miércoles, 2 de septiembre de 2020

2020.09.02 - Como recomendación muy importante, San Pablo nos llama a dejarnos mover por el Espíritu Santo, que es quien hace presente a Dios en su amor y su gracia en medio de nuestra vida comunitaria.

2020.09.02 - El evangelio de hoy continúa mostrándonos cómo la palabra de Jesús tenía una fuerza y autoridad tales que a todos sanaba y también liberaba de sus aflicciones, y sobre todo reivindicaba a las personas en su dignidad y vida comunitaria. Una autoridad que procedía de su actitud de servicio en todo momento frente a los enfermos, los poseídos por demonios, los excluidos y los marginados de la sociedad. 

Esa forma de proceder de Jesús, plenamente humana, transparentaba el ser de Dios y hacía que incluso los demonios le reconocieran como el Mesías. Jesús se acercaba a las mujeres y se dejaba tocar por ellas, a pesar de que eso era mal visto en la sociedad. Expulsaba toda situación de opresión, sobre todo para los grupos marginados de la sociedad, como las mujeres, las niñas y niños, y las y los enfermos. Ante todo el Reino que Jesús anunciaba de palabra y testimoniaba con sus obras, invitaba a todas y todos a la unidad en un único Dios que es ante todo amor sin límites y por eso hace la invitación a todas las personas para que asuman en sus vidas hacerle presente en la vida cotidiana mediante nuestras acciones. 

San Pablo denuncia precisamente aquellas formas de proceder a lo interno de la vida comunitaria de aquellos que impulsados por sus desórdenes viven promoviendo envidias y discordias, y con ello una vida en comunidad totalmente dividida. Esas actitudes obviamente son totalmente contrarias al querer de Dios y a su Reino, pues no propician el amor y la unidad. 

Como recomendación muy importante, San Pablo nos llama a dejarnos mover por el Espíritu Santo, que es quien hace presente a Dios en su amor y su gracia en medio de nuestra vida comunitaria. Esto es solo posible a partir una madurez espiritual que involucra una unidad nuestra con Dios, y esto no solo de palabra, como hicieron los demonios al reconocer a Jesús como Mesías-Hijo de Dios, sino, ante todo, con nuestras acciones y formas de proceder, mediante las cuales hemos de ser reflejo de ese Dios que se nos revela desde nuestra humanidad en Jesús, asumiéndola desde su ser mortal, tocándola en los enfermos y los que sufren, dignificándola al reconocernos a todas y todos como amados por Dios e invitándonos a reconstruirla desde el ser crucificado y luego resucitado por el amor.  

En estos tiempos de crisis, cuando se observan muchos desórdenes en las formas de proceder totalmente desorganizadas, malintencionadas y encaminadas a la división de la sociedad, Jesús nos invita en el evangelio a continuar la tarea de evangelizar, porque para eso hemos sido llamados. Y esta tarea involucra hacernos testigos, con nuestras vidas, de ese Dios que es amor totalmente humano que quiere darse a los demás mediante el encuentro generoso y sencillo que brota de la experiencia agradecida por el amor que Dios nos da, y por eso nos acerca a quienes necesitan de nuestra ayuda. 

Pero también, ese evangelio nos urge en denunciar todos los atropellos, envidias y discordias propiciadas por las formas de proceder violentas y manipuladas de los medios de comunicación al servicio de intereses egoístas y también por los robos y la corrupción desmedida y descarada que viven quienes han propiciado y mantenido esta crisis, con los fondos destinados para las grandes mayorías pobres y sobre todo para las y los enfermos. 

En sí, asumir el evangelio involucra la doble misión de continuar anunciando y denunciando. Anunciando que Dios es amor y porque nos ama nos invita a vivir desde ese amor que nos da para todas y todos. Y denunciando todas las formas de desamor con las cuales se desvirtúa el proyecto de humanidad de Dios entre nosotros y nosotras. Asumir este reto nos permite seguir creyendo en la posibilidad del Enmanuel, el Dios cercano a nosotras y nosotros.

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