2020.9.19 Homilia Lc.8,10 Dichosos ustedes porque ven y oyen y entienden.
Y Jesús nos dice que la Palabra de Dios es como algo parecido: entra por los oídos, no a la fuerza, sino con suavidad, si uno escucha y pone atención. Y despacito penetra hasta el corazón, donde poco a poco va arraigando si encuentra un corazón disponible. Dios no impone su Palabra con bulla y ruido, con parlantes y estridencias, con gritos y amenazas, sino de un modo humilde y sencillo. Siempre es una invitación, una sugerencia amorosa, no una imposición violenta. Y requiere que el que la recibe esté dispuesto a escuchar y responder. Es necesario tener los oídos abiertos y el corazón bien dispuesto, como la tierra labrada y húmeda, preparada por la lluvia que la pone blanda y acogedora, donde la semilla rápidamente puede germinar. No se puede sembrar en tierra reseca, árida; sería perder la simiente inútilmente.
El oído abierto significa que no esté aturdido por los ruidos de la propaganda, los gritos que intentan llevarnos por caminos diferentes de nuestro bien. Por amenazas o promesas falsas, engañosas, que infunden en nosotros miedo y terror. La propaganda siempre busca que decidamos y actuemos siguiendo otros intereses ajenos a nuestro bien, ocultos por el ruido físico ensordecedor. Pero también los ruidos que nacen en nosotros causados por los malos espíritus de la envidia, el resentimiento, la codicia, la venganza, etc. Sólo el humilde, que se siente limitado y necesitado del apoyo y la ayuda de otros tiene el oído abierto para poner atención a las sugerencias que le hacen. Sólo el que es consciente de las propias limitaciones y debilidades se da cuenta también de que, junto a ello, Dios también ha dispuesto de cosas muy valiosas en cada uno de nosotros.
Una persona orgullosa, que oculta sus limitaciones y debilidades, no puede escuchar ni poner atención a las sugerencias que le vienen de Dios a través de los hermanos y de las circunstancias de la vida. Y se arriesga a dejarse manipular por intereses ocultos que le llevan a su propia ruina. Y cerrado en sí mismo, no desarrolla los carismas y dones que el Señor pone en él, para hacerlos fructificar en el servicio a los demás. Satanás lo tiene fácil con esas personas. Son fáciles de engañar y dejarse enredar en su soberbia que les conduce a su ruina.
Jesús habla de ver y oír para entender. Quien tiene los oídos y los ojos abiertos, descubre el amor de Dios en las personas y cosas que le rodean, entre las que vive. Siente las invitaciones que el Señor no deja de sugerirle para responder con generosidad y decisión y descubre cómo, a través de ellas, va creciendo en espíritu y verdad y recorre caminos de luz y de alegría. Por eso el gran esfuerzo y creatividad de Jesús para abrirnos los ojos y los oídos para que entendamos cómo Dios nos quiere y cómo su Amor y Providencia llenan la tierra. Los “milagros” que Jesús más frecuentemente hacía eran abrir los ojos a los ciegos y los oídos a los sordos, para que todos veamos y oigamos y avancemos por los caminos de la Paz y la Vida.
Jesús usaba mucho de parábolas y comparaciones para ayudarnos a descubrir cómo el Padre es Amor y solo Amor. Las parábolas y comparaciones son un instrumento maravilloso para que su Espíritu nos ilumine y poco a poco nos abramos a su amor y su misericordia. Algunos sí se abren y empiezan a ver y oir, mientras otros se cierran. Y a Jesús le duele en el corazón encontrar esa cerrazón en tantos que, cerrados en sus mentes, aunque tienen oídos, no oyen, y aunque tienen ojos, no ven, ni entienden y se cierran así al Amor de Dios, que a todos nos ha creado por amor, que nos quiere a todos sin exclusión alguna y que a todos quiere llevarnos a nuestra plena felicidad, a que lleguemos así a la plenitud de su Reinado. Por eso Jesús inventa tantas parábolas y comparaciones para facilitarnos abrir ojos y oídos. Sin forzarnos, sin obligarnos y con gran respeto y delicadeza. Y le duele tanto la cerrazón de muchos, a veces gente muy religiosa. La revelación plena y definitiva del Amor de Jesús por nosotros es la entrega en la Cruz por todos y cada uno de nosotros. Ante la Cruz, algunos abren sus ojos, como los soldados que le mataron y muchos discípulos que le seguían; otros los cierran, como muchos fariseos y gente muy religiosa. En nosotros está el abrir o cerrar los ojos y los oídos. Que el Señor y nuestra Madre, María Santísima nos sigan ayudando a avanzar por el camino y que también nosotros ayudemos a tantos hermanos nuestros a abrir los ojos y los oídos para descubrir el inmenso amor de Dios por cada uno de nosotros y nos vayamos acercando más y más a su Reino. Amén.

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