Veamos los elementos de este amor que se hacen presentes en la última cena de Jesús. Todo comienza con la gratitud como nos recuerda Pablo en su relato de la institución de la eucaristía (1Cor 11,23-26): “Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias…”. El amor de Jesús es un amor agradecido, un amor que responde al amor de Dios (Jn 1,16).
La gratitud desemboca en servicio desinteresado. Lavar los pies era una práctica común hecha necesaria por las sandalias y el polvo de los caminos. O se lavaba la propia persona los pies, o se los lavaba otra en condición servil o de dominio. Jesús aquí retoma algo que él había experimentado con anterioridad, pero realizado no como acto servil sino como acto de amor cuando María, la hermana de Marta y Lázaro, en el evangelio de Juan o la mujer anónima en el evangelio de Lucas le lavan los pies. Jesús hizo lo que le hicieron (lavar los pies) y como se lo hicieron (por amor).
La cena, como nos recuerda san Juan de la Cruz, recrea y enamora. Es una cena en la que hay intimidad. En el evangelio de Juan se ha conservado el recuerdo del discípulo amado de Jesús (Jn 13,23). Esta relación de intimidad no es exclusiva. Así, más adelante Jesús va a decir: “No, no los llamo siervos, porque un siervo no está al corriente de lo que hace su señor; a ustedes les vengo llamando amigos, porque todo lo que le oí a mi Padre se los he comunicado” (Jn 15,15).
La comunidad que se congrega en torno a la última cena de Jesús es una comunidad de compartir agradecido. Se comparte no fruto del miedo, ni fruto de la espera de una recompensa. Jesús nos muestra a un Dios al que no hay que tenerle miedo (Mc 6,50), y que, así como no castiga, tampoco premia, porque el Dios de Jesús es el que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer su lluvia sobre justos e injustos (Mt 5,45). En la comunidad de Jesús se comparte fruto de la gratitud, del reconocimiento agradecido de tanto bien recibido.
En la última cena Jesús muestra su amor respetando la decisión de Judas de traicionarlo, acogiendo a Pedro que habría de negarlo tres veces, y al resto de los discípulos que lo abandonarán. Jesús no hace depender su amor del de sus discípulos. Los ama y respeta su libertad, sin romper por eso su relación de amistad con ellos.
En la última cena Jesús se entrega libre y generosamente a sí mismo. Entrega su vida hasta la muerte con pasión (cuerpo y sangre). Por eso, aunque a Jesús lo van a matar, a crucificar, a traspasar, no podrán quitarle la vida, porque esa la entregó libre y generosamente (Jn 10,18).
Retomando lo dicho hasta ahora podemos concluir: Jesús no quiere siervos, ni siquiera discípulos, quiere amigos, compañeros. Y esto, porque el amor no se puede mandar ni imponer. Solo se puede proponer. Y la única manera de hacerlo es amando. Y la única manera de aceptarlo el respondiendo con amor a su amor. Y eso fue lo que descubrieron, antes y mejor que ningún varón, María Magdalena y las otras compañeras de Jesús.

No hay comentarios:
Publicar un comentario