domingo, 4 de abril de 2021

2021-04-04- “¡Resucitó de veras, mi amor y mi esperanza!”.

 

2021-04-04 - En el evangelio de hoy (Jn 20,1-9), Juan nos relata las experiencias de María Magdalena, de Pedro y del discípulo amado el primer día de la semana. María Magdalena va al sepulcro y encuentra la losa quitada. Les cuenta a Pedro y al discípulo amado que no halla a Jesús en el sepulcro. Corren Pedro y el discípulo amado y entran al sepulcro. En efecto, solo encuentran los lienzos y el sudario. El discípulo amado ve y cree.

Como nos muestra el evangelio de hoy la fe en la resurrección no se impone, solo se propone. Como nos lo recuerda el triduo pascual, la resurrección de Jesús está íntimamente unida a su vida, pasión y muerte. La fe en la resurrección de Jesús no es un volver a la vida, ya que tarde o temprano volvería a morir. La fe en la resurrección de Jesús es más bien confiar en la Vida que se revela en su vida, pasión y muerte. La fe en la resurrección es confesar la Vida que Jesús nos descubre en su vida, pasión y muerte.

Veamos cómo fueron la vida, pasión y muerte de Jesús. En primer lugar, Jesús confió en que lo último de la realidad, la realidad última era como un Padre amoroso, cercano, activo, en cuya bondad se puede confiar y reposar. Jesús se experimentó como hijo de ese Dios Padre y como hermano de todos los demás seres humanos. Esta experiencia de Dios como amor y solo amor llevó a Jesús a una honda experiencia de gratitud que marcó toda su vida.

En segundo lugar, la experiencia del amor de Dios llevó a Jesús a la experiencia de la universalidad de su amor. De ahí la pasión de Jesús por las últimas, los perdidos, las mujeres, los pecadores, las y los enfermos, los endemoniados. Jesús sintió que el amor de Dios alcanzaba para todos, que nada ni nadie quedaban excluidos de él. Así se explican su acogida de las pecadoras (Lc 7,36-50; Jn 8,1-11), sus comidas con recaudadores de impuestos (Mc 2,14-17), su cercanía a leprosos (Mc 1,40-45).

En tercer lugar, su experiencia del amor de Dios llevó a Jesús a formar una comunidad de compartir agradecido con gente de todo tipo: pescadores, recaudadores de impuestos, mujeres que habían sido sanadas, alguna incluso de la que habían salido siete demonios. Típico de esta comunidad fueron sus comidas que llevaron a calificar a Jesús como comilón y borracho, amigo de recaudadores y pecadores (Lc 7,34). También típico de esta comunidad fue el envío en parejas a compartir la buena nueva de la buena vida que estaban experimentando.

En cuarto lugar, su experiencia del amor de Dios llevó a Jesús a responder con amor a ese amor, a entregarse libre y generosamente, superando el miedo a la muerte e incluso a costo de su propia vida. Entregando su vida descubrió la Vida que nada ni nadie le podía quitar porque él la entregaba libre y generosamente (Jn 10,18). Así, confió en ese Dios al que había experimentado como Padre Nuestro entregando su vida con pasión hasta su muerte.

María Magdalena, Pedro, el discípulo amado nos muestran las diversas reacciones posibles ante la vida, pasión y muerte de Jesús, y nos recuerda que solo va a confesar su resurrección quien responde con amor al amor de Jesús, quien de discípulo pasa a ser amigo, compañero de Jesús atreviéndose a vivir más allá de la ley, porque el amor no se puede mandar.

En el evangelio de hoy no se nos dice que María Magdalena regresara al sepulcro. Sin embargo, en la próxima escena se nos dice que María Magdalena se había quedado junto al sepulcro (Jn 20,11). Tal vez, entonces es ella aquella discípula amada, la compañera amante traspasada de Jesús que proclama como primera: “¡Resucitó de veras, mi amor y mi esperanza!”.

sábado, 3 de abril de 2021

2021-04-03 - Hoy estamos celebrando la Vigilia pascual en la que profesamos nuestra fe en la resurrección de Jesús, luego de su pasión y muerte.

 

2021-04-03 - Hoy estamos celebrando la Vigilia pascual en la que profesamos nuestra fe en la resurrección de Jesús, luego de su pasión y muerte. Este es un primer punto importante. Resucitar no significa no padecer, no significa no morir. Más bien, atravesar la pasión y la muerte parecen esenciales para resucitar.

El evangelio de hoy (Mc 16,1-8) nos habla de tres mujeres, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé que muy de mañana el primer día de la semana se dirigen al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús. Se encuentran, para su sorpresa, con la losa del sepulcro corrida y con un joven envuelto en una vestidura blanca que les anuncia que Jesús ha resucitado y que les invita a ir a Galilea para encontrarse con él.

Estas mujeres ya habían aparecido antes en el evangelio de Marcos, a saber, en la crucifixión y en la sepultura de Jesús. Tal vez también están prefiguradas por aquella mujer anónima que unge a Jesús en el inicio del relato de la pasión según Marcos. Esto parece reforzar lo dicho al inicio: las primeras testigos de Jesús resucitado fueron aquellas que lo acompañaron en su pasión y muerte. Llama la atención que no pronuncian una sola palabra, en cambio, hacen como ninguno, lo que tocaba hacer: acompañar a Jesús en su pasión y muerte, para luego acompañarlo también resucitado.

