2020.9.22 - La lectura del evangelio de Lucas (Lc 8,19-21) que escuchamos hoy nos relata cómo la madre y los hermanos de Jesús no pueden acercarse a él por la multitud. Se lo hacen saber. Pero él contesta que su madre y sus hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.
Varias cosas llaman la atención de este evangelio. Una primera es que a Jesús lo buscan su madre y sus hermanos, ¿y su padre? Esto nos hace pensar en tantas personas que crecen sin el calor de sus papás, muchas veces por muerte, pero las más de las veces por falta de responsabilidad de los propios padres, como si la responsabilidad de haber engendrado a las hijas e hijos y de criarlas fuera solo de las madres. Son muchas las hijas e hijos que crecen solo con sus madres porque sus padres nunca se hicieron cargo, o porque después de separarse de sus madres dejaron de responsabilizarse de ellos. Pero a veces, muchas niñas y niños ni siquiera crecen con sus madres, sino con abuelos o familiares, porque las madres tienen que trabajar para proveer para ellos.
Muchas veces cuando se le pregunta a una de estas niñas o niños por su papá responde que no tiene. Eso, sin embargo, no es verdad. Porque todas y todos tenemos un padre y una madre, por muy irresponsables que hayan sido, por mucho que nos hayan rechazado. Ninguna madre concibe por sí misma. Siempre hay un padre, sea éste como sea. Pero, además, la hija o el hijo lleva a su padre y a su madre dentro, lo lleva en cada célula de su cuerpo, lo lleva en su ADN, en la estructura biológica de su ser. La buena noticia, entonces, es que no hay nadie que no tenga un padre ni una madre, y que además no lo pueden abandonar porque los lleva en lo íntimo suyo, en su ADN. Además, tampoco hay hijas e hijos ilegítimos, porque todos tienen un padre y una madre legítimos. Así, por ejemplo, si alguien no conoció a su padre o a su madre y desea hacerlo, la persona no tiene, sino que mirarse a sí misma: ella es el vivo retrato de su padre y de su madre. Y aunque nunca haya tenido el calor de alguno de ellos o de ambos, tiene sobrados motivos para estarles agradecidos: le dieron lo más valioso que tiene, el don de la vida. Pero, además, es fundamental darles gracias, porque solo así podremos tomar y aprovechar las provisiones que ellos nos dan y que necesitamos para recorrer nuestros caminos y vivir nuestras vidas con plenitud.
El evangelio nos habla, por otro lado, de la comunidad de Jesús como una familia. Y esto, por una muy sencilla razón. La experiencia de Dios que tiene Jesús es de un Padre del que él se siente hijo entrañablemente amado, y por ello enviado a hacer otro tanto con todas las demás personas a quienes descubre como hijas e hijos también entrañablemente amados de Dios, y, por tanto, como sus hermanas y hermanos. Nadie queda por fuera de la familia de Jesús, porque quien entra a ella experimenta a Dios como Padre Nuestro, como Padre amoroso de todo lo creado experimentándose simultáneamente hermanado con todo lo creado. Y, entonces, así como no hay persona alguna que no tenga padre, tampoco hay creatura que sea huérfana de Dios. Así, la comunidad de Jesús, además de no dejar a nadie por fuera, incluye a todas las personas con la misma dignidad, con el mismo valor, con el de hijas e hijos entrañablemente amados de Dios. Esto, pues, es el contenido de la palabra de Dios que se pone en práctica viviendo la filiación con Dios y la hermandad con todo lo creado.
Ahora, aunque el evangelio no lo tematiza expresamente, las relaciones de filiación y hermandad no son las únicas, ni en algún momento, las más importantes en una familia. Porque la hija y el hijo que han agradecido y tomado la vida que les dieron sus padres los dejan para formar ellos su propia familia como lo expresa el Génesis: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne” (Gn 2,24). Así, pues la otra relación fundamental en una familia es la de pareja, la de ser compañeros, la de partir y compartir el pan de la vida. La comunidad de Jesús da entonces también la oportunidad de vivir como compañeras y compañeros de Jesús y de las y los demás, y esto, sobre todo, de cara a la misión. Compañeras y compañeros que por sentirse entrañablemente amados se vuelven amantes, y esto, nuevamente, también a la manera de Jesús: traspasadas y traspasados desde dentro por ese amor. ¿Será acaso esto aquello a lo que apunta Juan cuando dice: “a pesar de que ya somos hijos de Dios, no se ha manifestado todavía lo que seremos” (1Jn 3,2)?

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