2020.9.29 - Hoy estamos celebrando la fiesta de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Ángel en hebreo significa enviado, los arcángeles son envidados de Dios y sus nombres apuntan a tres aspectos diversos de la presencia de Dios: Miguel, ¿quién como Dios?, una admiración que desemboca en profunda gratitud; Gabriel, la fuerza de Dios; y Rafael, la sanación de Dios. Así, pues, como que los arcángeles, cuya fiesta celebramos hoy, ponen de manifiesto tres aspectos de la experiencia de Dios: una admiración que desemboca en gratitud, la fuerza de la presencia de Dios, y el efecto sanador de su presencia.
Tanto la primera lectura del libro de Daniel (Dn 7,9-10.13-14) como la del evangelio de Juan (Jn 1,47-51) que escuchamos hoy tienen como denominador común hablar de un personaje misterioso: el hijo del hombre. Daniel lo describe como alguien que recibe la soberanía, la gloria y el reino, al que sirven todos los pueblos, cuyo poder es eterno y cuyo reino es por siempre perdurable. El relato de Juan es mucho más modesto: el hijo del hombre es aquél sobre el que se abre el cielo y sobre quién suben y bajan los ángeles de Dios.
Pareciera que el único nombre que Jesús utilizó para referirse a sí mismo fue el de “hijo del hombre”. Los evangelios nos explican qué significa este nombre. De José, de quien los evangelios afirman que tiene ascendencia davídica se nos dice que quiso repudiar a María porque ésta quedó embarazada antes de vivir con él (Mt 1,18-19). De la ascendencia de María no se nos dice nada. Es una jovencita campesina de una aldea de mala fama, Nazaret (Jn 1,46). Por su ascendencia, pues, Jesús es un hombre común y corriente. El signo que los ángeles les dan a los pastores para reconocer a Jesús, es el de un niño envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre, sobre una canoa (Lc 2,12). No había habido lugar en la posada. Más corriente no pudo haber sido el nacimiento de Jesús. La percepción de la compañía de Jesús parece bien reflejada en el comentario: “Es un comilón y un borracho, amigo de cobradores de impuestos y pecadores” (Mt 11,19). Nuevamente, los amigos de Jesús no pudieron haber sido más corrientes. Y si vemos su muerte, Jesús no muere ni siquiera como un hombre corriente, sino como un maldito (Dt 21,23), al cual Dios no baja de la cruz (Mc 15,32).
Sobre este hombre vulgar y corriente se nos dice que suben y bajan los ángeles de Dios desde un cielo abierto. Es lo que pasa también en su bautismo cuando se rasga el cielo, el Espíritu Santo baja sobre él y se escucha una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, en ti he puesto mi favor” (Mc 1,10-11). Y es lo que se repite en la transfiguración cuando una voz desde la nube afirma: “Éste es mi Hijo, el amado: escúchenlo” (Mc 9,7). Por último, es lo que afirma el centurión al ver morir a Jesús, esta vez desde la tierra y al pie de la cruz: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).
La buena noticia de los evangelios es que el hijo del hombre es el Hijo de Dios, y que, por tanto, todas y todos, comenzando por la gente común y corriente somos hijas e hijos de Dios, y esto, independientemente de nuestra ascendencia, de nuestra vida y de nuestra muerte. Y la única razón para ser sus hijas e hijos está en el amor de Dios, en que somos sus hijas e hijos amados. Cuando logramos reconocer, sentir, experimentar esto, no podemos menos que maravillarnos de Dios, exclamando: “¿Quién como Él?” con el corazón colmado de gratitud. Y entonces experimentamos al mismo tiempo su fuerza, la fuerza de su amor al descubrir que “ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni las fuerzas del universo, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas espirituales, ya sean del cielo o de los abismos, ni ninguna otra criatura podrán apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,38-39). Y, entonces, sentimos cómo su amor acogido con gratitud sana nuestro interior de cualquier abandono, rechazo, desprecio, herida, al experimentarnos como hijas e hijos bien amados de Dios a quien nos atrevemos a llamar, en comunión con todos y cada uno de los seres humanos, “Padre Nuestro”. Y, es entonces que somos capaces de realizar plenamente nuestra vocación, al responder con amor a su amor entregándonos libre y generosamente.

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