2020.9.10 - Las lecturas de hoy nos colocan en el centro de la reflexión frente al amor. Un amor que brota como experiencia de un amor primero, generoso, incondicional, eterno y totalmente agradecido. Por lo cual, todas nuestras acciones deben estar guiadas por y desde esa experiencia de amor primero, de esa manera sabremos que somos inspirados por Dios y por tanto, que Dios habita en nuestras vidas.
Las lecturas nos llevan a mirar nuestras conductas. En todo lo que hagamos debemos tener presente a nuestras hermanas y hermanos más pequeños, procurando ante todo de no escandalizarles con lo que hagamos. El criterio debe ser el amor que nos viene de Dios y que a la vez debemos mostrar a los demás, sabiendo que el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras.
El caso que nos relata San Pablo en su carta a los Corintios es una invitación a ser prudentes en nuestro actuar, sabiendo que podemos hacer mucho bien mediante el testimonio que mostremos a los demás y también podemos ser motivo de escándalo si nuestras acciones no son bien interpretadas y pueden dar ocasión de confusión o desánimo para los demás. Así pues, el padre o la madre, no pueden decir a sus hijas e hijos una cosa y hacer otra contraria a ello, porque ante todo hay mayor importancia para sus hijas e hijos del comportamiento de sus padres que del discurso que puedan darles. Esto también a nivel comunitario. Hemos escuchado muchas palabras en este tiempo, muchas falsas promesas de cero corrupción, de no impunidad, de actuar con transparencia, sin embargo, las acciones muestran todo lo contrario, el despilfarro de los fondos destinados para la crisis, las pocas ayudas que llegaron a algunas personas, el desabastecimiento y los escándalos de mala administración en los hospitales, y ante todo la desorganización con que se ha manejado la crisis y la apertura económica. Todas estas situaciones nos llevan a mirar con claridad la incongruencia existente entre los discursos y los actos corruptos. Y por otro lado la pasividad con que la mayoría de las veces nos quedamos frente a todo esto.
Jesús pone el dedo en la llaga al invitarnos, no solo de palabra, sino sobre todo desde sus acciones, a construir una vida desde relaciones fundadas en el amor. “Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes”, esta se ha convertido en la regla de oro para nuestras relaciones humanas. Es lo que Jesús mismo nos propone al invitarnos a “amar al prójimo como a sí mismo”. Ahora bien, esto será posible solamente en la medida en que nuestras vidas y nuestras acciones hacia los demás se originen desde esa experiencia de sentirnos realmente amadas y amados por ese amor primero de Dios. Solo así podremos dar con generosidad lo que gratuitamente hemos recibido con don inefable de Aquél que nos ha amado al crearnos.
De esa forma, será posible entonces vivir haciendo el bien a quien nos aborrece, bendecir a quien nos maldiga, orar por quien nos difame, dar al que nos pida, porque nos habremos dado cuenta que realmente hay más alegría en dar que en recibir, que se vive mejor desde la libertad de no andar juzgando, sino es desde el amor misericordioso de Dios. De esa manera, seremos capaces de perdonarnos y construir juntas y juntos una sociedad distinta donde no primen mis intereses egoístas, sino el desarrollo humano de todas y todos. Así será posible una sociedad inclusiva capaz de respetar las diferencias; sabiendo que hay un solo Dios que nos ha creado a todas y todos, y porque nos ha creado, nos conoce y porque nos conoce, nos ama tal y como somos, y por eso quiere lo mejor para cada uno de sus hijos e hijas muy amados. Pues al final, nos dice Jesús, que nuestra medida debe ser el amor sin medidas y por eso, con la medida con que midamos a los demás seremos medidos nosotros en nuestras vidas, solo y únicamente desde el amor.

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