2020.9.20 - En el evangelio de Mateo (Mt 20,1-16) que escuchamos se nos relata una parábola en la que se dice que el reino de los cielos es semejante a un propietario que sale a contratar trabajadores para su viña a diferentes horas del día. Al atardecer le pide al administrador que comenzando por los últimos les pague a todos. A todos les dio un denario. Los primeros protestan porque les paga lo mismo que a los últimos. El dueño les responde que no les está haciendo ninguna injusticia ya que les está pagando lo acordado. Además afirma que él puede hacer con lo suyo lo que quiera, y que los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.
¿Qué nos dice esta parábola sobre el reinado de Dios y sobre el Dios de ese reinado? Lo primero que se nos dice es que el reinado de Dios tiene un carácter esencialmente igualitario. Esto no significa que en la comunidad de Jesús no haya diferencias. Hay miles de diferencias, cada miembro de la comunidad es único e irrepetible. Lo que significa es que las diferencias en la comunidad de Jesús nunca son fuente de privilegios. Pablo lo comprendió perfectamente cuando afirma que ya no vale judío ni griego, esclavo ni libre, varón o mujer (Gal 3,28). La comunidad de Jesús no es uniforme, todo lo contrario, es tremendamente pluriforme, pero todas y todos tienen el mismo valor. Por ser igualitaria, la comunidad de Jesús es también esencialmente incluyente. Nadie queda por fuera. Así el propietario contrata trabajadores también en la última hora. No quiere que nadie quede fuera.
Lo segundo que nos dice esta parábola sobre el Dios de ese reinado, sobre el Dios que convoca a la comunidad de Jesús es que la iniciativa la tiene él, no nosotras ni nosotros. En este sentido se nos dicen varias cosas. Primero, que Dios es amor (1Jn 4,16) y solo amor. Por eso es que hace salir su sol sobre buenas y malos, y hace caer su lluvia sobre justos e injustas (Mt 5,45). Segundo, que la inicitava la tiene él, porque el amor no consiste en que nosotras ni nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero (1Jn 4,10). Por eso en la parábola, es el propietario el que sale a buscar los trabajadores. Tercero, el amor de Dios es como el de un Padre por sus hijas e hijos. Por eso Jesús enseña a llamar a Dios Padre, pero Padre Nuestro (Mt 6,9), de manera que entre nosotras y nosotros todas y todos somos hermanas y hermanos.
Lo tercero que nos dice esta parábola es sobre la manera de responder a este reinado y a su Dios. La gratitud sentida y experimentada es la que hace posible responder con amor a su amor (Jn 1,16). Por eso, Jesús alaba a la prostituta que le regó sus pies con lágrimas, que se los secó con sus cabellos, que se los besó con sus labios y que se los ungió con perfume (Lc 7,44-47). Así, quien se fija en el denario, y en el trabajo realizado todavía no ha experimentado gratitud, ni el amor de Dios.
Es verdad, como dice Isaías (Is55,6-9) en el texto que leímos hoy, que los caminos de Dios no son nuestros caminos, porque así como dista el cielo de la tierra, así distan sus caminos de los nuestros, y sus pensamientos de nuestros pensamientos. La comunidad de Jesús es una comunidad radicalmente igualitaria en medio de la pluraridad, porque la diferencia no es fuente de privilegios. Por eso mismo, además, la comunidad de Jesús es incluyente, todas y todos son bienvenidos. Y esto por la sencilla razón de que no existen méritos, porque la iniciativa siempre es de nuestro Dios, limitándose lo nuestro siempre solo a una respuesta agradecida. Y por eso, quien siente envidia o se siente tratado injustamente, todavía no ha experimentado gratitud, ni se ha abierto al amor del Dios de Jesús, nuestro Padre.
Así, quiénes han experimentado gratitud, quiénes han exprimentado el amor de Dios, no pueden sino confesar con Agustín: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”
En la comunidad de Jesús todas y todos hemos llegado tarde, pero ha valido la pena, porque aunque tarde estamos aprendiendo a responder con amor al suyo.

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