domingo, 6 de septiembre de 2020

2020.9.06 - Jesús aparece mostrando una manera de corregir al interior de una comunidad a un hermano que comete un pecado que consta de cuatro pasos: 1) amonestarlo a solas; 2) hacerse acompañar de dos o tres testigos; 3) confrontarlo con la comunidad; 4) apartarse de él.

2020.9.06 - En el evangelio de Mateo (Mt 18,15-20) que escuchamos Jesús aparece mostrando una manera de corregir al interior de una comunidad a un hermano que comete un pecado que consta de cuatro pasos: 1) amonestarlo a solas; 2) hacerse acompañar de dos o tres testigos; 3) confrontarlo con la comunidad; 4) apartarse de él. Luego Jesús aparece repitiendo a la comunidad lo que antes había dicho a Pedro: lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. Termina insistiendo en la eficacia de la oración en comunidad y en la presencia de Jesús en medio de ella.

El gran tema del evangelio de hoy es el de la pertenencia a la comunidad de Jesús. Pareciera que se tratara de una comunidad pequeña con el derecho de decidir quién pertenece a ella y quién no. Criterios importantes podrían ser la fe en Jesús y una vida libre de pecado. Examinemos esto más detenidamente. Ciertamente la comunidad de Jesús está compuesta por personas que creen en él. Sin personas que creyeran en Jesús no habría comunidad de Jesús. Ahora, lo interesante, es que las personas que creen en Jesús, al tiempo que lo confiesan como hijo de Dios, se reconocen también ellas como hijas e hijos de Dios. Pero la cosa no para ahí, porque el Dios del que se sienten hijas e hijos es el Dios creador de todo lo que es, siendo entonces Padre de todas, de todos y de todo, lo que es, ha sido y será. Quien pertenece a la comunidad de Jesús descubre que nada ni nadie quedan excluidos de ella, que somos hermanas y hermanos de todas, de todos y de todo.

Pero junto con la pertenencia de todas, de todos y de todo, descubre algo más. Descubre que esta pertenencia depende de Dios, no de nosotras ni de nosotros, y que, por eso, nada ni nadie nos pueden impedir dicha pertenencia. Dicho con palabras de san Pablo, descubrimos que nada ni nadie nos pueden separar del amor de Dios revelado en Jesús (Rom 8,35-39). Pero esto que vale de nosotras y nosotros, vale igualmente de todas y todos los demás. Nada ni nadie pueden separar a ninguna persona del amor de Dios, tampoco el pecado. Así, Dios no nos ama por ser buenas ni buenos, sino porque él es bueno, o mejor, porque él es amor y solo amor.

Esto significa para las cristianas y cristianos que todas, todos y todo pertenecemos, que nada ni nadie está excluido de la comunidad del Dios de Jesús, de la comunión con él. Todas, todos y todo tenemos un lugar en dicha comunidad, diferente sí, como diferentes somos todas y todos unas de otros, pero de ninguna manera unas más valiosas que otros. Reconocernos y reconocer el lugar que ocupamos es esencial para valorarnos en nuestra diferencia.

Frente a esta realidad, la alternativa ante la que nos encontramos es la de aceptarla o no. Si no la aceptamos empezamos a excluir y a excluirnos, a creernos superiores a algunas personas e inferiores a otras. Y, entonces, empezamos a hacer cosas para sentirnos más que otras, para aumentar nuestro valor, para ser alguien en la vida. Y el precio que pagamos es el de nuestra felicidad. Por el contrario, si aceptamos nuestra realidad y el lugar que ocupamos empezamos a sentir que pertenecemos, a reconocernos en nuestra identidad y diferencia, y a hacer otro tanto con las y los demás. Y entonces nos embarga un hondo sentimiento de gratitud, porque sentimos que pertenecemos con todas y todos los demás, que somos hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, que nada ni nadie nos puede separar de su amor. Y, entonces, empezamos a responder con amor a su amor. Y, entonces, todo cambia, porque empezamos a amar libremente. Y, entonces, experimentamos cómo Dios está en medio nuestro. Y, entonces, experimentamos que escucha nuestra oración, porque ésta no es otra que podamos amar como él nos ama a todas, a todos y a todo.

¡Bendito sea Dios que ha dispuesto las cosas para que solo juntas y juntos, reconociéndonos y dándonos nuestro lugar podamos salir adelante!

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