2020.9.09 - El evangelio de hoy nos propone el proyecto de Dios para la humanidad, que busca construir desde el amor las bases para unas relaciones en donde todas y todos somos incluidos, sin excepción, y a partir de lo cual se establecen unas realidades propias del Reino de Dios que contrastan y se contraponen con las realidades que encontramos en nuestra sociedad.
En primer lugar, el proyecto de Dios inicia con los pobres, porque Dios elige el camino de la pobreza para revelarse a nosotros, desde un niño débil y excluido del sitio social, y a partir de ello, ofrece la posibilidad para que todas y todos podamos sentirnos incluidos en este proyecto. Por eso Jesús dice: bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. A partir de aquí Dios queda liberado de todo clasismo o exclusivismos y se abre a la posibilidad de todas y todos, comenzando por los pobres, para llegar a él. Hoy en día vemos a millones de personas empobrecidos por la ambición desmedida de unos pocos que acaparan todos los recursos
En un segundo lugar, llama bienaventurados a los hambrientos. Jesús conoce que unida a la pobreza se encuentra la escasez de alimentos que se sufre como causa de lo primero. Quizás él mismo lo sufrió en su vida cotidiana y descubrió a su pueblo también hambriento del alimento material. Pero también descubre todo un pueblo hambriento de justicia, y precisamente por ello es que escasea lo material, porque la corrupción y el descaro con que los gobernantes viven a expensas de las mayorías pobres producen las grandes desigualdades sociales que lleva a muchos a pasar hambre y sed de una justicia que les ha sido arrebatada. Esas injusticias que seguimos viviendo hoy en día siguen siendo producidas por la indiferencia, el egoísmo y la soberbia de muchos que se creen instalados y eternos en su posición.
Esa pobreza y hambre en las mayorías causa el dolor y llanto de los empobrecidos, los excluidos y marginados y como señala el libro del Éxodo, Dios está cerca del dolor y el llanto de los pobres. No es un Dios alejado o sordo del sufrimiento humano, sino todo lo contrario, busca el bien de sus hijas e hijos.
Por último, Jesús proclama dichosos a los perseguidos por comprometerse con su causa, con su proyecto de hacer presente a Dios en medio nuestro. Pues de esa misma forma lo trataron a él, al pretender hacer presente a un Dios con entrañas misericordiosas de madre, que acoge y perdona a todas las personas sin distinción y que ama de tal manera al ser humano que se hace pobre, hasta morir en una cruz por amor. Que destrona a los poderosos y soberbios, y exalta a los humildes y sencillos. Que se deja conocer de los sencillos y se oculta a los que se pretenden por sabios y entendidos. Un Dios que trastoca los proyectos egoístas de quienes solo piensan en enriquecerse a costa de las grandes mayorías pobres.
El proyecto de amor de Dios nos descubre a un Dios cercano del dolor humano y por tanto que acoge a las víctimas, sana sus heridas y las coloca en sus hombros para hacerlas descansar. Es un Dios que no se cansa de amar. Y nos invita a vivir desde la libertad que nos viene de su amor, que no daña sino que busca comprometer al ser humano con su desarrollo y con promover un estilo de vida que busque en todo dignificar a las personas.
Frente a las realidades de injusticia que seguimos vivimos hoy en día y frente a las disposiciones desorganizadas y arbitrarias en esta crisis, la advertencia de Jesús por propiciar un estilo de vida más humano, más inclusivo y respetuoso de las mayorías debe llevarnos a reflexionar de cara a la vida que queremos promover aún en contra de quienes toman decisiones sin contar en absoluto con las necesidades del pueblo empobrecido por sus larga historia de atropellos y violencia.
Como cristianos y cristianas estamos llamados a asumir una forma de proceder desde el proyecto de amor de Dios en Jesús. Eso involucra revisar nuestros estilos de vida y romper con todo aquello que no permita hacer presente a Dios, el Dios de Jesús, en medio nuestro, aquí y ahora.

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