Queridas hermanas y hermanos, durante esta semana el profeta Ezequiel nos ha llevado a reflexionar sobre el plan de salvación trazado por Dios para la humanidad. Un plan que involucra y tiene como finalidad que nos constituyamos en el Pueblo de Dios donde Él, como Señor de la vida y de la historia, venga a ser el centro en torno al cual nuestra existencia se plenifique. Esta plenitud del plan de Dios culmina en la vida que Él quiere para todos sus hijos e hijas, expresada en la visión en Ezequiel nos relata hoy: un campo lleno de huesos secos, los cuales poco a poco a la voz de la Palabra de Dios van tomando vida, Dios les infunde su Espíritu, los saca de la esclavitud y los constituye en su pueblo.
La sequedad que experimenta el
pueblo de Israel en el Exilio proviene de haber dejado de lado la centralidad
de la ley de Dios que es el amor, y haberse postrado ante otros falsos ídolos
como las riquezas, los falsos cultos y las injusticias de unos con otras. Ese
estilo de vida aleja al pueblo de los planes del Señor, Dios, y los sumerge en
la triste experiencia de verse exiliados de su tierra, de sus costumbres, de su
gente, de su Dios.
Sin embargo, la historia de
salvación nos relata una y otra vez la fidelidad del amor de Dios para con la
humanidad, a pesar de nuestras infidelidades y sorderas, Dios se mantiene fiel
en su amor primero que nos desea llevar a una experiencia de amor agradecido
entre unas y otros, sobre todo entre aquellos hermanos y hermanas más
necesitados.
La visión de Ezequiel es fuerte y
muy propicia para nuestro contexto actual, porque expresa a toda una comunidad
muerta, con solo huesos secos, expresado una vida corrompida por los vicios y
por la injusticia, alejada del necesitado, olvidada de Dios. Una sociedad de espaldas
a la vida que fluye en la naturaleza contaminada y destruida, en las relaciones
interpersonales rotas y distanciadas aún más hoy en día por el miedo aterrador
que se nos ha infundido por los medios de comunicación social al servicio de
los intereses de los grupos de poder. Una sociedad donde el que prima ahora es
el resguardarse para sí, dejando de lado la sublime experiencia del encuentro
generoso y agradecido con las y los demás.
Jesús en el evangelio coloca como
medida de esa vida en plenitud el amor sin límites. Frente a tantas normas
restrictivas que muchas veces lo que hacen es oprimir e infundir temor a la
población, lo que debemos rescatar es un amor como respuesta al amor primero de
Dios. Jesús encarna ese amor primero en su trato cercano y compasivo con los
enfermos, los endemoniados, los excluidos de la sociedad y nos invita desde su
medida a hacer lo mismo, porque señala, ante todo debemos amar a Dios sobre
todas las cosas, pero ese amor a Dios debe concretarse en el amor al prójimo,
al cercano, al hermano. San Juan nos dice que nadie puede amar a Dios a quien
no ha visto nunca si primero no ama a su hermano con quien convive y tiene a su
lado. Esa experiencia es la respuesta a saberse amado por este Dios que busca
que todos los hombres y mujeres salven.
De esa manera, el Señor nos
invita hoy en día a saber dejarnos revestir de carne, de humanidad, frente a
todas las discriminaciones y tratos inhumanos que hemos visto y seguimos
encontrando en nuestra sociedad. Dejar que su Espíritu nos toque y mueve
nuestros corazones al encuentro con ese amor que se concreta en nuestra carne
mortal, en nuestra Humanidad. Amén.

No hay comentarios:
Publicar un comentario