A lo que invita el joven a las mujeres es a hacer una experiencia: ir a Galilea para verlo. Recuerda mucho aquella otra invitación que Jesús les hace a los primeros discípulos en el evangelio de Juan luego de preguntarle donde vive: “Vengan y lo verán” (Jn 1,39). Ser discípulo de Jesús es hacer una experiencia con él.

¿Qué experiencia habrán hecho aquellas mujeres y luego otros tantos en su encuentro con Jesús resucitado? Un primer momento de esa experiencia es la pérdida del miedo a la muerte (Hb 2,15). Era una de las grandes invitaciones que hacía Jesús en su vida: No tengan miedo (Mc 6,50).

Un segundo momento del encuentro con Jesús resucitado es la experiencia de ser libres para amar apasionadamente como Jesús. Así, la liberación del miedo a la muerte las hace libres para amar. Es lo que luego va a ser descrito como la experiencia del Espíritu Santo significada en Pentecostés. Pablo recoge esta experiencia en 1Cor 13: “ya puedo tener toda la fe, hasta mover montañas, que, si no tengo amor, no soy nada” (1Cor 13,2).

Un tercer momento del encuentro con Jesús resucitado es la experiencia de que Dios es amor y solo amor, e íntimamente unido a esto, la experiencia de la universalidad de su amor, la experiencia que nada ni nadie quedan fuera de él. De ahí, la experiencia de Dios como Padre Nuestro.

Un cuarto momento del encuentro con Jesús resucitado es la experiencia de una honda gratitud. Gratitud que junto con la compasión se convierten en las motivaciones del actuar desplazando al miedo y al interés.

Un quinto momento del encuentro con Jesús resucitado es la experiencia de que todo está abierto, de que ya no se trata de obedecer, ni siquiera a Dios, porque el amor por definición no se puede mandar, sino de amar libre, creativa y responsablemente. Y esto solo puede hacerse cuando se deja de ser discípulo de Jesús, para convertirse en amigo, compañero suyo, como lo hicieron aquellas tres mujeres de las que nos habla el evangelio.

jueves, 1 de abril de 2021

2021-04-01 - Veamos los elementos de este amor que se hacen presentes en la última cena de Jesús. Todo comienza con la gratitud como nos recuerda Pablo en su relato de la institución de la Eucaristía.


2021-04-01 - Hoy inicia el triduo pascual con el recuerdo y la celebración de la última cena de Jesús. El inicio del evangelio de hoy (Jn 13,1-15) pone el marco de todo lo que vamos a celebrar estos días: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Lo que se nos va a relatar a continuación es una historia de amor, hasta el final y total.

Veamos los elementos de este amor que se hacen presentes en la última cena de Jesús. Todo comienza con la gratitud como nos recuerda Pablo en su relato de la institución de la eucaristía (1Cor 11,23-26): “Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias…”. El amor de Jesús es un amor agradecido, un amor que responde al amor de Dios (Jn 1,16).

La gratitud desemboca en servicio desinteresado. Lavar los pies era una práctica común hecha necesaria por las sandalias y el polvo de los caminos. O se lavaba la propia persona los pies, o se los lavaba otra en condición servil o de dominio. Jesús aquí retoma algo que él había experimentado con anterioridad, pero realizado no como acto servil sino como acto de amor cuando María, la hermana de Marta y Lázaro, en el evangelio de Juan o la mujer anónima en el evangelio de Lucas le lavan los pies. Jesús hizo lo que le hicieron (lavar los pies) y como se lo hicieron (por amor).

La cena, como nos recuerda san Juan de la Cruz, recrea y enamora. Es una cena en la que hay intimidad. En el evangelio de Juan se ha conservado el recuerdo del discípulo amado de Jesús (Jn 13,23). Esta relación de intimidad no es exclusiva. Así, más adelante Jesús va a decir: “No, no los llamo siervos, porque un siervo no está al corriente de lo que hace su señor; a ustedes les vengo llamando amigos, porque todo lo que le oí a mi Padre se los he comunicado” (Jn 15,15).

La comunidad que se congrega en torno a la última cena de Jesús es una comunidad de compartir agradecido. Se comparte no fruto del miedo, ni fruto de la espera de una recompensa. Jesús nos muestra a un Dios al que no hay que tenerle miedo (Mc 6,50), y que, así como no castiga, tampoco premia, porque el Dios de Jesús es el que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer su lluvia sobre justos e injustos (Mt 5,45). En la comunidad de Jesús se comparte fruto de la gratitud, del reconocimiento agradecido de tanto bien recibido.

En la última cena Jesús muestra su amor respetando la decisión de Judas de traicionarlo, acogiendo a Pedro que habría de negarlo tres veces, y al resto de los discípulos que lo abandonarán. Jesús no hace depender su amor del de sus discípulos. Los ama y respeta su libertad, sin romper por eso su relación de amistad con ellos.

En la última cena Jesús se entrega libre y generosamente a sí mismo. Entrega su vida hasta la muerte con pasión (cuerpo y sangre). Por eso, aunque a Jesús lo van a matar, a crucificar, a traspasar, no podrán quitarle la vida, porque esa la entregó libre y generosamente (Jn 10,18).

Retomando lo dicho hasta ahora podemos concluir: Jesús no quiere siervos, ni siquiera discípulos, quiere amigos, compañeros. Y esto, porque el amor no se puede mandar ni imponer. Solo se puede proponer. Y la única manera de hacerlo es amando. Y la única manera de aceptarlo el respondiendo con amor a su amor. Y eso fue lo que descubrieron, antes y mejor que ningún varón, María Magdalena y las otras compañeras de Jesús.