sábado, 5 de septiembre de 2020

2020.9.05 - Donde hay amor hay libertad.

2020.9.05 - En el evangelio de Lucas (Lc 6,1-5) que escuchamos se nos relata cómo los discípulos de Jesús arrancan espigas, las frotan y se las comen. Eso provoca que los fariseos le cuestionen por qué hacen lo que no está permitido en sábado. Jesús les recuerda un incidente de David que tomó panes de la ofrenda y cómo comieron sus compañeros y él. Jesús concluye afirmando que el hijo del hombre es señor del sábado.

El hijo del hombre, es cualquiera que esté inspirado por el Espíritu que inspiró a Jesús. Y este espíritu está caracterizado por la libertad. Pero ésta no proviene del pasotismo, ni del libertinaje, sino todo lo contrario, de un compromiso radical motivado por un amor radical, por un amor que responde a otro amor, al amor que Dios nos tiene. Así, pues, cualquiera que ama como Jesús tiene como prerrogativa la misma libertad que lo caracterizó a él.

Donde hay amor hay libertad. “Ama y haz lo que quieras”, decía san Agustín. El servicio desinteresado, el compartir agradecido, la entrega generosa, son libres, en primer lugar, de la otra persona, porque no dependen de ella. Así, una madre, va a darle de comer a un hijo, va a atenderlo en su enfermedad, va a visitarlo en la cárcel sea éste “bueno” o “malo”. Le corresponda él o no su amor. Así, el amor como el de Jesús es un amor que es respuesta, sí, pero no al de la persona que se ama, sino a otro amor, a un amor primero, a un amor al que le debemos la vida y nos mantiene en ella. Por eso, en el evangelio de Juan Jesús puede decir: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,12). De esta formulación llama la atención que es abierta, que remite a otras y otros: no se trata de amar a Jesús como él nos ama, sino de amar a las y los demás como él lo hace.

Donde hay amor hay libertad, porque el amor no se puede mandar, y por eso mismo, no está sujeto a la ley. Así, la ley puede mandar no matar, no mentir, pero no puede mandar a amar. El amor, pues, es libre de la ley, porque ésta no lo puede mandar porque el amor está más allá de ella, porque se mueve en otra dimensión. Si en la ley, la proporcionalidad entre la falta y el castigo es fundamental, el amor está caracterizado por una falta total de proporcionalidad. Así, por ejemplo, en el pregón pascual proclamamos: “Feliz culpa, que nos mereció tal Redentor”. Lo que estalla por los aires la proporcionalidad es la gratitud. Esta es la intuición de san Ignacio de Loyola cuando formula la petición en la contemplación para alcanzar amor: “conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir” (EE 233).

Donde hay amor hay libertad, porque el amor es intrínsecamente creativo. El amor es siempre nuevo, se expresa de maneras siempre novedosas, no se anquilosa en formas establecidas. Así, quien ama, siempre “regala” cosas nuevas, hace regalos novedosos que llenan de alegría a la persona amada.

Donde hay amor hay libertad, porque el amor tiene una fuerza indomable, indomesticable: “el amor es fuerte como la muerte, la pasión más poderosa que el abismo” (Cant 8,6), dice el libro de los Cantares, para luego añadir, “Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos” (Cant 8,7). Son las historias de tantas madres que no claudican nunca en su esfuerzo por darle la mejor de las vidas a sus hijos.

Donde hay amor hay libertad, porque el amor no se compra ni se vende. De nuevo el libro del Cantar afirma: “Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable” (Cant 8,7). Así el amor es libre, porque no es de mercado. La triste historia de tantos hombres que buscan comprar el amor es la prueba de ello.

Hoy para responder a los retos que nos plantea el Covid19, y sobre todo, las maneras inapropiadas de tratarlo, pero también la corrupción, la impunidad, la violencia, la descomposición del Estado de derecho, la hermana contagiada, el hermano necesitado ocupamos mucha libertad, porque necesitamos mucho amor, esto es, muchas mujeres y varones que no tengan miedo de hacerse cercanos, que dialoguen, que se dejen conmover, que tiendan la mano y se la dejen estrechar, porque donde hay amor no hay temor (1Jn 4,18).

Terminemos parafraseando a san Pablo: Para ser libres para amar, nos liberó Jesús, mantengamos, pues, firmes en ese amor y en esa libertad (ver Gal5,1).

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