2020.9.21 - Homilia Mt,9,12 No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos.
Celebramos hoy la fiesta de S. Mateo, el cobrador de impuestos. Los cobradores de impuestos eran, en tiempos de Jesús, gente depreciada, tenidas por traidores y colaboradores de los romanos invasores, gente maldita ante Dios y ante el pueblo, pero temida, porque siempre andaban con resguardo militar. Eran profundamente marginados. Y Jesús, siguiendo su pauta de buscar a los despreciados y marginados por la religión judía, lo llama para ser uno de los apóstoles. Mateo responde con generosidad: Se levanta, deja todo y le sigue. Y lo hace con gran alegría y hasta organiza un banquete con sus amigos para celebrarlo, al que, por supuesto, invita a Jesús y sus discípulos.
Esto sorprende mucho a los fariseos que ven en este gesto, algo totalmente contrario a las leyes de pureza legal de los judíos devotos. La comida fraternal con gente que abiertamente desprecia los preceptos y costumbres religiosas de Israel se considera como un grave pecado contra Dios y contra el pueblo: fraternizar con los enemigos de la religión. Y Jesús lo hace a sabiendas del escándalo que produce. Pero lo hace para darnos una enseñanza e invitarnos a abrir los ojos y descubrir el amor del Dios verdadero. Y cita a Os.6,6: “Más quiero la misericordia que no todos los cultos y sacrificios”.
Dios es Amor y sólo Amor y lo que más desea es hacernos partícipes de ese amor. Ese amor que sufre cuando ve que nos cerramos a él. Porque nuestra vida está en que descubramos ese amor que Él nos tiene y que nos dejemos guiar por Él, para crecer como verdaderos hijos de Dios. Y Jesús ha venido para ayudarnos a abrir los ojos y a que, descubriéndolo, nos hagamos partícipes de esa vida. Toda la religión se basa en ello y cuando en vez de descubrirlo nos lo oculta, resulta algo falso que hay que eliminar.
Nosotros ocultamos al Dios-Amor cuando lo presentamos como un Dios justiciero y castigador de los malos y rebeldes; lo presentamos como un ídolo, que desde su trono de poder, amenaza y castiga a los que faltan a la ley y premia y bendice sólo a los que la observan y cumplen exactamente. Esa era la imagen de Dios que muchos fariseos tenían en su cabeza y que intentaban imponer a los demás. Y Jesús se revela contra ello, para mostrar así el rostro del verdadero Dios, que es Amor y solo Amor.
Mucha gente rechazamos una imagen de Dios que sea ante todo poder y fuerza y que impone unas leyes a su capricho y castiga terriblemente a los que las desprecian y faltan a ellas. Jesús también lo hace, por ser una imagen falsa de Dios. Quien tiene una imagen así, está ciego y enfermo. Y por eso, Él viene, ante todo, a abrirnos los ojos y a descubrirnos el rostro verdadero de Dios y a sanar así a los enfermos. En tiempos de Jesús había mucha enfermedad y los judíos la consideraban como castigo de Dios por nuestros pecados. Por eso el remedio consistía en arrepentirse, para que Dios le perdonara, y al enfermo se le consideraba un pecador necesitado de arrepentimiento y penitencia.
Jesús es consciente que las enfermedades son un desorden que contradice la sabiduría y el amor con que Dios ha creado todo cuanto existe, es decir su raíz es el pecado. Y por eso, lo primero que hace es expulsar los malos espíritus, Satanás que todo lo pervierte y contamina. Y cuando los malos espíritus salen, las personas se sanan. Pero para Jesús, los enfermos son, ante todo, víctimas del mal espíritu, no sólo pecadores. Sí necesitan conversión, pero, ante todo, liberarse de esa imagen falsa de Dios, de ese ídolo que está en sus corazones. Y eso ocurre cuando uno descubre el amor y la misericordia del verdadero Dios. Para Dios, nadie está nunca perdido irremediablemente, nadie está excluido de su misericordia. Pero sí todos necesitamos de conversión permanentemente y así el mal espíritu no podrá apartarnos del camino de la vida y la paz.
Por eso Jesús anuncia continuamente la Misericordia y el Amor del Padre y no se cansa de invitarnos a la conversión, porque siempre quiere nuestro mayor bien. Y sus discípulos hemos de seguir ese camino: no el de querer imponer el orden y la ley por la fuerza, como intentaban los fariseos, sino el de mostrar la misericordia y la compasión por el pecador, el débil, el enfermo y el descarriado, revelando el verdadero rostro de Dios. Esa es también la misión de todo cristiano.
Jesús muestra siempre su preferencia por los excluidos y marginados por la ley, porque no quiere que nadie se pierda. Por eso se acercaba a los enfermos, los leprosos, los pobres, los publicanos, las prostitutas, y las personas que, según la ley, estaban perdidas irremediablemente, aquellas que ellos consideraban como malditas de Dios. Pero que, según Jesús, son los que descubren los pecados del mundo y son una invitación continua a la conversión de todos, “cargando con las consecuencias de los pecados de todos”, los crucificados de la historia, como Jesús. Y que Jesús llama “benditos”, “felices” porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Que le Señor y su Santísima Madre, los verdaderos “pobres con Espíritu” nos sigan ayudando a avanzar por los caminos que ellos siguieron durante toda su vida en este mundo. Y que la crisis que estamos pasando nos ayude a sentirnos más hermanos unos de otros y comportarnos como verdadera familia de Dios. Amén.

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