El Evangelio de
ayer nos recordaba que el Amor de Dios ha de concretarse en el amor al prójimo:
Amar al prójimo como a uno mismo. Todo el Antiguo Testamento, la Ley y los
Profetas a eso nos guían, o nos deben guiar. Jesús fue un judío sinceramente
cumplidor de las leyes y preceptos del A.T.. José y María también lo fueron:
presentaron al niño en el templo, según la ley, asistían a los cultos
pascuales, según la Ley, etc. La Ley era la fuente de vida básica de todo judío
sincero y devoto. Sin ley todo es desorden, anarquía y abuso de los más fuertes
sobre los débiles. La Ley mantenía unido al pueblo de Israel y le ayudaba a
superar grandes dificultades y contrariedades. También para nosotros es
necesario el respeto a las leyes para avanzar como pueblo civilizado.
Pero la Ley, de ser algo
necesario para mantener cierta justicia y defensa de los débiles, puede
convertirse en lo contrario: un instrumento más de opresión e injusticia de los
poderosos sobre los más débiles. Una carga pesada para éstos, más que una ayuda
para su defensa. El imperio de la ley, a veces se transforma en un medio para
excluir y hacer sufrir más a los indefensos.
Y esto es algo
contra lo que Jesús clama: Los maestros de la Ley echan pesadas cargas sobre la
gente sencilla, pero ellos ni con un dedo ayudan a llevarlas. Es la tremenda
ambigüedad que acecha a todas las leyes, incluso a veces a las leyes
eclesiales: Ser una carga y no una ayuda para hacer la vida más humana, más
fraternal.
Jesús viene a traernos la Buena
Noticia: El imperio de la Ley, con su imagen de un Dios todopoderoso que impone
sus leyes, castigando a los malos y premiando a los buenos, ya terminó:
Fue necesario mientras éramos como menores de
edad, pero al llegar a cierta madurez, hemos de avanzar por nuevos caminos: los
caminos del servicio y la entrega por amor, no por obligación o por temor al
castigo. No se trata ya de amar al
prójimo como a uno mismo (A.T), sino de “amar como yo los amo”, como nos dice
Jn. No se trata ya de discutir quién es mi prójimo, a quién tengo yo obligación de ayudarle. Sino de
ayudar a todo el que lo necesita, sea cercano o lejano, sea amigo o enemigo.
Ser “prójimo” marcaba la frontera entre los amigos y los enemigos. Para Jesús
ya no hay fronteras: toda persona, sea cercana o lejana, a quien puedo ayudar,
es un llamado de Dios a que lo haga. Ya no hay “enemigos” o “extraños”, porque
todos somos “hijos de Dios” y por ello hermanos unos de otros. Porque Dios es
Amor y sólo Amor y su único deseo es hacernos iguales a Él, es decir, hijos
semejantes al Padre, capaces de amor y misericordia como Él.
Por eso Jesús anula todas las
categorías sociales entre nosotros, basadas en el poder, el saber o el
prestigio social. Entre los cristianos pierden su razón de ser las jerarquías o
poderes sociales o económicos. “A nadie llamen guía, o maestro o padre, porque
uno sólo es su Padre, su Maestro, su guía”. Jesús es el guía de todos nosotros
y no hay otro. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” para todos. Y Jesús
viene como el servidor de todos, poniéndose al servicio de todos, entregándose
hasta dar su vida totalmente por nosotros en la Cruz. El Camino de Jesús es el
único que nos lleva al Reino del Padre. A todos nos invita a seguirle porque su
mayor deseo es que todos lleguemos a la meta. A todos nos invita, aunque muchos
no responden.
Cada vez que alguien sufre por
algo, tiene un tropiezo o recibe un golpe, el Señor nos está invitando a hacer
algo por él. Dia a día el Señor nos está invitando a colaborar con Él en la
construcción de su Reinado. En estos tiempos difíciles de tantos imprevistos y
limitaciones, es especialmente importante estar despiertos y dispuestos a
ayudar, a compartir, a animar. ¡Tantas oportunidades se nos ofrecen!! Ojalá sepamos aprovecharlas, sabiendo que, aun
un vaso de agua que se da por amor a alguien, no quedará sin recompensa. Que María, la Madre de Jesús, siempre
dispuesta a servir y acompañar, nos ayude a abrir la mente y el corazón para
que sepamos responder con generosidad y alegría a los llamados que el Señor nos
está haciendo. Amén.

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