domingo, 27 de septiembre de 2020

2020.9.27 - Jesús cuenta una parábola de dos hijos a los que el padre les pide que vayan a trabajar. El primero dice que no, y luego va.

2020.9.27 - En el evangelio de Mateo (Mt 21,28-32) que acabamos de escuchar Jesús cuenta una parábola de dos hijos a los que el padre les pide que vayan a trabajar. El primero dice que no, y luego va. El segundo dice que sí, pero no va. Jesús les pregunta a los sumos sacerdotes y autoridades qué hijo cumplió la voluntad del padre. Le responden que el primero. Jesús les dice que los recaudadores de impuestos y las prostitutas, dos grupos muy despreciados y discriminados por ellos y el resto de la sociedad les llevan la delantera para entrar en el reinado de Dios. Y esto, porque los recaudadores y prostitutas le creyeron a Juan el Bautista y se arrepintieron, mientras que ellos ni se arrepintieron ni creyeron.

La lectura del libro del profeta Ezequiel (Ez 18, 25-28) también habla de arrepentimiento del pecador, que salva su vida arrepintiéndose.

Una cosa que llama la atención de la parábola es que ambos son hijos, el que obedece y el que no, e independientemente de obedecer o no, siguen siendo hijos. Y esto, por una sencilla razón, porque ser hijos no depende de lo que hagan, sino de la sangre que corre por sus venas. La gran tentación es creer que unos somos hijos y otros no. Por eso, cuando Jesús afirma que los publicanos y prostitutas llevan la delantera en el reinado de Dios, lo que está diciendo es que todos somos hijas e hijos, que ninguno estamos excluidos, y que por tanto, quien excluye no ha experimentado el amor del Dios que nos ama no por ser buenos, sino por ser sus hijas e hijos entrañablemente amadas y amados, y entonces, se imposibilita de disfrutar de la fiesta del amor de Dios que como Padre amoroso celebra para sus hijas e hijos bien amados. La vida es la gran oportunidad de reconocer y acoger el amor de Dios. Por eso, nunca es demasiado tarde para hacerlo. Más bien, si somos sinceras y honestos, tenemos que unirnos a Agustín reconociendo: “Tarde te amé”. Y es que, al experimentar el amor de Dios por nosotras y nosotros, experimentamos simultáneamente el amor de Dios por todas, por todos y por todo. Nada queda excluido de su amor.

¿Qué significa esto hoy que por primera vez estamos celebrando nuevamente una eucaristía pública en nuestro templo parroquial que había permanecido cerrado durante más de seis meses?

Una primera cosa que me llamó la atención en las pláticas con los diversos grupos que hemos tenido en estos días para reabrir el templo fue que muchas fuimos las personas a las que nos dio la gripe, nos hayamos hecho la prueba o no, y hayamos dado positivo o no. La gripe, pues, parece que nos pegó parejo.

Una segunda cosa que me llamó la atención es que la mayoría vivimos nuestras gripes en secreto, sin querer que las y los vecinos se enteraran. Y esto que pareciera contradictorio, puesto que cuando estamos enfermos es cuando más podemos necesitar la ayuda de los vecinos, tiene una explicación muy sencilla. Vivimos nuestras gripes en secreto porque teníamos miedo de ser discriminadas por las otras personas supuestamente sanas. Pero como nos mostró el tiempo, muchas acabamos enfermándonos a lo largo de estos seis meses.

La tercera cosa que me llamó la atención fue la efectividad que tuvo la estrategia de sembrar miedo realizada por los medios de comunicación social llevándonos a encerrarnos en nuestras casas y a distanciarnos de las y los demás. Los así llamados poderes de este mundo se dedicaron a sembrar miedo en nuestros corazones 24 horas al día, siete días a la semana haciéndonos creer que el Covid19 era irremediablemente mortal y altamente contagioso.

Así, una cuarta cosa que me ha llamado la atención es que, aunque algunas personas han muerto por el Covid19, la enorme mayoría hemos hecho la experiencia de que tratándonos a tiempo y bien, por ejemplo, con el tratamiento a base de ibuprofeno y de antigripales propuesto por la Dra. María Eugenia Barrientos, logramos superar nuestras gripes, como hemos logrado superar muchas otras adversidades en la vida.

Una quinta cosa que me ha llamado la atención es la bondad de compartir una comida, porque esto es algo que obviamente no podemos hacer llevando una mascarilla. La comida compartida nos hace recobrar la confianza al experimentar ese amor cotidiano y sencillo implícito en este acto tan profundamente humano.

La invitación que percibo que Dios nos está haciendo ahora después de estos seis meses sin celebraciones públicas de la eucaristía es que sigamos haciendo lo que hicimos durante estos seis meses y que fue lo que nos permitió sobrevivirlos: dejarnos conmover, acercarnos unas a otros haciendo a un lado la desconfianza sembrada por el miedo al contagio, escucharnos y decir nuestra palabra, y tendernos las manos y dejárnoslas estrechar, reconociendo que si nos hubiésemos atenido a lo dicho y actuado por muchas de nuestras autoridades públicas, tal vez no estaríamos hoy aquí celebrando esta eucaristía. Este compartir agradecido, esta “cena que recrea y enamora” que celebramos en cada eucaristía nos va a permitir superar el miedo al contagio y nos va a prevenir de caer en la tentación de la discriminar a las personas contagiadas y a aquellas otras que se han portado negligentemente en estos seis meses, reconociendo que tan hijas son ellas como nosotras y que el poder capaz de mover montañas está en nuestras manos cuando sintiéndonos hijas e hijos amados somos capaces de superar la desconfianza, de acercarnos, de dialogar, de dejarnos conmover, y de tenernos las manos y estrechárnoslas como respuesta al amor del Dios que confesamos como Padre Nuestro.

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