2020.9.01 - En el evangelio de Lucas (Lc 4,31-37) que escuchamos se nos relata la expulsión de un demonio de un hombre por parte de Jesús con autoridad.
Los demonios son fuerzas que impiden vivir plenamente. El miedo, las adicciones, la violencia, la codicia son todos ejemplos de demonios que nos impiden vivir en la libertad de las hijas e hijos de Dios.
Dejándonos llevar por lo que vemos en películas, podemos creer que la expulsión de demonios es una lucha. Pero esa lucha es la que no vemos nunca en las expulsiones de demonios realizadas por Jesús. Por el contrario, una y otra vez se nos dice que Jesús expulsaba los demonios con autoridad. Pelear o luchar con un demonio es ponerse a su mismo nivel. Jesús nunca hace eso. Se dirige a él con autoridad y libera de él a la persona afectada. La forma de expulsar demonios de Jesús tiene que ver con reconocerlos, honrarlos y darles su lugar.
Pensemos, por ejemplo, en una mujer sometida a un varón que abusa de ella. Una forma de ver esta situación, es decir que el marido es el responsable de la situación. Mientras veamos las cosas así, la mujer va a tener poco que hacer mientras el marido no cambie. La otra manera de ver esto es decir que la mujer es responsable de su situación. Aunque esto parece cargar todavía más a la mujer, hace que la solución del problema esté en sus manos, y no en las de alguien más. Éste es el gran problema de victimizar a alguien: se le des responsabiliza y se le des empodera.
Frente a una mujer abusada por su marido Jesús reconocería ese abuso, lo nombraría. Luego lo honraría, vería de dónde viene en la historia familiar y social. Y entonces le daría el lugar que le corresponde, permitiéndole salir de la mujer abusada si ésta así lo desea.
Así, la autoridad de Jesús proviene de su amor, esto es, de su capacidad de acoger, de darle su lugar, de honrar a todos, a todas y a todo. El Dios de Jesús es un Dios inclusivo, es el Dios que hace salir su sol sobre buenas y malos, y caer su lluvia sobre injustas y justos (Mt 5,45). Es el Dios que no devuelve mal por mal (Mt 5,38-39). Es el Dios que ama a los enemigos y reza por quienes lo persiguen (Mt 5,43-44). Es el Dios que perdona 70 veces siete (Mt 18,22). Es el Dios que se deja envolver en pañales y recostar en un pesebre para que nadie le tenga miedo (Lc 2,12). Es un Dios que muere fuera de las murallas de Jerusalén para que nadie quede excluido (Mc 15,22). Es un Dios que muere como un maldito (Dt 21,23), para que ya nada ni nadie lo sean.
Ahora, el camino para llegar a este amor es la gratitud. Porque si es verdad que el amor todo lo puede, la condición es agradecerlo todo. Así, el cambio es posible, pero no expulsando sino integrando.
En este mundo poseído por los demonios de la codicia, que en plena crisis roba descarada e impunemente fondos públicos destinados para aliviarla; de la violencia que es una pandemia de muy larga data, sumamente extendida y muy intensa; del miedo que nos hace huir negando la realidad de lo que está pasando, que nos hace atacar buscando enemigos a quienes culpar y castigar, o que nos hace paralizarnos inmovilizándonos en nuestras casas aisladas de los demás; en este mundo es que Jesús nos invita a actuar con autoridad, con la autoridad de un amor agradecido que a todas, a todos, y a todo les da su lugar liberándolos del estigma del rechazo y la exclusión, al tiempo que nos permite tomar nuestro lugar en la sinfonía de la creación.
Así, nuestro mundo se verá libre de demonios, porque todas, todos y todo tendrán su lugar, ese lugar que solo la gratitud, la acogida y la honra pueden dar.

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