lunes, 7 de septiembre de 2020

2020.9.07 - Las manos son las partes del cuerpo humano más necesarias para realizar lo que queremos o deseamos.

2020.9.07 - Lc.6,6 Jesús sana al hombre del brazo paralizado.

El cap. 6 de Lc. nos narra 5 controversias que Jesús tuvo con los escribas y fariseos acerca de la Ley. Hoy se trata de la sanación de un hombre que tenía el brazo derecho atrofiado, paralizado.

Es un relato cargado de simbolismo. Las manos son las partes del cuerpo humano más necesarias para realizar lo que queremos o deseamos. Nos sirven para todo, bueno o malo. Con las manos bendecimos, con las manos saludamos, con las manos aplaudimos, con las manos acariciamos, con las manos trabajamos, con las manos sanamos, con las manos cocinamos, con las manos escribimos, con las manos creamos música, con las manos hacemos arte, pero también con las manos destruimos, con las manos matamos, con la manos golpeamos, con la manos ofendemos, con las manos despreciamos, con las manos maldecimos, etc. Las manos nos sirven para todo. Que sea bueno o malo no depende de ellas sino de la voluntad que las dirige, del corazón y el deseo que las gobiernan. Tener el brazo derecho atrofiado, significa estar impedido para hacer algo, bueno o malo.

    Y Jesús enfrenta a los escribas y fariseos, a los que su fanatismo por la Ley tenía paralizados y atrofiados para amar de verdad. El miedo a faltar a la Ley les guardaba de hacer muchos males. Pero también les cerraba caminos de hacer muchas cosas necesarias para el bien de los hermanos. Recordemos la parábola del Buen Samaritano en la que tanto el sacerdote como el levita pasan de largo junto al hombre malherido “por no contaminarse” con la sangre que estaba perdiendo el herido. ¡Cuántas veces nuestros prejuicios o nuestros intereses camuflados de rectitud, nos llevan a no ver los sufrimientos y necesidades de los caídos en los caminos de la vida! ¡Cuántas veces la comodidad, el egoísmo o el legalismo fanático nos llevan a desinteresarnos por los que sufren, pensando “ese no es mi problema”, “no es mi obligación”, “es cosa de otros”, “yo ya cumplo lo mandado”!

    El que ama se siente animado a arriesgarse por el bien de los otros, sean amigos o conocidos o no lo sean. Jesús se arriesga a enfrentar el legalismo farisaico a sabiendas que ello le traería serios problemas. Pone en evidencia cómo la Ley, en vez de ayudar a mostrar el amor y la misericordia de Dios, en ocasiones, más bien lo ocultan escandalosamente. Y cómo el arriesgarnos a atender las necesidades de los otros es el mayor deseo de Dios que es Amor y sólo Amor por el bien de todos nosotros, los humanos. Jesús pone en su punto la Ley, que fue necesaria para ir educando a lo largo de muchos años al pueblo de Israel y haciéndole capaz para que “llegada la plenitud de los tiempos”, pudiera recibir el Mensaje de Amor absoluto que se nos revela en Él. Las leyes y los preceptos son necesarios para la convivencia humana. Pero por encima de todos ellos está el espíritu del Amor que relativiza e ilumina todo. El Papa Francisco continuamente nos recuerda esta gran verdad: Que todas las leyes, preceptos, mandamientos y costumbres, tanto religiosas como civiles, han de ser vistas y consideradas según ayuden o no a favorecer la fraternidad de todos los humanos, y especialmente el bien y la defensa de los más débiles y necesitados. Y que cuando los perjudiquen o desprecien, deben ser eliminadas o modificadas para evitar daños o sufrimientos inútiles y contrarios a la voluntad de Dios Amor.

    Los tiempos de crisis, como los que estamos viviendo, son tiempos de ponernos más a la escucha de la Palabra de Dios, para mirar nuestras costumbres, leyes e instituciones a la luz del Espíritu y de enfrentar los cambios necesarios con valentía, con decisión y confianza, sabiendo que el Señor nos acompaña, como nos prometió, cuando nos dijo: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el final de la historia, el final del mundo”. Revisemos, pues, nuestra vida familiar, nuestras relaciones entre padres, hijos, hermanos y hermanas. Nuestras relaciones con los ancianos y con las personas debilitadas o enfermas. Nuestra relación con el trabajo, nuestra responsabilidad y dedicación. Nuestra relación con nuestra hermana Tierra y toda la naturaleza. Nuestras relaciones sociales. Los criterios con los que juzgamos nuestras relaciones laborales. Nuestra relación con la política y las relaciones comerciales. Y de un modo especial nuestra relación con Dios. Nuestra vida espiritual. ¿Caeremos también en el fariseísmo, en la hipocresía que Jesús tanto denunciaba en muchas de las personas más religiosas de su tiempo?. Un criterio básico para mirar todo ello es si esas prácticas o costumbres nos acercan más a lo que sufren, a los marginados. A construir un mundo más fraternal, más solidario, más justo. Que María, que lo supo hacer a la perfección desde la humildad, la sencillez y la entrega y disponibilidad radical, nos acompañe en nuestro caminar, para que así avancemos por nuevas sendas como el Señor nos está invitando a caminar.  Amén.

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