2020.9.24 - Homilia Lc.9,9 Herodes sentía curiosidad de ver a Jesús.
Herodes se enteraba de las cosas que ocurrían pero sin ser capaz de descubrir el sentido profundo de esos acontecimientos. Él estaba demasiado ocupado con los asuntos del gobierno y de mantener su poder a toda costa como para pensar un poco en el llamado que también era para él.
Porque la Buena Noticia era para todos, él también incluido. El Evangelio lo es para todos, buenos y malos, pobres o ricos, judíos o romanos, pues todos somos creaturas de Dios. Y Él a todos nos ha creado por amor. Todos llevamos, en lo más profundo de nuestro ser, algo de Dios y por tanto algo muy valioso y amable. Pero también a cada uno nos pide una respuesta, que será personal y propia según la situación de cada uno. Y que siempre conduce a cambios radicales, a veces muy dolorosos, pero que llevan a la luz y la alegría más profunda.
Aun la gente más perversa y egoísta lleva en lo profundo de su ser algo de Dios. Pero ese algo puede permanecer oculto cuando nos dejamos dominar por la codicia, la envidia, la soberbia, el egoísmo y todos lo malos espíritus, que nos encierran con una coraza muy difícilmente traspasable. Es el caso de Herodes, instalado en su riqueza, su soberbia, sus lujos, su poder, e insensible al dolor y los sufrimientos de tantísima gente a su alrededor. El caso del joven rico, el del rico Epulón y de tantos otros. Herodes “sólo sentía curiosidad” ante los signos tan magníficos que acontecían a su alrededor. Pero esa curiosidad era insuficiente para abrir un poco su corazón y dejar entrar algún resplandor del amor del Señor. Ya Jesús lo decía, después de proclamar las Bienaventuranzas: “Hay de ustedes los ricos y poderosos, porque se han dejado ahogar en el lujo y el placer” y eso les ha podrido el corazón. A veces nos podemos acercar a las cosas de la religión sólo o principalmente por curiosidad, o porque hay cosas bonitas y agradables y atractivas en los cultos o festejos. Pero no aceptamos que nos toquen algo de lo que son nuestros intereses particulares. Entonces nos echamos para atrás.
Los Apóstoles lo fueron dejando todo (o mucho) por seguir a Jesús. Y el Señor les promete el ciento por uno de lo que dejaron y además la Vida eterna. Y eso vale también para nosotros y para todos los que queramos seguir su camino. Pero hay mucha gente que sólo ve sus llamados con curiosidad, o a veces ni con ella y por ello siguen cerrados a la Luz y al Amor.
Pidámosle al Señor que no permita que nos quedemos encerrados en nuestro corazón egoísta e insensible. Pidámosle que acercándonos a los que sufren, se ablanden nuestras entrañas, para que así descubramos los llamados que nos está haciendo a través de ellos, y respondiendo con generosidad y alegría, colaboremos en acercar la venida de su Reino.

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