2020.8.27 - En el evangelio de Mateo (Mt 24,42-51) que escuchamos Jesús invita a velar para evitar que se meta el ladrón y a servir durante la vela.
Velar significa estar despiertas, despiertos, estar presentes. En este contexto, pues, no significa no dormir, porque después de la tercera noche sin dormir empezaríamos a alucinar. El velar está unido al servicio, a un servicio que se opone al abuso. Lo que nos va a permitir estar presentes de esta manera, es decir, sirviendo, es el amor, un amor que responde a otro amor. Y es que esa es la buena noticia de Jesús, que Dios es amor (1Jn 4,16), y solo amor (Mt 5,43-45). Por eso, su gran mandamiento es que nos amemos las unas a los otros como él nos ha amado (Jn 13,34-35; 15,12). Ese amor, además, va a ser el que nos va a permitir discernir, ver con claridad lo que está pasando.
La presencia del Covid19 en nuestras vidas ha descubierto muchas cosas. Así, ha mostrado la actitud de muchos funcionarios públicos que lejos de ponerse al servicio de su pueblo, han utilizado la emergencia nacional decretada por ellos para robar descaradamente amparándose en una impunidad no menos descarada. Aquí una tentación puede ser estigmatizar a personas concretas, como, por ejemplo, al exdirector de Invest-H por la compra que cada día se desvela como más fraudulenta, inadecuada y negligente de los hospitales móviles, sin caer en la cuenta que él no actuó solo, que necesitó cómplices y que obedeció órdenes. Otra tentación puede ser creer que esto se da solo en altos funcionarios. El robo de medicinas en los hospitales de San Pedro, apunta a que esta manera de proceder está bastante extendida en toda la sociedad, siendo la consigna: “No te pide que me des, ponme donde haiga”.
La presencia del Covid19 en nuestras vidas también ha puesto de manifiesto el miedo y la desconfianza que reinan en nuestras vidas. Y ha puesto de manifiesto el papel fundamental de los medios de comunicación social en la siembra del miedo y la desconfianza en el pueblo. Y aquí tan importante como lo que se dice es también lo que no se dice. Así, se habla constantemente de la letalidad y contagiosidad del virus, pero no se dice nada de tratamientos sencillos, accesibles y eficaces para tratarlo, como el propuesto, por ejemplo, por la Dra. María Eugenia Barrientos a base de antiinflamatorios y antigripales. Los frutos de la siembra del miedo y la desconfianza en los medios de comunicación social son claros: el aislamiento y la desmovilización haciéndonos creer que quedándonos en casa estamos seguros; la percepción de la otra persona como posible fuente de contagio de la que nos debemos de proteger distanciándonos todo lo que podamos de ella; la discriminación brutal de las personas contagiadas aislándolas y abandonándolas en medio de su enfermedad cuando más necesitan de una mano amiga y extendida; haciéndonos creer que lo más importante en estos momentos es evitar el contagio a cualquier costo justificando con todo tipo de razonamientos hacer rodeos alrededor de las personas contagiadas y/o necesitadas y pasar de largo (Lc 10,31-32) exonerándonos del amor que dejándonos conmover nos llevaría a acercarnos, escuchar la necesidad, y tender la mano. Nos han hecho creer que el gran enemigo es el Covid19, haciéndonos olvidar que nada que venga de fuera nos puede manchar, dañar de verdad, que lo que mancha y daña es lo que sale de nuestro interior (Mc 7,15), una lejanía indiferente frente a las personas contagiadas y/o necesitadas.
Así, la presencia del Covid19 en nuestras vidas nos está dando la oportunidad despertar de la pesadilla del miedo, de la desconfianza y de la codicia, de dejar que el amor que Dios nos tiene y que se muestra entre otras cosas en la generosidad y abundancia de su creación, suscite y despierte nuestro amor, llevándonos a hacer aquello que nosotras y solo nosotros podemos y debemos hacer: a dejar la casa, a reencontrarnos, a organizarnos, a tratarnos con tratamientos sencillos y eficaces si nos contagiamos, a ponernos al servicio de las personas contagiadas y/o necesitadas, a hacernos prójimas y a dejar que otras se hagan prójimas nuestras, y todo esto con un corazón lleno de alegría y gratitud.

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