sábado, 22 de agosto de 2020

2020.08.21 Reflexión.

Queridas hermanas y hermanos, durante esta semana el profeta Ezequiel nos ha llevado a reflexionar sobre el plan de salvación trazado por Dios para la humanidad. Un plan que involucra y tiene como finalidad que nos constituyamos en el Pueblo de Dios donde Él, como Señor de la vida y de la historia, venga a ser el centro en torno al cual nuestra existencia se plenifique. Esta plenitud del plan de Dios culmina en la vida que Él quiere para todos sus hijos e hijas, expresada en la visión en Ezequiel nos relata hoy: un campo lleno de huesos secos, los cuales poco a poco a la voz de la Palabra de Dios van tomando vida, Dios les infunde su Espíritu, los saca de la esclavitud y los constituye en su pueblo.

La sequedad que experimenta el pueblo de Israel en el Exilio proviene de haber dejado de lado la centralidad de la ley de Dios que es el amor, y haberse postrado ante otros falsos ídolos como las riquezas, los falsos cultos y las injusticias de unos con otras. Ese estilo de vida aleja al pueblo de los planes del Señor, Dios, y los sumerge en la triste experiencia de verse exiliados de su tierra, de sus costumbres, de su gente, de su Dios.

Sin embargo, la historia de salvación nos relata una y otra vez la fidelidad del amor de Dios para con la humanidad, a pesar de nuestras infidelidades y sorderas, Dios se mantiene fiel en su amor primero que nos desea llevar a una experiencia de amor agradecido entre unas y otros, sobre todo entre aquellos hermanos y hermanas más necesitados.

La visión de Ezequiel es fuerte y muy propicia para nuestro contexto actual, porque expresa a toda una comunidad muerta, con solo huesos secos, expresado una vida corrompida por los vicios y por la injusticia, alejada del necesitado, olvidada de Dios. Una sociedad de espaldas a la vida que fluye en la naturaleza contaminada y destruida, en las relaciones interpersonales rotas y distanciadas aún más hoy en día por el miedo aterrador que se nos ha infundido por los medios de comunicación social al servicio de los intereses de los grupos de poder. Una sociedad donde el que prima ahora es el resguardarse para sí, dejando de lado la sublime experiencia del encuentro generoso y agradecido con las y los demás.

Jesús en el evangelio coloca como medida de esa vida en plenitud el amor sin límites. Frente a tantas normas restrictivas que muchas veces lo que hacen es oprimir e infundir temor a la población, lo que debemos rescatar es un amor como respuesta al amor primero de Dios. Jesús encarna ese amor primero en su trato cercano y compasivo con los enfermos, los endemoniados, los excluidos de la sociedad y nos invita desde su medida a hacer lo mismo, porque señala, ante todo debemos amar a Dios sobre todas las cosas, pero ese amor a Dios debe concretarse en el amor al prójimo, al cercano, al hermano. San Juan nos dice que nadie puede amar a Dios a quien no ha visto nunca si primero no ama a su hermano con quien convive y tiene a su lado. Esa experiencia es la respuesta a saberse amado por este Dios que busca que todos los hombres y mujeres salven.

De esa manera, el Señor nos invita hoy en día a saber dejarnos revestir de carne, de humanidad, frente a todas las discriminaciones y tratos inhumanos que hemos visto y seguimos encontrando en nuestra sociedad. Dejar que su Espíritu nos toque y mueve nuestros corazones al encuentro con ese amor que se concreta en nuestra carne mortal, en nuestra Humanidad. Amén.

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