viernes, 18 de septiembre de 2020

2020.9.18 - María Magdalena, Juana y Susana –, por otro. De éstas últimas, se nos dice que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de enfermedades.


2020.9.18 - En el evangelio de Lucas (Lc 8,1-3) que leímos hoy se nos habla de dos grupos de seguidores de Jesús: los 12 por un lado, y un grupo de mujeres, de las que se menciona a tres con nombre – María Magdalena, Juana y Susana –, por otro. De éstas últimas, se nos dice que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de enfermedades.

Por contraste, llama la atención que de los 12 no se dice que hayan sido librados de malos espíritus ni curados de enfermedades. ¿Será porque no lo habrán necesitado? Pareciera que no, porque los evangelios dan testimonio de su posesión por diversos espíritus malignos: de búsqueda de privilegios (Mc 10,35-41), de competencia (Mc 9,34), de violencia (Lc 9,51-56), de interés egoísta (Mt 19,27), de miedo e infidelidad (Mc 14,50).

De las mujeres, en cambio, que fueron liberadas y curadas no se nos relatan este tipo de hechos, sino más bien todo lo contrario. En lugar de preguntarle a Jesús qué les va a dar por haberlo dejado todo y seguido (Mt 19,27), se nos dice que las mujeres los ayudaban con sus propios bienes. Los 12 dejaron sus bienes, las mujeres los comparten, y además, no andan buscando recompensas. Mientras los 12 abandonan a Jesús y huyen durante su prendimiento (Mc 14,50), las mujeres acompañan a Jesús al pie de la cruz (Mc 15,40-41). Y, tal vez, lo más llamativo de todo: es una mujer la primera testigo de la resurrección de Jesús (Jn 20,11-18).

Las mujeres otrora pecadoras pareciera que jugaron un papel fundamental en la comunidad de Jesús. ¿Y ahora?, pareciera que también, pero como entonces, también ahora desde la marginalidad. Las mujeres que dan lugar en su vida a otra vida, en su cuerpo a otro cuerpo, respetando y honrando la diferencia. La cercanía de las mujeres a otras mujeres que se da en la cocina, haciendo tortillas, colando café, sirviendo y lavando los platos. La acogida de una mujer que invita a comer a su casa y sirve a la mesa. La mujer que hace que la comida alcance para todos, y que siempre le guarda su ración al hijo que no ha llegado. La mujer que le lleva al marido otra mudada para que no vaya sudado sino bien “guajiado” a la celebración. La mujer que visita al compañero preso, cuando muchos amigos le han vuelto la espalda. La mujer que está al lado de su hija enferma cuando puede hacer algo por ella, y cuando no. Y todo esto, ayer como hoy, desde la marginalidad, sin hacer bulla, pasando casi desapercibidas por los supuestos “protagonistas” de este mundo y de la iglesia.

Jesús pareciera estarnos invitando a convertirnos al evangelio en clave de mujer, desde la marginalidad, la gratitud, la entrega generosa, el servicio silencioso, la compasión movida por entrañas de misericordia, la cálida acogida, la delicadeza en el trato, la terca esperanza, la compañía fiel, el amor obstinado.

Es verdad, Jesús está vivo, ha resucitado, las mujeres, desde la marginalidad, siguen siendo testigos privilegiadas de que una vida como la de Jesús – y las suyas – vale la pena, pero además que, para Jesús – como para ellas –, toda vida vale la pena. Dicho de otra forma, las mujeres nos siguen mostrando que una vida que vale la pena es una vida entregada como la de Jesús, al tiempo que nos muestran que, nuestras vidas valen la pena, porque fue por ellas que Jesús entregó la suya.

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