El Evangelio de Lc. que estamos meditando nos relata cómo la predicación de Jesús empieza a atraer a mucha gente. Sentían que el anuncio del Reino, como Jesús lo hacía, despertaba en ellos nuevas esperanzas, nuevas luces, nuevos ánimos que invitaban a ver sus propias vidas de un modo nuevo, lleno de paz y de vida. Jesús primero liberaba a las personas del miedo y de sus malos espíritus y de ello se seguía la sanación de muchas enfermedades y dolencias. Para los judíos de entonces, las enfermedades del cuerpo eran consecuencia de los trastornos del alma provocados por los malos espíritus, es decir, la codicia, la envidia, el resentimiento, el odio, la mentira, y todo aquello que iba contra la Ley de Dios. Creo que esa idea, que quizá muchos ahora no comparten, tiene mucho de verdadero, también en nuestros tiempos. Si reflexionamos un poco nos daremos cuenta de que una persona dominada por esos y otros “malos espíritus”, fácilmente experimenta dolencias que no se sanan con pastillas o medicinas, porque su raíz es más bien espiritual. Y es en lo profundo de nuestra persona donde están las raíces de muchos males; no de cualquier enfermedad, pero sí de muchas dolencias. A veces la gente dice que a fulano le “hicieron un mal” y por eso se enfermó. Piensan que el “maleficio” viene de fuera, de otros. Pero Jesús viene a decirnos que, si nos dejamos guiar por su Espíritu, nadie puede hacernos un mal, porque Él es más fuerte que todos los “malos espíritus”. Jesús primero nos libera de los malos espíritus y de ahí surgen muchas sanaciones. Por eso mucha gente lo seguía y lo escuchaba con atención y experimentaban esa liberación. Y ello no es cosa sólo de aquellos tiempos, sino también de estos. Pero para que eso se manifieste es necesario confiar en el Señor y actuar como Él nos indica.
Para que esta enseñanza penetre en el corazón de los apóstoles, Jesús les hace pasar por una prueba: Después de una noche de trabajo y esfuerzo, que termina en un fracaso: “hemos trabajado toda la noche y no hemos conseguido nada” y después de que ellos escuchan con paciencia y atención su Palabra, les dice: “echen la redes para pescar”. Pedro, confiando en sus Palabras, lo hace y se produce el gran prodigio, algo totalmente inesperado y asombroso: la pesca milagrosa.
Yo creo que esto es, también para nosotros, una gran enseñanza. Primero lo importante que es escuchar la “Palabra de Dios” con atención y disponibilidad. Ello nos ilumina en nuestro interior, echando fuera los “malos espíritus”: el miedo, la pereza, el capricho, la codicia, el egoísmo, etc. y liberados de ellos, dispuestos a hacer lo que Él nos enseña, responder con hechos a sus invitaciones, haciendo lo que se nos indica con decisión y dedicación. Y reconocer el fruto del trabajo como un regalo de Dios. Este es el camino que el Señor nos enseña: Un camino que nos lleva a responder con amor al amor que Él nos manifiesta primero.
En los tiempos que estamos pasando, llenos de incertidumbres y desconciertos, creo que es importante dedicar más tiempo y atención a escuchar la Palabra de Dios en la Iglesia, en la Comunidad. Esta Palabra nos ilumina, y nos libera del miedo y de los “malos espíritus” que siempre intentan distraernos y desviarnos del Camino. Y después, confiando en el Señor, nos da la fortaleza para arriesgarnos por los caminos del servicio a los más débiles, la atención a los marginados, y la creación de nuevas formas de vida y convivencia como el Señor nos enseña caminando a la par con nosotros. “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Y nos lleva a vivir todo este proceso con paz y alegría, experimentando la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas. Creemos en el Señor resucitado y esta Fe es una invitación continua a dejarnos guiar por su Palabra, que ciertamente, nos llevará a arriesgarnos en nuestros caminos, pero que también es una gran fuente de paz y de fortaleza.
El Señor quiere llevar la salvación y su Reino a todas las gentes y para ello quiere servirse de colaboradores, de nosotros. Pero es necesario pasar por pruebas, como los Apóstoles, para hacernos “pescadores de hombres”. No basta con ser oidores de la Palabra. Es necesario arriesgarse a echar las redes, aunque parezca dificultoso que vayamos a conseguir “pesca”. El Señor conoce nuestra debilidad, pero nos da la gracia necesaria. Nos llamó por el Bautismo. Nos va fortaleciendo y ayudando a crecer día a día con su Palabra, con los Sacramentos y con la vida de tantos hermanos que la viven con generosidad y decisión. Y nos ofrece tantas oportunidades de ir desarrollando los carismas que Él pone en nosotros. Aprovechemos tantas ocasiones que se nos ofrecen para ir creciendo en el amor y la misericordia y hacernos así semejantes a Él.
Que nuestra Madre María que respondió con un SI generosísimo desde lo más profundo de su corazón a la invitación del Señor, nos acompañe en nuestro caminar y nos ayude a responder al Amor de Dios como ella misma supo responder. Amén.

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