2020.9.08 - Hoy estamos celebrando la fiesta de la natividad, del nacimiento de María. El evangelio de Mateo (Mt 1,1-16.18-23) que escuchamos nos habla de la ascendencia de José, que estaba desposado con María, que concibió por obra del Espíritu Santo a Jesús, salvador de su pueblo y presencia de Dios en medio de él.
¿Qué significa esta fiesta para nosotras y nosotros? María es celebrada como la Madre de Dios, porque dio a luz a Jesús, el Hijo de Dios. Sin embargo, en su vida Jesús el único título que utilizó para referirse a sí mismo fue el de hijo del hombre. En Israel actual esta expresión es un insulto que significa ser un cualquiera. Lo único, pues, que Jesús afirmaba de sí mismo era que era un cualquiera, un hijo de vecino cualquiera. Pero, ¿y la larga genealogía que presenta el evangelio en relación con David? El evangelio mismo nos dice que es la genealogía de José con quien María estaba desposado, pero que concibió antes de vivir con él. Y de María sabemos, por contraste con su prima Isabel, que no descendía de Aarón como ella. Así, lo que sabemos de Jesús era que era un cualquiera, hijo de una cualquiera.
Con todo, este Jesús experimentó que Dios era su Padre, que lo amaba con entrañas de madre, y que él era por tanto su hijo amado. Ésta es la experiencia que se refleja en el relato del bautismo (Mc 1,9) confirmada luego en el relato de la transfiguración (Mc 9,7). Pero la experiencia de Jesús como Padre suyo no fue exclusiva, sino inclusiva, y por eso enseña a sus discípulos a llamarlo Padre Nuestro (Mt 6,9). Jesús hizo de esta experiencia el fundamento de su misión: sentirse amado como hijo de Dios lo llevó a amar a las y los demás como a sus hermanas y hermanos.
Ahora, algo que llama la atención es que Jesús nunca recurrió a su experiencia como hijo de Dios como fuente de privilegios, sino que, por el contrario, dicha experiencia lo llevó a dejar de buscarlos. Y, por eso, precisamente, es que se entregó libre y generosamente como hijo del hombre.
María, entonces, no es Madre de Dios por su noble ascendencia, sino por haber concebido al Hijo de Dios. Y a eso apunta su virginidad: a su maternidad como obra del Espíritu Santo. Y esto, otra vez, no hay que entenderlo en sentido exclusivo, sino inclusivo. El fruto de las entrañas de toda mujer es obra del Espíritu Santo, y, por eso, hija o hijo de Dios.
La fiesta de la natividad de María nos da, pues, la oportunidad, de celebrar con ella nuestra propia natividad como hijas e hijos de Dios, concebidos por obra del Espíritu Santo.
El tiempo que estamos viviendo por la presencia del Covid19 en nuestras vidas nos permite dejar de buscar privilegios porque reconociéndonos como unos cualquiera experimentamos que Dios es nuestro Padre y que las y los demás son nuestras hermanas y hermanos, a quienes por fin podemos servir libre y generosamente como hijas e hijos de Dios. Y así, experimentaremos al Emmanuel, al Dios con nosotras y nosotros.
Pero, nos recuerda san Juan, aunque ya somos hijas e hijos de Dios, todavía no se ha manifestado lo que vamos a ser (1Jn 3,2), a lo mejor, compañeros amantes traspasados, con y como Jesús.
Gracias, María, por mostrarnos en la fiesta de tu cumpleaños que, como tú a Jesús, también nuestras madres nos concibieron por obra del Espíritu Santo para una aventura que apenas comienza.

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