2020.8.16 - En la lectura del libro del profeta Isaías (Is 56, 1.6-7) que escuchamos se afirma que los extranjeros que guardan la ley tienen un lugar en el templo, que será casa de oración para todos los pueblos. La antífona del Salmo (Sal 67) que repetimos fue: “Que te alaben, Señor, todos los pueblos”. En la carta a los Romanos (Rm 11,13-15.29-32) Pablo expresa su convicción de que todos alcanzan la misericordia de Dios, también aquéllos que se rebelan contra él. Finalmente, en el evangelio de Mateo (Mt 15,21-28) se nos relata el encuentro de una cananea con Jesús, que le hace caer a Jesús en la cuenta de sus prejuicios y le da la oportunidad de convertirse.
El mundo en el que vivimos está lleno de exclusiones: los enfermos y las contagiadas, los políticos corruptos y negligentes, las de las otras iglesias, los de otras religiones, las extranjeras, los de los otros partidos, las de otra condición social, los pobres, las hijas ilegítimas de las otras, los viejos que aparecen detrás de la tercera edad, los que no pertenecen a la familia, las de otras razas y etnias, los que no tienen nuestro nivel cultural, las pecadoras, los perdidos, las sin remedio, los locos, las indigentes, los alcohólicos y drogadictas, los enemigos, en síntesis, quienes pertenecen y quienes no.
Jesús, hijo de su tiempo, como nosotras y nosotros del nuestro, tenía prejuicios. El encuentro con la cananea lo muestra claramente. Jesús primero la ignora, y luego la desprecia, por ser una extranjera, no perteneciente a su pueblo ni a su religión, una pagana, idólatra. En el encuentro y diálogo con Jesús esta mujer experimenta la estrechez de Jesús, sus prejuicios, pero no los hace suyos. Más bien le dan la oportunidad de reconocerse tan hija de Dios como el prejuiciado Jesús. Al caer en la cuenta de los prejuicios de Jesús y no discriminarlo, ni excluirlo, experimenta que también ella pertenece, tanto como él. Y es que la condición para excluir es excluirse. Solo resistiendo la tentación de excluir a alguien por su diferencia, podemos sentir que pertenecemos plenamente.
Así, el Dios al que esta mujer cananea le dio la oportunidad a Jesús de convertirse, es un Dios que hace salir su sol sobre buenas y malos, y caer su lluvia sobre justos e injustas (Mt 5,45); es un Dios que ama a sus enemigos y ora por sus perseguidoras (Mt 5,44); es un Dios en el que también los muertos viven (Mc 12,27); es un Dios que no devuelve mal por mal (Mt 5,38-41); es un Dios que para asegurarse que todas pertenezcan perdona no siete, sino setenta veces siete (Mt 18,21-22); es un Dios que busca la oveja, la moneda, y el hijo perdidos (Lc 15,1,32); es un Dios que se sienta a la mesa con publicanos y pecadores (Mc 2,16); es un Dios que se deja tocar por prostitutas (Lc 7,36-50) y leprosos (Mc 1,40-45); es un Dios cuyo reino está presidido por los publicanos y las prostitutas (Mt 21,31); es un Dios que nace en un establo para que todos tengan acceso a él y que se deja recostar en un pesebre envuelto en pañales para que nadie le tenga miedo (Lc 2,6); es un Dios que se hace rodear de malas compañías para que nadie se sienta indigna de él (Lc 15,1); es un Dios que muere fuera de las murallas de la ciudad para que nadie quede excluido (Mc 15,22); es un Dios que muere como un maldito, para que nadie lo sea (Dt 21,23).
Agradecemos, pues, a esta mujer cananea que dándole a Jesús el lugar que él se negaba a darle a ella, le hace experimentar a ese Dios que alcanza para todas y todos, porque todas, todos y todo – lo pasado, lo presente y lo por venir – pertenecemos, tenemos nuestro lugar, como sus criaturas, como sus hijas e hijos entrañablemente amados, y, por tanto, hermanas y hermanos de todo lo creado.

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