jueves, 17 de septiembre de 2020

2020.9.17 - En el pasaje que hemos escuchado, un fariseo, muy listo, quiere cazar a Jesús con una trampa muy sutil: Le invita a comer, no como gesto de deferencia y amistad, sino para ver de desprestigiarle públicamente.

2020.9.17 Homilia Lc.7,47  A quien ama de verdad, todo se le perdona.       

Los fariseos siempre consideraban la Ley como la base de toda su relación con Dios. La Ley decía claramente lo que había que hacer y cumplir para poder exigir a Dios su salvación, el premio por cumplirla. Estaban cerrados a que pudiera haber algo por encima de la Ley. Y no podían soportar lo que Jesús anunciaba: que Dios es Amor y sólo Amor y que el amor está por encima de toda Ley. Y que todas las leyes sólo sirven si nos ayudan a crecer en el amor verdadero. Por eso siempre estaban al acecho, intentando desprestigiar a Jesús.

    En el pasaje que hemos escuchado, un fariseo, muy listo, quiere cazar a Jesús con una trampa muy sutil: Le invita a comer, no como gesto de deferencia y amistad, sino para ver de desprestigiarle públicamente. Y utiliza para ello a una mujer “de mala vida”. Probablemente la ha permitido entrar en su casa con toda la mala intención de engañar a Jesús. Un fariseo de prestigio, nunca permitiría que una mujer “de mala vida” entrara en su casa a la vista de todos. Pero en esta ocasión, buscó el modo de hacerlo y la mujer entró. Y se puso a mostrar, con gran respeto, pero con detalles muy significativos, el sincero amor que sentía por Jesús. Y el fariseo se escandaliza: Si este hombre fuera un profeta, no aceptaría que esta mujer lo tocara. 

    Entonces Jesús le hace ver la falta de detalles que el fariseo ha tenido con Él, que contrasta con el comportamiento de la mujer: Hipocresía frente a sinceridad y verdad. Lo que el Señor desea de nosotros es que descubramos cómo Él nos quiere, qué profundo e incondicional es su amor por cada uno de nosotros. Para despertar la respuesta del amor en nosotros. Amor que responde a un amor mucho más grande. La trampa que el fariseo le ha puesto a Jesús, Él la convierte en una revelación del amor que Dios nos tiene a nosotros, para que crezca en nosotros un amor semejante. Para hacernos semejantes a Él. Esto es algo que una mentalidad legalista, como la del fariseo, no puede comprender, algo que rechaza radicalmente. El que clasifica a las personas como buenas o malas, como cumplidoras y pecadoras, no puede aceptar que Dios nos ama a todos y que su mayor deseo y voluntad es el bien y sólo el bien de todos y cada uno de nosotros. 

    Todos sentimos la tendencia a acercarnos a la gente que nos cae bien, que responden como nosotros lo esperamos. Y a excluir a aquellos que piensan distinto o son distintos de nosotros. A favorecer a nuestros amigos y a defendernos de nuestros enemigos. A defender nuestros intereses personales o de grupo y a luchar contra los que pueden perjudicarnos. Todas las leyes sirven para ello. Para regular derechos y deberes y exigir a cada quien sus responsabilidades, castigar a quien no cumple y favorecer al que las cumple. Las leyes son necesarias para mantener cierto orden entre la gente y evitar abusos intolerables. Los fariseos así lo sentían y lo consideraban como el mayor bien posible para todos. Y trataban con gran dureza a los excluidos por la ley. Pero también miraban su relación con Dios en el mismo marco de la justicia legal: al pecador le corresponde el castigo y al cumplidor el premio. Pero Jesús nos revela que ese camino, cuando se absolutiza, se convierte en impedimento para encontrarnos con Dios, para hacernos hijos de Dios. Y para hacernos familia de Dios, hermanos unos de otros. Y nos impide llegar a ser verdaderamente felices.

    El amor verdadero es inseparable del perdón y supera todo pecado. A Dios no le hacemos daño cuando pecamos. No se ofende ni se enoja si nos dejamos llevar por el mal. Pero le duele en el corazón por el daño y sufrimiento que nos causamos unos a otros, que somos sus hijos. Como Él es Amor y sólo Amor, quiere hacernos como Él. Y si nos negamos a responder a su amor, frustramos sus planes y sus deseos, arruinando nuestras propias vidas y haciendo sufrir a todos los demás. Por eso Él se llena de alegría cuando un pecador abre los ojos y se convierte y olvida y perdona todas sus faltas y pecados. Donde nace y crece el amor, desaparecen todos los pecados y crece la vida verdadera y la felicidad para todos.

    En la vida todos nos encontramos con momentos de dolor y sufrimiento. Y cada uno de ellos es una invitación a enfrentarlos, no como una desgracia o un castigo de un Dios justiciero y vengador, que no existe, sino como una llamada a descubrir sus raíces que están en nuestro corazón cegado por la codicia y el egoísmo. Y a luchar con todas nuestras fuerzas para arrancar esas raíces y permitir que crezca en cada uno de nosotros la verdad, la luz, la vida y la paz. Es tarea de toda la vida. El Señor nos guía con el Espíritu derramado en nuestros corazones. Pidámosle que nos ilumine con su Luz, para que no nos cerremos en los criterios de nuestra justicia legalista y farisaica, sino que nos abramos a responder a los llamados de su amor y su misericordia.  Pidámosle nos conceda responder con generosidad a sus invitaciones como respondió María, para que así crezca en nosotros su Gracia y su Luz. Que nuestra Madre nos haga sentir esa luz que ilumine nuestras vidas y nos abra a la Vida y la felicidad verdaderas.  Amén.

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