domingo, 13 de septiembre de 2020

2020.9.13 - Ahora, ¿qué significa perdonar? Perdonar significa dos cosas, por lo menos.



2020.9.13 - El tema de la primera lectura (Ecle 27,33-28,9) y del evangelio (Mt 18,21-35) de hoy es el perdón. En el libro del Eclesiástico se nos dice que perdonando a quien nos ofende obtenemos perdón de Dios. Y sentencia: del vengativo se vengará el Señor. En el evangelio de Mateo, Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debe de perdonar, ¿hasta siete? Jesús le responde que 70 veces siete. Y luego cuenta una parábola de un hombre que, aunque le había sido perdonada una gran deuda fue incapaz de perdonar una deuda muy pequeña a otro compañero.

Ambas lecturas relacionan nuestra capacidad de perdonar con Dios, solo que de maneras muy diversas. La lectura del Eclesiástico dice que tenemos que perdonar si queremos ser perdonados por Dios. Y saca la consecuencia: del vengativo se venga Dios. Según Eclesiástico Dios nos trata como tratamos a las y los demás. El evangelio de Mateo en cambio, pone nuestra capacidad de perdonar a quienes nos ofenden en función de la experiencia del perdón de Dios. Ahora, en la parábola el rey, éste solo perdona una vez, la segunda vez lo entrega a los verdugos hasta que pague la deuda. Esto pareciera indicar que Dios perdonaría una vez, y que, si el hombre no hace lo mismo, Dios va a vengarse de él. Con todo, por el contexto, resulta claro que éste no es el caso, porque si Jesús invita a perdonar 70 veces siete, Dios no hace otra cosa. Así, el evangelio nos deja claras tres cosas: que la iniciativa del perdón la tiene siempre Dios, que Dios perdona siempre, y que eso nos hace capaces de hacer lo mismo. Dicho de manera negativa, quien no perdona no ha experimentado el perdón de Dios.

Ahora, ¿qué significa perdonar? Perdonar significa dos cosas, por lo menos. La primera, no negarle a nadie la pertenencia a la familia de Dios en virtud de sus actos. Pongamos un ejemplo. Un hijo, puede hacer cosas “buenas” y cosas “malas”, pero su pertenencia a la familia no depende de sus actos, sino de la sangre que corre por sus venas. Perdonar significa en este sentido reconocer que todas y todos pertenecen, independientemente de sus obras, a la familia de Dios, que todas y todos somos hijas e hijos de Dios, hermanas y hermanos unas de otros, hagamos lo que hagamos. O con palabras de Pablo, que nada ni nadie nos pueden separar del amor de Dios revelado en Jesús (Rom 8,38-39).

Perdonar significa, en segundo lugar, desatarse. Y es que la ofensa, establece un vínculo entre la persona que ofende y la ofendida. De este vínculo nos habla Eclesiástico cuando menciona la cólera, el rencor, la venganza. Estas emociones no hacen sino vincular a la persona ofendida a la persona que la ofendió. Este tipo de vínculo es perjudicial para la persona ofendida. Eclesiástico lo relaciona con la salud. La cólera, el rencor, la venganza enferman a las personas que las padecen. A la raíz de muchas enfermedades frecuentemente hay experiencias de faltas de perdón. Así, cuando nos negamos a perdonar lo que estamos diciendo es que el vínculo con esa persona es fundamental en nuestra vida, que sin dicho vínculo no podemos vivir. Por eso, para lograrnos desatar es fundamental honrar a la persona que nos ofendió. Solo honrándola vamos a podernos desatar de ella. Y esto nos lleva de nuevo al primer punto, honrar significa reconocer que pertenece, que pertenecemos, que nos une un vínculo de amor, y esto, porque nuestro creador nos ama, porque él es amor y solo amor.

Así, la invitación que nos hace Jesús hoy es a reconocer que, hagamos lo que hagamos, pertenecemos, porque nuestra pertenencia no la determinamos nosotras ni nosotros mismos, sino Dios, y que, por tanto, nos hagan lo que nos hagan, también las personas que nos ofenden pertenecen, que pertenecemos, que estamos unidas y unidos por un vínculo de amor, y que por tanto, un vínculo de cólera, rencor y venganza no hace sino dañarnos, enfermarnos, empañar nuestra experiencia de ser hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, hermanas y hermanos unas de otros.

Gracias, Padre, por perdonarnos 70 veces siete, por mostrarnos que todas y todos pertenecemos, que nada ni nadie nos pueden separar de tu amor.

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