viernes, 11 de septiembre de 2020

2020.9.11 - señala el dicho, que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”

2020.9.11 - En las lecturas que hoy escuchamos se nos enseña la importancia de la tarea de saber ser guías para la comunidad. San Pablo lo asume como la tarea más importante que brota a partir del Evangelio mismo, el cual es la Buena Nueva que debe ser comunicada a toda persona y a partir de lo cual hemos de guiar nuestras vidas y nuestras acciones. 

Jesús nos dice en el evangelio que ningún ciego puede guiar a otro ciego, porque al final terminarán cayendo ambos a un hoyo. Y el problema es cuando esos ciegos terminan encegueciendo a multitudes, las cuales asumen pasivamente las pretensiones de aquellos, dejando de lado la libertad dada por Dios para asumir cada quien el compromiso de ser guías de la comunidad. Sobre todo, como señala el dicho, que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y hoy en día encontramos muchos que a veces niegan la realidad de la pandemia que enfrentamos, negando la existencia del Covid19 o encerrándose en su visión egoísta que solo busca su bienestar sin medir las consecuencias para los demás. Eso guías ciegos, no quieren ver la realidad de injusticia, corrupción, desorganización que promueven con sus propuestas y con ello han llevado a la sociedad al caos y crisis actuales. Han demostrado ser guías ciegos incapaces de guiar a los demás.

Como parte de esta tarea de ser guías para la comunidad, Jesús señala la importancia de ser transparentes en nuestra forma de proceder. Y para eso lo ilustra desde la metáfora de aquél que pretendiendo corregir a los demás y ser guías para ellos, no es capaz de mirar primero su propia vida y saber corregir su estilo de vida, incongruente y alejado del evangelio. 

San Pablo describe de forma sencilla como un guía debe ser capaz de identificarse con las causas y las necesidades de su pueblo, al punto de hacerse uno con los demás, comenzando con los débiles y haciéndose débil con ellos para permitirles así sentirse incluidos en ese proyecto de liberación y salvación. 

Es lo que descubrimos desde el Dios de Jesús que para acercarse a nosotros y nosotras decide humanizarse, no desde los privilegiados de este mundo, sino a partir de los excluidos, de los marginados, de los pobres y débiles de la tierra, para así permitir la posibilidad de que todas y todos nos sintamos incluidos, y no haya ningún tipo de exclusión. 

Si queremos asumir un estilo de vida desde la forma de proceder de Jesús, debemos empezar por limpiar nuestra ceguera. Quitar las vigas de la hipocresía, de la falsa piedad, del conformismo, de la comodidad, de la indiferencia y de la discriminación que no nos dejan ver y denunciar la corrupción desmedida a nuestro alrededor y el letargo silencioso que vive la comunidad ante los atropellos suscitados en esta crisis. El evangelio nos urge en dar paso a la solidaridad, a la fraternidad, al compromiso con la vida en todas sus expresiones y sobre todo a propiciar relaciones humanas desde el amor agradecido que nos viene de Dios. Un amor que brota como experiencia de otro amor primero y que lleva a san Pablo a sentirse agradecido con ese amor y por tanto, comprometido a anunciar el evangelio como una misión ineludible para lograr transformar la realidad que le rodea. 

También nosotras y nosotros debemos asumir el compromiso que conlleva la misión del evangelio, como una urgencia en la cual todas y todos estamos comprometidos; en una carrera por la vida, una vida digna de seres humanos, sin exclusión, tal como Dios lo ha querido para todas sus hijas e hijos. Dejémonos guiar ante todo por quien es el Camino verdadero que nos conduce a la Vida, el estilo de vida de Jesús de Nazaret que se hizo pobre entre los pobres para hacernos a todas y todos, hijas e hijos de un mismo Dios y Padre. De esa forma no seremos guías ciegos y podremos guiar nuestras vidas y la de los demás por caminos de justicia y paz verdaderas.

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