2021-04-04 - En el evangelio de hoy (Jn 20,1-9), Juan nos relata las experiencias de María Magdalena, de Pedro y del discípulo amado el primer día de la semana. María Magdalena va al sepulcro y encuentra la losa quitada. Les cuenta a Pedro y al discípulo amado que no halla a Jesús en el sepulcro. Corren Pedro y el discípulo amado y entran al sepulcro. En efecto, solo encuentran los lienzos y el sudario. El discípulo amado ve y cree.
Como nos muestra el evangelio de hoy la fe en la resurrección no se impone, solo se propone. Como nos lo recuerda el triduo pascual, la resurrección de Jesús está íntimamente unida a su vida, pasión y muerte. La fe en la resurrección de Jesús no es un volver a la vida, ya que tarde o temprano volvería a morir. La fe en la resurrección de Jesús es más bien confiar en la Vida que se revela en su vida, pasión y muerte. La fe en la resurrección es confesar la Vida que Jesús nos descubre en su vida, pasión y muerte.
Veamos cómo fueron la vida, pasión y muerte de Jesús. En primer lugar, Jesús confió en que lo último de la realidad, la realidad última era como un Padre amoroso, cercano, activo, en cuya bondad se puede confiar y reposar. Jesús se experimentó como hijo de ese Dios Padre y como hermano de todos los demás seres humanos. Esta experiencia de Dios como amor y solo amor llevó a Jesús a una honda experiencia de gratitud que marcó toda su vida.
En segundo lugar, la experiencia del amor de Dios llevó a Jesús a la experiencia de la universalidad de su amor. De ahí la pasión de Jesús por las últimas, los perdidos, las mujeres, los pecadores, las y los enfermos, los endemoniados. Jesús sintió que el amor de Dios alcanzaba para todos, que nada ni nadie quedaban excluidos de él. Así se explican su acogida de las pecadoras (Lc 7,36-50; Jn 8,1-11), sus comidas con recaudadores de impuestos (Mc 2,14-17), su cercanía a leprosos (Mc 1,40-45).
En tercer lugar, su experiencia del amor de Dios llevó a Jesús a formar una comunidad de compartir agradecido con gente de todo tipo: pescadores, recaudadores de impuestos, mujeres que habían sido sanadas, alguna incluso de la que habían salido siete demonios. Típico de esta comunidad fueron sus comidas que llevaron a calificar a Jesús como comilón y borracho, amigo de recaudadores y pecadores (Lc 7,34). También típico de esta comunidad fue el envío en parejas a compartir la buena nueva de la buena vida que estaban experimentando.
En cuarto lugar, su experiencia del amor de Dios llevó a Jesús a responder con amor a ese amor, a entregarse libre y generosamente, superando el miedo a la muerte e incluso a costo de su propia vida. Entregando su vida descubrió la Vida que nada ni nadie le podía quitar porque él la entregaba libre y generosamente (Jn 10,18). Así, confió en ese Dios al que había experimentado como Padre Nuestro entregando su vida con pasión hasta su muerte.
María Magdalena, Pedro, el discípulo amado nos muestran las diversas reacciones posibles ante la vida, pasión y muerte de Jesús, y nos recuerda que solo va a confesar su resurrección quien responde con amor al amor de Jesús, quien de discípulo pasa a ser amigo, compañero de Jesús atreviéndose a vivir más allá de la ley, porque el amor no se puede mandar.
En el evangelio de hoy no se nos dice que María Magdalena regresara al sepulcro. Sin embargo, en la próxima escena se nos dice que María Magdalena se había quedado junto al sepulcro (Jn 20,11). Tal vez, entonces es ella aquella discípula amada, la compañera amante traspasada de Jesús que proclama como primera: “¡Resucitó de veras, mi amor y mi esperanza!”.

