año está marcada por la presencia del Covid19 en nuestras comunidades. ¿Qué nos dicen las lecturas y esta fiesta en la situación por la que estamos pasando?

Una primera asociación que podríamos estar tentadas y tentados de hacer sería relacionar al dragón del que nos habla la lectura del Apocalipsis con el virus del Covid19. Es verdad que el Covid19 puede causar la muerte y ha causado la muerte de muchas personas en el mundo entero y en Honduras. Con todo, el Covid19 tiene cura si se trata a tiempo y bien, como hemos experimentado muchas personas que hemos utilizado el tratamiento sugerido por la Dra. María Eugenia Barrientos facilitado por la Parroquia a base de antiinflamatorios y antigripales. En este sentido no pareciera que el Covid19 fuera un dragón exterminador. Hoy, a 156 días de haberse detectado el primer caso positivo de Covid19 en Honduras, pareciera que lo que más daño está haciendo no es propiamente el virus sino la manera de tratarlo. Y es que a pesar de las evidencias de que el tratamiento público básico no evita que las personas vulnerables al virus se compliquen, pareciera que no hay voluntad de reconocer este hecho y de corregirlo, contribuyendo así a la letalidad y contagiosidad del virus. Pero, es que también muchos de los funcionarios públicos encargados de hacerle frente al virus han aprovechado sus cargos para robar descarada e impunemente, dando muestras de una enorme negligencia que ha costado muchas vidas. Veamos algunos ejemplos: los hospitales móviles sobre valorados, que además no acaban de llegar ni de estar instalados; las 250,000 pruebas que se echaron a perder; la falta de reactivos para procesarlas; la falta de mantenimiento de las máquinas que las procesan; la compra de mascarillas sobrevaloradas a empresas vinculadas a funcionarios públicos; el desabastecimiento de los hospitales; la falta de salarios para pagar a personal sanitario en algunos hospitales; la contratación de deuda pública masiva cuyos fondos no aparecen y llevan a la gente a preguntar: “¿Dónde está el dinero?”. Además, los medios de comunicación social se han dedicado a sembrar miedo a diestra y siniestra aumentando la desconfianza social ya existente, aislándonos y distanciándonos unas de otros. Encerradas y encerrados en nuestras casas, aisladas y distanciados pareciera que lo único que logramos es hacernos más vulnerables, pero no solo al virus, sino, sobre todo, a los embates de muchos funcionarios públicos que han creado y siguen profundizando la crisis en la que nos encontramos.

Pablo nos recuerda que Jesús ha vencido a la muerte, no evitándola, sino atravesándola revelándonos que nada ni nadie nos pueden separar del amor de Dios revelado en Jesús, su ungido (Rm 8,38-39). Y haciendo esto, nos libera, si no de pasar por la muerte, sí del miedo a ella como dice tan bellamente la Carta a los Hebreos: “Jesús también experimentó esta misma condición y, al morir, le quitó su poder al que reinaba por medio de la muerte, es decir, al diablo. De este modo liberó a los hombres que, por miedo a la muerte, permanecían esclavos en todos los aspectos de su vida” (Hb 2,14-15).

El evangelio nos da la clave que hace posible vencer el miedo: la gratitud, el reconocimiento agradecido de tanto bien recibido por parte de Dios que a su vez nos permite sentir, experimentar su amor. Porque lo que nos va a permitir enfrentar el miedo no va a ser la temeridad machista, sino el amor entrañable, ese amor que brota como respuesta a otro amor.

Así, como María, tenemos muchas razones para dar gracias. Damos gracias porque el Dios que se nos revela en Jesús es un Dios que alcanza para todas y todos; porque es un Dios que no se olvida de los pobres, que busca lo perdido, que le tiende la mano al contagiado, que nos acompaña siempre, cuya gloria es que vivamos en plenitud y colmadas de felicidad, que hace salir su sol sobre buenas y malos y caer su lluvia sobre justos e injustas; porque es un Dios en cuyas manos de Padre siempre nos encontramos; porque es Emmanuel, Dios con nosotras y nosotros; porque nos regala su Espíritu, que nos libera del miedo y nos permite entregarnos libre y generosamente, y esto, como hijas e hijos suyos y hermanas y hermanos de los demás; porque es más terca su voluntad de darle un lugar a todas, a todos y a todo, que nuestra obstinación por condenar y excluir lo diverso; porque, como nos recuerda la fiesta que estamos celebrando hoy, nuestro destino, como el de María, no es la muerte, sino la vida – con cuerpo y alma en Dios – que atraviesa la muerte, y esto, en comunión con todas, todos, y todo.

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